Arte Costarricense
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El mito de Yolanda Oreamuno 2


por
Camilo Rodríguez Chaverri
Colaborador
Art Studio Magazine

Pero la tragedia no se hace esperar. Vera Tinoco cuenta que, media hora después de celebrada la boda, Molina Wood le confiesa a Yolanda que padece de sífilis, lo que le impide tener hijos y torna imposible cualquier forma de sexualidad normal. Los meses posteriores a la boda, transcurridos por la pareja en Panamá y Chile, son un verdadero descenso a los infiernos para la escritora. El estado terminal de la enfermedad sume a Molina Wood en profundas depresiones que lo llevarán al suicidio, y dejarán a Yolanda sumida en la soledad y la pobreza, hasta que sus amigos costarricenses hacen "una vaca!' para repatriarla en 1937.

La mayoría de los hombres en su vida la buscaron para poseerla, para sojuzgarla y "domarla'. Nada tan grato para el ego varonil como doblegar a esta criatura indómita, hacerla entrar en el molde de la buena ama de casa, la que almidona camisas, cocina el día entero, y lava medias y calzoncillos. Se trataba a toda costa de “domar a la fierecilla”, de convertir a una mujer libre en empleada doméstica, de trocar la relación de pareja por una relación “dispareja”, marcada a fuego por el prejuicio sexista: es la crueldad de ese sistema patriarcal que ella reproducirá en "La ruta de su evasión".

De acuerdo con lo que manifiesta Jacques Sagot, quien realiza una investigación para publicar un libro sobre ella, después de su divorcio Yolanda es despojada de su hijo. "He ahí el precio a pagar por haberse atrevido a ser ella, por haberse rebelado ante un sistema lleno de prejuicios y aberraciones”, explica.

Del dolor de esta gran desgarradura surge su novela "La ruta de su evasión"', galardonada en 1948 con el "Premio Centroamericano 15 de setiembre" en Guatemala, y cuya primera edición fue publicada por la Editorial del Ministerio de Educación de ese país en 1949.

Una gran novela

Es, con toda su carga de dolor y de soledad, una de las más auténticas obras maestras de nuestra literatura. Novela personalísima, nutrida de la influencia de Marcel Proust (autor favorito de Yolanda) y de Thomas Mann. "Es una de esas novelas que son como un pedazo de vida, capturada en toda su inagotable y vertiginosa riqueza. El personaje de Don Vasco representa al patriarca despótico, el dictador familiar, ese que Yolanda conoció tan bien. Los personajes femeninos (Elena, Teresa y Aurora) se debaten, a su manera, en un sistema que los priva de autonomía", asevera Sagot.

"A pesar de sus audacias formales, “La ruta de su evasión" no es una novela experimental, un simple ejercicio literario. Es un testimonio perturbador, un pedazo del alma de la autora, nutrido con su sangre y su dolor. Sobre todo, es la denuncia de un sistema injusto, de una sociedad emponzoñada por el prejuicio sexista, donde hombres y mujeres son vistos, como víctimas y verdugos unos de otros", comenta Sagot.

Mucho se ha señalado en ella la influencia de James Joyce y su monólogo interior. Sin embargo, es importante, subrayar que la propia Yolanda declara no haber tenido conocimiento previo de la obra de Joyce. "Hay ideas que parecen estar ahí, flotando en el aire en espera de que alguien las aproveche, y a veces hay dos o más manos que las toman al mismo tiempo, sin que esto necesariamente signifique que una está copiando a la otra”', nos dice la escritora en una carta enviada a Joaquín García Monge.

Yolanda Oreamuno le quedó grande a nuestro país. En cierto sentido, sigue todavía quedándonos grande. Unos pocos de sus contemporáneos tuvieron conciencia de su genio. Los demás se limitaron a ver en ella a la mujer estigmatizada por una imagen totalmente falsa de femme fatal, de vampiresa y mujer de escándalo. Esa leyenda, ese mito nefasto se interpone todavía entre nosotros y su obra. "A Yolanda urge buscarla en su obra, en su palabra, en su voz, no en los chismorreos infames y las calumnias de todos esos machos heridos y envidiosos que envenenaron su vida”, dice Sagot.

"En este país indiferente y desmemoriado tiene uno que morirse para que lo recuerden", advierte Yolanda, quien patentó la característica expresión tica "bajar el piso", que tan atrozmente define nuestra idiosincrasia y nuestro miedo a la excelencia y la distinción.

Yolanda conoció la pobreza, la enfermedad y la soledad. De joven no tenía ni siquiera dinero para comprar libros, y sus copiosas lecturas (Cervantes, Galdós, Proust, Mann), esas que contribuyeron a formar su sensibilidad y su cultura, eran producto de su amistad con Vera Tinoco y Olga de Benedictis (luego esposa del ex Presidente de la República Mario Echandi), ese "trío de mosqueteras" que cursaron juntas toda la enseñanza secundaria en el Colegio de Señoritas. El papá de Vera obtenía libros prestados de la biblioteca del Club Unión, y las inquietas jóvenes los devoraban y los comentaban. Eran veladas inolvidables, llenas de intercambios intelectuales, de vivencias literarias, de obras y autores discutidos apasionadamente.

Insaciable

Yolanda era una lectora ávida, insaciable. Tenía familiaridad con los clásicos, y sentía por Proust una profunda afinidad espiritual (en particular por "La prisionera”, novela determinante en su vida). En cierto sentido, la agonizante protagonista de 'La ruta de su evasión" anda también, como los personajes de Marcel Proust, "en busca del tiempo perdido", reconstruyendo retrospectivarnente una vida que se disuelve ya en el umbral de la muerte.

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