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por Camilo Rodríguez Chaverri

La palabra tiene trono. Una región o un país pueden ser reino para el verbo, Y en Costa Rica alguna vez el trono fue de Jorge Debravo, también lo fue un tiempo de Eunice Odio, más tarde de Isaac Felipe Azofeifa y ahora es de Julieta Dobles.

Esa mujer dulce y serena, profundamente sabia, con una sonrisa siempre oceánica y un aspecto bondadoso de niña con ojeras, es la poeta más reconocida por todos y por todas, más allá de los grupos y las tendencias.

Y valga aclarar que no se debe a su bellísima forma de ser, a su natural vocación de amiga, a su lucha en favor de la poesía ni a sus múltiples discípulos y compañeros de taller literario.


Se debe a que su poesía es exquisita, no brinda concesiones pero tampoco hace trampas, no se queda con el lector aguerrido sino con el sensible y el abierto, y en lugar de imponer barreras siempre ha construido puentes.

Es una poesía íntima, la desnudez de su espíritu, pero que recorre paisajes y tiempos, vuela encima de la memoria y se ocupa de lo inefable, como debe ocurrir siempre con el poema.

Es una poesía honesta, franca, siempre cercana, muchas veces desgarradora, apabullante pero suave, tormentosa a veces, pero siempre clara, diáfana, prístina, casi celeste.

He venido varias veces a su casa, que en realidad es dos casas que juntaron para formalizar una interesante comunidad familiar. Una vez entrevisté aquí a su compañero de toda la vida, Laureano Albán, otro gran poeta de su generación y el más conocido de nuestros vates fuera de nuestras fronteras.

Esta vez, como aquella, nos toca reunirnos un domingo por la noche. Por lo tanto, hay mucha gente. Cuando llego está con dos de sus nietas en una sala. Me hace gracia porque recuerdo que siempre ha sido como una gallinita que anda acomodando sus pollos bajo el ala.

Me explica un poco cómo funciona aquella casa particular, y me cuenta que la administra uno de sus hijos, y no ella. “Rinde mejor el dinero, y eso está muy bien porque el dinero es para hacer alegre a la gente”, dice doña Julieta, y ya empiezan a salir versos, metáforas y criaturas de su boca.

Así como en algún momento publicó un libro sobre nuestro país, en el que iba descubriendo etapas, edades suyas, épocas, provincias, meses y paisajes, una obra que se llama de la mejor manera posible, “Costa Rica poema a poema”, ahora espera la pronta publicación de un poemario acerca de las casas en que le ha tocado vivir.

“El libro está por aparecer en la Editorial de la UCR. Lo vamos a publicar con ocho fotos de Jorge, mi hijo, que es fotógrafo profesional. Él no pretende que sean ilustrativas. La fotografía tiene otro lenguaje, y Jorge ha hecho su propia visión del espíritu del libro. Ha tomado escenas de una casa que fue de mi madre, quien murió el año pasado. Ha tomado escenas conforme se ha ido despoblando la casa”, cuenta Doña Julieta, mientras esquiva los saltos y las alegrías del cuerpo de dos de sus nietas.

La “Tita Julieta” tiene cuatro nietos. Atrás, en un mueble de la sala hay una foto de su única hija, Ángela, quien vive en Madrid. Se queda viendo la foto, ida por unos segundos… “Mi hija se llama igual que mamá y que mi suegra”, agrega.

La poesía de sus hogares

“Tardé muchos años en hacer este libro, que se llama “Casas de la memoria”. Fíjate que lo empecé cuando ya estaba escribiendo “Costa Rica poema a poema”. Luché mucho con él, porque es un poemario narrativo, en cada poema cuento algo”, explica doña Julieta.

Le recuerdo que ese afán narrativo se encuentra en varios de sus libros, empezando por “Amar en Jerusalén”. “Sí, sí, es cierto. Empezó con “Amar en Jerusalén”. Ese libro es la semilla de todos estos. Es el primero en que me atreví a narrar. “Costa Rica poema a poema” también tiene muchos poemas que son narrativos.

“Yo tengo la idea de que cada casa te marca una etapa de tu vida. Las casas te dan un sabor, te dan un aura. He vivido en más de 20 casas, y cada una cumple con una época.

“Cuando acabé me di cuenta que estaba haciendo una biografía mía, o más bien que mía, de la familia. Es un libro muy autobiográfico. Tuvo un origen muy simpático. Resulta que yo viví los primeros 9 años de mi vida en una casa pequeñita y muy humilde, que está al sur del Colegio de Señoritas. Se trata de una serie de cuatro o cinco casas unidas, unas casas de alquiler.

“Cuando volvimos de vivir en Israel, un día la vi y me dieron muchas ganas de entrar. Pedí permiso. Era un salón de belleza. Detrás vivía una señora, la dueña. Entré con ella y me llevó hasta el patio. Tuve unas sensaciones tan encontradas… La casa estaba igual pero pintada. Para mí, en los recuerdos, esa era una casa enorme, y de pronto me encuentro con esa migaja de casa.

“Mamá siempre decía que era un huevito, y yo la oía y me parecía absurdo, siendo esa casa de mi niñez una casa enorme en mi memoria. No había tal. Cuando fui a verla salí “choqueada”. No era sólo nostalgia. Era, más bien, que supe que hay cosas irrecuperables. Esperaba encontrarme más de mi infancia, pero en ese momento era una casa fría, a pesar de lo que yo había vivido ahí. Debajo de muchas manos de pintura, estará mi mano pintando casitas…”.

-Eso suena a un poema suyo, ¿cómo fue que dijo? “Debajo de muchas manos de pintura, estará mi mano pintando casitas”…

-Sí, eso es parte del primer poema de este libro. Me gustó mucho como quedó ese poema. Cuando se lo leí a Laureano, me dijo, “mirá, qué buen tema, ¿por qué no te escribís un libro de las casas?” Después, cuando ya vio los poemas, le parecieron llenos de lugares comunes…

-¿Fue haciendo una especie de itinerario para atrás? ¿Fue en orden, desde la primera, o al revés, como aquel cuento de Alejo Carpentier que arranca con la muerte y termina con el nacimiento?

-No los hice en orden, pero después los acomodé. Los fui haciendo de acuerdo a como me fueron brotando. La segunda casa que retraté fue una ya de cuando estábamos casados, y después volví a la casa de San Pedro, a la segunda casa que tuve con mis papás.

“Es que cuando yo tenía 9 años nos fuimos a vivir a San Pedro. Es una casa tan importante que tiene varios poemas en varios libros. Viví en esa casa desde los 9 años hasta que me casé, a los 24 años”.

-Es el período más largo en que ha permanecido en una casa…

-Y resulta que de esa casa de San Pedro es el poema más largo del libro. Cuento las travesuras, cuento de las amigas, sobre todo de dos que se llaman Olguita y Úrsula, cuento de los viajes en bicicleta.

De la ciudad al campo

-En esos años, la zona de San Pedro era muy diferente a los alrededores del Colegio Superior de Señoritas, donde había pasado usted sus primeros años.

-Pasar de ser una niña de ciudad, que veía por la rendija de la puerta, porque al frente había un garaje, a vivir en el campo, porque San Pedro era puro campo, sí hizo una diferencia. La casa era la última casa del pueblo hacia el sur. De ahí para abajo sólo había cafetales, y la ciudadela de Zapote a lo lejos, una ciudadela de casas baratas, de cemento en pie.

“Entre la ciudadela de Zapote y el cementerio de San Pedro sólo había cafetales, potreros y uno o dos riítos. Nosotros jugábamos ahí, porque llegaban a cuidar vacas.

“Mi papá tuvo que abrir la acera a pala, con otro señor. La calle era un barrial, y poco a poco fueron pavimentándola. En ese momento de mi vida, ese lugar fue muy importante para mí. Fue como soltar palomas, dejar de pronto que volaran cinco palomas.

“Somos cinco hermanas. Nos dejaban sueltas, nos dejaban salir. La puerta permanecía abierta. Todo esto que te estoy contando fue hace 50 años”.

(De pronto una de sus nietas, Soledad, se sube en un tubo que está en medio de la sala. Más bien, se encarama en el mueble gracias al tubo. Haciéndome un guiño, doña Julieta dice más bajito que Soledad lo que está es escuchándonos).

-A mí me pasaba lo mismo. Cuando hablaba la gente grande se me hacían las orejas de aquí a la puerta, pero a mí me decían “Julieta, al patio, a jugar”, y apenas podía me metía detrás de una puerta. Ahora, los dejamos escuchar más. Por eso ahora los niños saben tanto, lo cual yo creo que está bien.

“Fue preciosa esa época en que estaba en la escuela, como Soledad. Estuve en la Escuela Perú y seguí yendo a la Perú, a pesar de que quedaba lejos. Me iba caminando a la parada de bus, me subía en un bus y me bajaba en el Parque Morazán. A la vuelta, papá me recogía. El pasaje costaba quince céntimos. A mamá no le gustaba darnos dinero porque decía que comíamos cochinadas. Entonces, a veces caminábamos para ahorrarnos la plata. Eso era lo que podíamos llevar a la escuela. Caminando durábamos veinticinco minutos. No había tránsito ni peligros. Un día que mami iba en el bus, nos vio, donde íbamos caminando. Aquello terminó en una castigada de locos.

“Desde entonces, siempre que he vivido en Costa Rica, he vivido en esta zona de San Pedro. Cuando nos casamos, alquilamos una casa que era parte de la vieja escuela de San Pedro, donde ahora está un negocio que se llama “La Mazorca”. Es de mampostería, de calicanto. Si fuera de madera ya no existiría.

“Fue que la compró un señor que la dividió en tres o cuatro partes, y nosotros alquilábamos. Le digo en el poema la casa escuela. Además hay otra historia. Perdóneme que la atraviese aquí. Es el defecto de quien tiene demasiados recuerdos.

“En el 48, cuando la Revolución, yo tenía 5 años. Como vivía por el Señoritas, retumbaban los balazos desde el Bellavista. Entonces, nos obligaron prácticamente a vivir en el suelo.

“Pero papá y mamá decidieron que mejor nos íbamos unos días donde unos abuelos en San Pedro, donde mi abuela Soledad y mi abuelo Alfredo. Soledad, mi nieta, se llama así porque mi hijo le puso ese nombre en honor de su bisabuela y de la bisabuela de su compañera, que es otra Soledad”.

Entre gallinas y sustos

“Nos fuimos a vivir a la casa de la abuela, que estaba donde ahora hay un restaurante chino, a la par de lo que en ese momento sí era la escuela y después fue nuestra casa.

“Mi abuela tenía gallinas en el patio y un perico. Me subía en la tapia y veía a los chiquillos de la escuela. ¿Qué iba a pensar que ahí iba a estar mi casa?

Esa casa nueva, de recién casada, la casa escuela del libro, es muy importante, porque ahí nacieron mis dos hijos mayores, Jorge y Esteban.

“Me acuerdo que cuando nos casamos no teníamos plata, compramos muebles de segunda, unos sillones, una mesita, como casi todas las parejas que se casan. Laureano trabajaba en el Conservatorio de Castella y yo en el Colegio Vargas Calvo. Yo daba clases de Ciencias, y él de Español.

“Muy lindo ese tiempo. Esas son cosas que pasan, se terminan pero ahí quedan, se cumplieron. De ahí nos pasamos a otra casa, que es una casa que encontré caminando por la calle, una casa vieja, de bahareque, encima le habían puesto repello, y el techo era de tejas.

“Estaba en el barrio Saprissa, detrás del Vargas Calvo. Cuando la vi desocupada y con rótulo de “se alquila”, dije “esta es la casa que necesitamos”. Al día siguiente unos alumnos, que me vieron meterme a la casa, me preguntaron si la había alquilado, y más de uno me dijo “ay, profesora, pero en esa casa asustan”. ¡Ah, la peste!, pensé yo, pero les contesté que no le teníamos miedo a los fantasmas.

“Recuerdo al dueño, don Abel Sánchez, usaba un sombrerón. La casa tenía más de cien años. Y de verdad que había algo misterioso. Las paredes tenían unas resonancias raras. Resonaban voces en las paredes, voces como de conversaciones, de fiestas… No eran feas

“En ese tiempo, Laureano era directivo de la Editorial Costa Rica, y además, estábamos en la universidad, estudiando filología. Como los chiquitos estaban muy pequeños, a veces él iba y tomaba apuntes por los dos. Así que pasaba las noches muy sola. Y oía las voces. No me molestaban. Más bien me sentía como acompañada.

“La casa tenía dos dormitorios y una cocina enorme. Ya iba a nacer mi tercer hijo, Federico. Era muy pequeña. Así que nos pasamos para otra casa, entre Barrio Pinto y La Granja. Siempre vivíamos en casas viejas. Nuestras entradas eran bastante exiguas como para pensar en una casa nueva. A la par de esta casa tenían un bananal. Después de que nosotros vivimos en esa casa la botaron. La gracia de esas casas es que tenían patio atrás… La pintamos con mucha ilusión y le tapamos las rendijitas.

“En esa casa nacieron el tercero y el cuarto de mis hijos. Ya con Federico y con Rolando casi teníamos un equipo de básquet. De esa casa yo tenía un poema doloroso, muy doloroso. Fue en un momento muy triste. Cuando nos divorciamos, y escribí de esa época tan pobre pero tan rica, de tanta bulla y tanto juego…

“De ahí nos fuimos a alquilar una casita campestre, en San Rafael de Montes de Oca. Era una casita muy linda, pequeñita, muy bajita. Laureano pegaba en todos los travesaños. Era una casa con chimenea, de madera, muy bien hecha…”.

Partir de cero

“Por fin, terminamos de construir nuestra casa propia. Laureano trabajaba en el Ministerio de Educación, como asesor de imagen de Fernando Volio. Construimos una casa en una urbanización muy linda, El Dorado, en Curridabat, frente a la finca de Figueres. Es una casa esquinera, y vivimos ahí cinco años, hasta que nos fuimos para España. En esa casa nació Ángela.

“Laureano se fue con una beca por tres meses, una beca del Instituto del libro español, para aprender técnicas editoriales. En una de tantas llamadas me dijo, “mira, me voy a quedar en España, me van a dar un trabajo en una editorial”.

Ángela, que es la menor, tenía 3 años, y el mayor tenía 11. Estábamos pagando la casa.

“Me dijo que me fuera con todos los chiquillos, que vendiera la casa y que me fuera. Yo le dije que sí. Yo quería salir. He sido muy amiga de conocer, para un escritor es muy importante ver otros ambientes, otros paisajes.

“Todo el mundo me dijo que era una locura. Yo pensé, “si me quedo aquí, me quedo con casa y sin marido”. Él estaba como loco porque nos fuéramos. Vendí la casa, y con esa plata financié los tiquetes y me fui.

“La vendí al contado. Me dieron la plata en dos pagos. Mamá quedó como apoderada. El colón estaba a 8,60. Me fui en diciembre del 78, antes de que se viniera la crisis de Carazo. Lo que me pagaron por la casa fueron 250 mil colones, que era lo que había pagado yo.

“Compré los pasajes, y lo que me sobró me lo llevé. Cuando llegué al mostrador de Iberia, sin ninguna experiencia, llevaba un mar de valijas y de cajas, y ese montón de chiquitos. La persona que me atendió me dijo que tenía un gran sobrepeso, pero que me los iba a pasar. Ahora sé que hay que ir con lo indispensable y se compra allá lo que uno necesita, pero estaba muy pollita en cuanto a viajes se refiere.

“Laureano había alquilado un piso en Alcalá, a 30 kilómetros de Madrid. Hicimos vida en ese pueblo. De vez en cuando íbamos a recitales y conferencias en Madrid. En el 78 hacía tres años que había muerto Franco.

Estaba España saliendo del aislamiento en que lo tuvo Franco. Todavía era un país pobre. Ahora, hace poco, que nosotros volvimos, vimos las diferencias. En ese entonces era un país muy abierto a todo lo que venía de afuera. Ya, no tanto…”.

Al lado de grandes poetas

“En España nos hicimos muy amigos de Rafael Morales, Paca Aguirre, Félix Grande, Luis Rosales. Laureano se convirtió en un protegido de Luis Rosales. Justo Jorge Padrón se lo presentó. Luis le ayudó a conocer gente. Así fue como se acercó a Antonio Hernández”.

“Hicimos una vida muy activa desde ese punto de vista. Laureano presentó un libro al Adonais, que es el concurso más antiguo y el premio más prestigioso en poesía que se da en España, y lo ganó en diciembre del 79.

“Yo no era conocida como poeta. Los dos o tres libros que había publicado estaban agotados. Laureano les decía que yo era poeta, pero, aun así, a mí me daba una mezcla de risa y cólera, porque simplemente decían “¿conocéis a la mujer del Adonais?” Me convirtieron simplemente en la esposa del poeta, pero fue una gran alegría porque se nos abrieron más puertas.

“Desde antes de irnos para España, él había tenido ninguneos aquí, su poesía es metafísica, diferente, original y muy suya. Por eso es que en Costa Rica no lo tomaban en cuenta. Y allá, como hasta lo metieron en antologías, él decía que España le había salvado la vida.

“Dos años después, cuando terminé mi libro “Hora de lejanías”, lo mandé al Adonais, y ganó el primer accésit. Después de un empate en el jurado, el gerente desempató. Ya la gente sabía que yo era la esposa de Laureano y eso fue lo que me cobraron para que perdiera en el desempate. No podían darle el premio dos veces seguidas a gente de un país tan pequeñito.

“El Adonais tiene una ceremonia muy interesante. Nadie sabe nada del premio y para la última reunión del jurado, cuando deciden el premio, abren las puertas y ya la prensa está ahí. La noticia sale fresquita.

“El día del anuncio, el muchacho que ganó, que era de Valencia, no estaba, y yo sí. En la ceremonia, cuando se anuncia el Adonais, hay una lectura del libro y una mesa de prensa. Como no estaba el muchacho, toda la lectura y todo lo que se hizo fue sobre lo mío. Los periódicos publicaron entrevistas a mí.

“Me publicaron el libro. Ellos publican el primer premio y el accésit. Allá, en España, a Laureano y a mí nos han incluido en las antologías del Adonais. Esa época ha sido muy importante para nosotros como poetas. Estuvimos allá cinco años. Al principio, fue muy difícil. Cuando llegamos, resulta que no había tal trabajo y con la plata de la casa nos mantuvimos dos años. Nos la jugamos haciendo ventas por correo. En España no había trabajo, y no nos renovaron las visas. Vieras las angustias que vivíamos por la plata. Ahora entiendo muy bien a los indocumentados.

“En eso se vino lo del Adonais, Laureano se vino a entregar la estatuilla, y Carazo se portó muy bien. Laureano le contó que me había dejado en España apenas con 30 mil pesetas. Primero lo nombraron agregado cultural, ganaba muy poquito, y después fue ministro consejero, con Monge.

“En España primero vivimos en un piso, muy humilde, en la calle Luis de Torres, un nombre muy premonitorio, porque fue el traductor de Colón, y cuando llegaron a América se quedó sin trabajo, puesto que lo que esperaban era llegar a las Indias”.

Historia del viaje interminable

“En esa casa de la calle Luis de Torres, Laureano empezó a escribir “El viaje interminable”, que ganó el Premio de Cultura Hispánica. Era una casa pequeña, con una bañera antigua. Tenía una cocina blanca, de puros azulejos, y el calentador del agua funcionaba con gas. Ahí yo me sentía un poco niña…

“Recuerdo la bandeja de dulces que nos tenía Laureano en Navidad, cuando llegamos, con toda clase de dulces típicos de allá, mantecados, polvorones, unos dulces que huelen mucho.

“Como al año nos trasladamos ahí mismo, en Alcalá, a una casa chalet, porque estábamos con añoranza enorme por tener jardín. Nos trasladamos al verde, a la par del río Henares. Aunque allá todo es muy seco. Hace poco fui y le tomé fotos a todas las casas. Alcalá era campo. Muchos años después, me enteré que cuando Laureano y yo nos íbamos para Madrid, los chiquitos aprovechaban para tirarse al río.

“Hasta que decidimos trasladarnos a Madrid. Nos quedaba más cerca para las actividades literarias. Esta vez lo hicimos diferente. Primero buscamos la escuela para los muchachos. Recuerdo que se llamaba Escuela México, y estaba en un barrio al este de Madrid. Después empezamos a buscar piso alrededor de la escuela. Pusimos rotulitos por todo lado, “necesitamos piso, tres dormitorios”. Alguien nos llamó. Fuimos a ver unas torres muy lindas. En ese momento la situación estaba un poco mejor. Hasta guardamos plata, ahorramos, vivimos en un piso nuevo… Ese piso tiene poema en este libro, por supuesto. A la par había una torre en construcción. Ahora que fuimos tienen un jardín muy bello, pero cuando eso no”.

De Madrid a Nueva York

“En eso, a Laureano lo trasladan a Nueva York, a la ONU, con la responsabilidad de hacer una labor de rescate de la imagen de Costa Rica. Como Monge de alguna manera había dado oportunidad y espacio a la Contra, los sandinistas le habían hecho una atmósfera muy fea a Costa Rica, sobre todo en universidades, donde mucha gente simpatizaba con lo que estaba ocurriendo en Nicaragua.

“Primero se fueron Laureano y Jorge, mi hijo, a buscar casa. Hay una historia linda del destino. A veces las cosas no salen porque el destino es otro, y no podes ver, hasta después, lo que realmente estaba ocurriendo. Laureano se fue para Connecticut. Ahí tenía un amigo que le daba hospedaje. Resulta que en ese lugar todas las casas se le cerraban, no conseguía donde alquilar, se caían los tratos. En el momento en que Laureano decía “cinco niños”, los estadounidenses cerraban las puertas.

“Y entonces se fue a preguntarle a Fernando Zumbado si le podía ayudar a conseguir casa. Le puso a la orden a una secretaria de él, porque Laureano no tenía carro. La muchacha se puso al servicio de Laureano y Jorge, y buscaron en Long Island. Consiguieron una casa muy bonita, que era de unos colombianos.

“En Long Island está el campus de la Universidad del Estado de Nueva York.”

Antes de todo esto, habíamos conocido a un famoso traductor del español al inglés que se llama Frederich H. Fornoff. Lo conocimos en una tertulia en España, en la tertulia de José Luis Cano. Nos hicimos grandes amigos. A Fred le fascinó la poesía de Laureano, y se convirtió en el traductor al inglés de sus libros.

“Cuando nos fuimos para Nueva York, Fred le habló a un señor Elias Rivers, un hispanista del Siglo de Oro, y gracias a él nos invitaron a la universidad. Nos puso en contacto con mucha gente de Estados Unidos. Íbamos los dos. Fuimos a dar conferencias a Carolina del Norte, Texas, Virginia, Washington, todo el Este, y luego a Louisiana. En Texas estaba Rima de Vallbona, y nos encontramos con ella. Hicimos muchos recitales de poesía y muchas conferencias sobre el asunto de Nicaragua”.

Universidades como guetos

“Las universidades de Estados Unidos forman un gueto. Cuando uno llega, piensa que, como la mayoría de la gente de Estados Unidos es de clase media, esa clase media tiene la misma cultura que aquí, y que se trata de profesionales. Eso no es así. En Estados Unidos la clase media es una clase obrera que gana muy bien, es gente que ha hecho high school pero nada más.

Se debe a que mucha gente no puede acceder a la universidad porque es muy cara. Allá hay dos maneras de entrar a la U: o tenés beca o la familia se endeuda.

“Las universidades son guetos. Y a la gran mayoría de la población no les gusta ese tipo de personas. La gente, tanto allá como aquí, vota por el que se parece a ellos. Aparte de que éramos escritores, Laureano, como tenía ese traductor de lujo que es Frederick, que había dado sus libros a profesores, es conocido en las universidades. En ese momento, sobre todo era conocido por “El viaje interminable”.

“Gracias a Don Elias Rivers y a su esposa, Georgina Sabat, nos dieron beca en la Universidad del Estado de Nueva York, y nos fajamos. Al final, tanto Laureano como yo sacamos una maestría en literatura hispanoamericana.

“Al principio, vivimos en una casa con ardillas y mapaches. A cada rato los mapaches asaltaban el basurero. Después nos fuimos a vivir más cerca de la universidad, porque estábamos durando una hora para llegar a la universidad. Decidimos cambiarnos porque estábamos viviendo en un pueblo de hispanos y los chiquillos lo que estaban aprendiendo a hablar era puertorriqueño.

“Llegamos a un pueblo fundado por italianos e irlandeses. Fíjate que mis hijos no sabían hablar inglés. Ángela estaba en Primaria, y un día se baja del bus llorando, porque le tiraron piedras y le dijeron spanish no sé qué. Me fui a hablar con don Bartoloto, el director del colegio, un italiano grandote. Hizo una reunión con todos los chiquillos, les dijo “aquí, en este pueblo, todos somos hijos de inmigrantes, ella es hija de hispanos, como ustedes son hijos de italianos, irlandeses o griegos, el que se vuelva a burlar de ella, queda expulsado del colegio”.

“En un país de inmigrantes, los racismos quedan fuera de lugar. En Europa hay mucho racismo, pero es que ahí el mestizaje es más antiguo. En cambio, aquí en América lo tenemos más fresco.

“Vivíamos en una casa en alto, frente al mar. Era un mar tranquilo. Hace mucho frío. Lo que le da esas temperaturas terribles a Nueva York es el mar. Era una casa extraña. De nuevo, una casa donde pasaban cosas raras. Un hombre la había hecho a mano cuando volvió de la Segunda Guerra Mundial. Era una casa de madera, tenía misterio, en el jardín había figuras, y siempre escuchamos que aparecían sombras en ese jardín. Parece que era una mujer. Se movían los árboles y había como un llanto, como un quejido. Pero era una casa muy bella, en tres niveles. Es una de esas casas con vida, que no son casas vacías. Ahí vivimos un año. Era de un griego, pero resulta que quería subir el alquiler, y no podía subirlo porque estábamos ahí. Entonces, por ejemplo, estaba malo el calentador y no lo arregló. Quería que nos fuéramos”.

En casa de chinos

“Como tuvimos que salir de la casa bella y tenebrosa, hicimos un trato con unos chinos. Es que mis hijos tenían dos amiguitos chinos, de Taiwán. El marido se había quedado en Taiwán, la china oyó que estábamos buscando casa, y nos propuso este trato: “les alquilo, dejo a mis chinos, si les dan la comida y les lavan la ropa, apenas les cobro $ 300”. El trato estaba buenísimo. Nos quedó de perlas. “Estuvimos así varios meses. Cuando llegó de vuelta, con el marido, ya no quiso dejar de percibir el alquiler, así que ellos se fueron a vivir a uno de los garajes de la casa, y seguían percibiendo el dinero”.

“En el garaje no tenían calefacción, y compartíamos la electricidad y la cocina. Nos tratábamos con mucho respeto, pero había algunos detalles por los que nos era difícil convivir. Cuando ella cocinaba, muchas veces quedaba un terrible olor a algas podridas. En cambio, de lo nuestro a ellos les parece asqueroso el yogurt y los quesos.

“En el libro, esa casa se llama la casa oriental. La china no sabía nada de inglés y yo no sabía nada de chino. Juntas en la cocina éramos el caos. Había que darse a entender por señas.

“En el 86 volvemos a Costa Rica, y poco después Óscar Arias nos manda para Israel. Había nombrado de embajador a Laureano. Para mí fue maravillosa la experiencia en Israel desde el punto de vista vivencial. Por ejemplo, Jerusalén es una ciudad mágica, magnética.

“Llegamos en mayo del 87. Todo olía a romero. Allá siembran romero en los parques. Se hace como un arbusto, enorme. Llegamos a la casa que el gobierno tiene para Costa Rica. Es una casa árabe, que los palestinos abandonaron cuando se fundó el Estado de Israel. Es una casa con columnas de piedra, con un jardín que le da vuelta y atrás tiene una pila para peces.

“Antes había sido la casa destinada para República Dominicana. La casa tiene atrás un apartamento como independiente, esa era la casa de un primer ministro, que tenía la esposa enferma. Construyeron ese apartamento para ella.

“Había un desván enorme, lleno de chunches, era como secreto, y había un cuartito en alto. Nunca podíamos dejar sola a la muchacha que me ayudaba a limpiar la casa, que siempre dijo que ahí asustaban.

“Todo es muy árido pero se te olvida. Hay una ley que obliga a que todo esté cubierto con piedra blanca de Jerusalén. Cuando le pegaba la luz del sol daba unos reflejos rosados o amarillos. También exigían un mínimo de jardín, por lo que toda la gente sembraba y regaba. Por eso, hasta que no salís de la ciudad no sabés que estás en el Desierto de Judea.

“Me metí a estudiar hebreo, aprendí a hablar, no a leer ni a escribir. Estuvimos en Israel durante tres años. Todos esos años los trabajé pero no me los pagaron. Había mucha actividad. Nos llevaban a conocer, íbamos a los kibutz.

“El gobierno de Israel le da un trato preferencial a Hispoamérica, porque ganó en el 48 la formación del Estado con el apoyo de todos los países de América Latina. Hay un detalle importante y es que sólo Costa Rica y El Salvador tienen la embajada en Jerusalén. Los demás la tienen en Tel Aviv”.

De vuelta y a París

“Del 90 al 98 estuvimos de vuelta en Costa Rica. En ese momento, Laureano hacía un taller literario especial y cobraba. Ahora no lo cobramos. Pero en eso momento las circunstancias nos obligaban.

“Con un premio de poesía religiosa que ganó Laureano en el 89, y con lo que le pagaron por “El viaje interminable”, en conmemoración de los 500 años de la llegada de los españoles a América, con esos dineros compramos estas dos casas, donde ahora vivimos en esta comunidad familiar.

“Esta casa está hecha con poesía, como dice Laureano. Compramos primero una, que estuvo en venta como un año, y luego la del lado, que era de tres personas, que no se podían poner de acuerdo con la venta. Cuando conseguimos comprar la segunda, las fusionamos.

“Y las últimas casas que aparecen en este libro son la que tuvimos en París, cuando Laureano y yo nos fuimos para allá solos. Laureano consiguió un puesto ante la UNESCO, durante la administración de Miguel Ángel Rodríguez.

“Era una casa preciosa, pero salimos corriendo. Había unas presencias rarísimas. Nos enamoramos de la casa, en las afueras de París. Era una casa hecha por un portugués, con baranda, una escalera lindísima, pero tenía una mala vibra. Se sentían y se escuchaban golpes en las puertas y en las paredes. La casa provocaba una sensación como de desamparo. A la empleada le tocaron varias veces la puerta de la casa y no era nadie.

“Y luego nos pasamos a un pisito, porque los muchachos se habían ido para Madrid. El poema para este pisito se llama Casa para Dos. Yo me pasé meses en Madrid. Me era más amable que París.

“Eso sí, que conste que me gustó mucho y que los franceses son muy corteses, y la cortesía es el aceite de la relación social. Conseguimos viajar mucho dentro de Francia.

“Esta casa de París tiene un poema muy lindo, que me gusta mucho, habla de la nostalgia, los chiquillos, y todo, haciendo un recuento de angustias y separaciones”.

Casas imaginarias

“Y luego, también hay en el libro una casa futura, ideal, y una casa aparte, de los sueños, que es una casa donde yo he vivido en sueños, y está relacionada con mi casa de infancia. Es uno de los pocos poemas que he escrito después de un sueño.

“He soñado varias veces con una casa que no existe más que en mi sueño, en una calle solitaria, precaria. Es una casa de dos pisos, que no es así la casa de mamá, y lo lindo del sueño es que todo el techo estaba lleno de una enredadera como de rosas, o alguna flor encendida, y donde yo abría una ventanilla, en la buhardilla, lo que se oían eran las risas de los niños, muy chiquillos. Es muy simbólico de lo que ha sido la casa en mi vida.

“La casa no sólo es el refugio, sino que siempre ha habido infancia. Siempre me las he ideado para que haya gente menuda. En otra época yo hubiera tenido 17 hijos, como mi abuela.

“Los niños alivianan todo. Todos es fresco, hasta las fiestas adquieren más sentido con los niños, la Navidad, los cumpleaños, acepto que siempre he sido como una gallina con sus pollos, pero eso me ha hecho feliz, y eso también me define como mujer y como poeta”.

Los libros de la reina del poema

Reloj de siempre “Se publicó en mimeógrafo o polígrafo, con grabados de madera que me regaló una artista amiga, y en la portada hay una fotografía de unos charcos. Es de Miguel Salguero. Está encuadernado a mano. Me lo publicó la Biblioteca Líneas Grises, del Círculo de Poetas. Cuando eso tenía 22 años y estaba soltera”. El peso vivo “Este fue el primer libro que me publicó la Editorial Costa Rica, e insistí en meterle atrás el “Reloj de Siempre”. Fue el primero que ganó el Premio Nacional de Poesía. Lleva tres ediciones”.

Los pasos terrestres “Fue Premio Editorial Costa Rica en 1976 y Premio Nacional de Poesía. Es un libro muy de familia, con los hijos pequeños. Los libros nuevos tienen sus raíces ahí. Es poesía de lo cotidiano. Lo publicaron con unos dibujos muy lindos, de Sonia Romero. Pronto tendrá su primera reimpresión”. Hora de lejanías “Lo escribí en España. Ganó el accésit del Adonais, primero lo publicaron allá y luego en la Editorial Costa Rica. Es un libro de la nostalgia por Costa Rica, y de todos los descubrimientos que fui haciendo en España. Escribo sobre Alcalá, la plaza Cervantes, el río Henares, las cigüeñas que se detienen en edificios de la época del descubrimiento de América…”.

Los delitos de Pandora “Quería hacer un libro sobre la mujer. Hice una investigación grande en Madrid. Es un libro con un toque feminista. Yo tengo bastante de feminismo del bueno. Es un feminismo sin odios, de trabajar juntos, en igualdad de condiciones”

Amar en Jerusalén “Con este libro gané por tercera vez el Premio Nacional de Poesía. Es un libro desgarrador. Tiene poemas narrativos. Cuenta cosas. Es sencillamente la explosión del dolor. Fue por la primera grieta que se abrió en mi matrimonio con Laureano. Lo escribí en el 88 pero lo guardé. Están escritos tan visceralmente que me daba pudor publicarlo. En el 91 se lo di a Beto Cañas, y claro, él lo publicó. Salió en el 92”.

Costa Rica poema a poema “Salió en el 97. Duré mucho escribiendo este libro. El 1 de marzo del 90 salí a comprar algo y vi ese cielo azul de marzo, y esos porós, esos robles, y volví como entusiasmada y me puse a escribir un poema. Luego empecé con unos poemas de los meses, y más tarde sobre lugares, platos, comidas, plantas, y al final también acerca de las provincias. Me invitan mucho a leer en colegios y en cursos de Español para extranjeros. Me piden específicamente ese libro. Incluso la UNED hizo un video sobre esta obra”

Casas de la memoria “Fue gestado en la misma época que “Costa Rica poema a poema”, pero se ha llevado mucho tiempo. Lo va a publicar la Editorial de la Universidad de Costa Rica. Las fotos que acompañan a los poemas son de mi hijo Jorge, quien las ha sacado en casa de mi mamá, una casa donde las paredes dicen tanto… Es una casa que estaba en medio de los potreros, en San Pedro, detrás de la Escuela Roosevelt. Vieras que en general me interesan mis raíces. Te cuento que mi abuelo era de origen sevillano y tuvo 18 hijos. Mi tatarabuelo era judío sefardita. Llegó aquí en 1780… Se llamaba Pedro de la Cruz y Diez Dobles. Se fue quitando las partes. Primero se quitó el De La Cruz, y cuando ya era Pedro Diez Dobles se quitó el diez, porque tenía más de una decena de hijos”

Poemas para arrepentidos “Es un poemario de mis luchas en pareja, y de mis luchas por definirme como ser individual. Es sobre lo terrible de un divorcio después de tantos años de convivir juntos. Es como si te hubieran quitado una parte de vos, y tenés que reconstruirte como persona. Me siento muy orgullosa de algunos poemas de este libro, como “Oda a la cebolla”, o “Falacia patética”. María Bonilla montó una dramatización a partir de ese poema. Empieza una muchacha a bailar… El tema fundamental es cómo por medio de la palabra podemos crear mundos, y que el universo humano es completamente diferente del universo natural. Por ejemplo, cuando enterrás a un amigo en un día espléndido, soleado. La falacia patética es un recurso usado en el romanticismo. Por ejemplo, si va a haber un asesinato entonces hay relámpagos. El libro es muy lírico. No hay narrativa. En él tenemos la palabra, como decir los mundos”.

Fotografías fuera de álbum “En este libro viene un poema con el retrato de mis hijos. Se llama “Retrato de mis hijos bajo el arbusto blanco”. Es un libro de retratos. Viene un retrato de Laureano, uno de mi abuela Soledad, que era una mujer tan especial; de mi suegra, Ángela Rivas; de mi madre, Ángela Izaguirre Moya. Hay un retrato de grupo, de mi primera lección que di como profesora, es un poema pedagógico, cuenta una anécdota. También hay retratos de paisajes, muchos de Francia, de España… Hay uno que se llama “Fotografía en fuga”, que es acerca de la imposibilidad de poder tomar de nuevo la fotografía una vez que ha pasado el tiempo y las circunstancias han cambiado. Lo escribí porque estábamos en Europa y veía a mis hijos en una foto de Navidad, que ya era imposible de tomar…”.

La casa cerrada “Es el libro después de la muerte de mamá. Cuando los padres mueren, sobre todo en edad avanzada. No sólo es la pérdida, sino que ves representadas ahí tu futura vejez y tu futura muerte, y te das cuenta que formás parte de una cadena, diay, que van pasando todas las etapas de la vida, hasta la muerte. Te replanteás muchas cosas. Estos poemas surgieron cuando me quedaba en la casa de mamá, revisando armarios. Muchos papeles de ella fueron a Archivos Nacionales. Mamá fue maestra. Representa una época. Cuando murió, conforme se fue vaciando la casa, aquello representaba la fuga de muchísimas cosas. Por ejemplo, encontré mi última muñeca, de cuando cumplí 12 años. La perdí cuando me fui para España. Mi mamá la había guardado. Vos te imaginás lo que representa volver a ver esa muñeca en estas circunstancias. Apenas llevo como siete poemas. Es muy duro. Va a ser un proceso, el del duelo, hasta que acabe”.