
El 8 de abril de 1916 nace en San José la costarricense más relevante de la primera mitad del siglo XX, y que junto a Carmen Lyra y Eunice Odio, es una de las plumas más líricas que nuestro país ha producido.
Quienes la conocieron celebraron siempre su belleza excepcional. Emilio Abreu Gómez escribió en el Nacional, México, el 3 de octubre de 1944: “La belleza, de Yolanda es tranquila, serena, fijada por líneas que parecen trazadas en el aire de tan leves y tan tenues, que son... el óvalo perfecto de su cara... un perfil que hubiera gustado al Inca Garcilaso de la Vega”.
Alberto Cañas dice: “No es que fuera bella, no. ¡Es que era la mujer más espectacularmente hermosa de todo Centroamérica!” Y por su parte, José Marín Cañas la recuerda así “Tenía, en cualquier sitio donde estuviera colocada, una presencia de águila fina. Y daba, al mismo tiempo, la sensación de estar siempre, al par que azotada por el viento, inmóvil sobre un punto cimero. Ello le venía del esqueleto esbelto y armonioso, de la actitud mental, de la personalidad apasionada.”
Y sin embargo, si la presencia física arrolladora de la mujer fue siempre reconocida, su estatura intelectual topó a menudo con el escollo de una Costa Rica provinciana, hipócrita y profundamente machista.
"Si, había algo que detestaba -nos refiere su íntima amiga Vera Tinoco- era la hipocresía aldeana, la estrechez; de las convenciones sociales, la mojigatería de nuestra sociedad". A Yolanda la admiraban como mujer, pero le temían como escritora. La suya no era una pluma "políticamente correcta, no era lo que hoy en día llamaríamos una escritora “light”.
Bella y peligrosa
El pianista Jacques Sagot es fulminante. "El macho latino puede perdonarle a una mujer el ser inteligente con tal de que sea fea y puede también perdonarle el ser tonta si es bonita. Pero una mujer bella e inteligente es más de lo que su frágil digestión espiritual puede tolerar”.
Yolanda solía hablar de “la aristocracia del talento”, y se describía a sí misma como “espíritu en carne altiva”. Hija de una familia de estirpe venida a menos por la raquítica situación económica de la Costa Rica de principios de siglo, Yolanda fue elocuente ejemplo de la única aristocracia en la cual creyó: la aristocracia del pensamiento y de la sensibilidad.
Yolanda inspiró amores volcánicos, a menudo tormentosos y en ocasiones trágicos. Era una mujer que tenía, sin proponérselo, la capacidad de volver literalmente locos a los hombres. Muchos la codiciaron, pero muy pocos la amaron y respetaron. En el fondo le temían.
Uno de los romances de más dulce recuerdo para la escritora es su relación con Nicanor Zavaleta, el más grande arpista de todos los tiempos. Había estado en un recital del célebre músico en Santiago, durante la breve estadía de nuestra novelista en Chile, como esposa del entonces embajador chileno en Costa Rica, Jorge Molina Wood. Tan pronto Yolanda enviuda (su marido se suicida. Después de una larga crisis depresiva), Zavaleta comienza a cortejarla. Suspende conciertos deja todo tirado y la sigue a Costa Rica. Vera Tinoco está muy cerca de ellos y recuerda emocionada los paseos a Puntarenas, las largas temporadas juntos, la amistad del gran músico, que se radica en Costa Rica durante tres largos meses con el único objeto de estar junto a ella. La escritora corresponde inicialmente a la devoción del arpista, pero decide romper la relación.
Dentro del guión de vida de una “damita de sociedad”, tal decisión podía haber sido considerada descabellada. Después de todo, ZavaIeta significaba la promesa de solvencia económica, viajes a través del mundo, posición social y codearse con lo mejor de la cultura mundial. Sin embargo, ese "espíritu en carne altiva" se manifiesta en la respuesta que daría a su íntimo amigo Enrique Macaya: “¿Yo, esposa de Nicanor Zavaleta? ¿Y para qué? ¿Para pasarme la vida metida en un cuarto de hotel y andar todo el tiempo jalándole el arpa a don Nicanor? iNo gracias!" Tal respuesta la retrata.
A excepción de algunos amores que fueron como oasis de ternura en una vida llena de soledad e incomprensión, -la vasta mayoría de las relaciones de Yolanda con el sexo opuesto corresponden a un patrón de depredación y egoismo por parte de sus compañeros. Su padre adoptivo la acosa sexualmente y la hace huir constantemente de la casa, para buscar refugio bajo el techo de sus amigas. En 1935 es secuestrada por Mario Goicoechea, en un hecho que constituye escándalo en medio de la apacible atmósfera provinciana del San José de la época. Yolanda escapa al acosador, únicamente para convertirse en víctima del estigma aldeano de la "mujer deshonrada".
Es para "limpiarla" de semejante mancilla que el embajador chileno Molina Wood casa con ella en 1936. Hombre culto, refinado y respetuoso de la libertad intelectual de Yolanda, el diplomático parece representar para ella una posibilidad de vivir la plenitud del amor y escapar del medio hostil y aldeano.
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