Arte Costarricense
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Julieta Dobles - Las Casas de su Memoria 2


por
Camilo Rodríguez Chaverri
Colaborador
Art Studio Magazine

“Mamá siempre decía que era un huevito, y yo la oía y me parecía absurdo, siendo esa casa de mi niñez una casa enorme en mi memoria. No había tal. Cuando fui a verla salí “choqueada”. No era sólo nostalgia. Era, más bien, que supe que hay cosas irrecuperables. Esperaba encontrarme más de mi infancia, pero en ese momento era una casa fría, a pesar de lo que yo había vivido ahí. Debajo de muchas manos de pintura, estará mi mano pintando casitas...”.

-Eso suena a un poema suyo, ¿cómo fue que dijo? “Debajo de muchas manos de pintura, estará mi mano pintando casitas”...

-Sí, eso es parte del primer poema de este libro. Me gustó mucho como quedó ese poema. Cuando se lo leí a Laureano, me dijo, “mirá, qué buen tema, ¿por qué no te escribís un libro de las casas?” Después, cuando ya vio los poemas, le parecieron llenos de lugares comunes...

-¿Fue haciendo una especie de itinerario para atrás? ¿Fue en orden, desde la primera, o al revés, como aquel cuento de Alejo Carpentier que arranca con la muerte y termina con el nacimiento?

-No los hice en orden, pero después los acomodé. Los fui haciendo de acuerdo a como me fueron brotando. La segunda casa que retraté fue una ya de cuando estábamos casados, y después volví a la casa de San Pedro, a la segunda casa que tuve con mis papás.

“Es que cuando yo tenía 9 años nos fuimos a vivir a San Pedro. Es una casa tan importante que tiene varios poemas en varios libros. Viví en esa casa desde los 9 años hasta que me casé, a los 24 años”.

-Es el período más largo en que ha permanecido en una casa...

-Y resulta que de esa casa de San Pedro es el poema más largo del libro. Cuento las travesuras, cuento de las amigas, sobre todo de dos que se llaman Olguita y Úrsula, cuento de los viajes en bicicleta.

De la ciudad al campo

-En esos años, la zona de San Pedro era muy diferente a los alrededores del Colegio Superior de Señoritas, donde había pasado usted sus primeros años.

-Pasar de ser una niña de ciudad, que veía por la rendija de la puerta, porque al frente había un garaje, a vivir en el campo, porque San Pedro era puro campo, sí hizo una diferencia. La casa era la última casa del pueblo hacia el sur. De ahí para abajo sólo había cafetales, y la ciudadela de Zapote a lo lejos, una ciudadela de casas baratas, de cemento en pie.

“Entre la ciudadela de Zapote y el cementerio de San Pedro sólo había cafetales, potreros y uno o dos riítos. Nosotros jugábamos ahí, porque llegaban a cuidar vacas.

“Mi papá tuvo que abrir la acera a pala, con otro señor. La calle era un barrial, y poco a poco fueron pavimentándola. En ese momento de mi vida, ese lugar fue muy importante para mí. Fue como soltar palomas, dejar de pronto que volaran cinco palomas.

“Somos cinco hermanas. Nos dejaban sueltas, nos dejaban salir. La puerta permanecía abierta. Todo esto que te estoy contando fue hace 50 años”.

(De pronto una de sus nietas, Soledad, se sube en un tubo que está en medio de la sala. Más bien, se encarama en el mueble gracias al tubo. Haciéndome un guiño, doña Julieta dice más bajito que Soledad lo que está es escuchándonos).

-A mí me pasaba lo mismo. Cuando hablaba la gente grande se me hacían las orejas de aquí a la puerta, pero a mí me decían “Julieta, al patio, a jugar”, y apenas podía me metía detrás de una puerta. Ahora, los dejamos escuchar más. Por eso ahora los niños saben tanto, lo cual yo creo que está bien.

“Fue preciosa esa época en que estaba en la escuela, como Soledad. Estuve en la Escuela Perú y seguí yendo a la Perú, a pesar de que quedaba lejos. Me iba caminando a la parada de bus, me subía en un bus y me bajaba en el Parque Morazán. A la vuelta, papá me recogía. El pasaje costaba quince céntimos. A mamá no le gustaba darnos dinero porque decía que comíamos cochinadas. Entonces, a veces caminábamos para ahorrarnos la plata. Eso era lo que podíamos llevar a la escuela. Caminando durábamos veinticinco minutos. No había tránsito ni peligros. Un día que mami iba en el bus, nos vio, donde íbamos caminando. Aquello terminó en una castigada de locos.

“Desde entonces, siempre que he vivido en Costa Rica, he vivido en esta zona de San Pedro. Cuando nos casamos, alquilamos una casa que era parte de la vieja escuela de San Pedro, donde ahora está un negocio que se llama “La Mazorca”. Es de mampostería, de calicanto. Si fuera de madera ya no existiría.

“Fue que la compró un señor que la dividió en tres o cuatro partes, y nosotros alquilábamos. Le digo en el poema la casa escuela. Además hay otra historia. Perdóneme que la atraviese aquí. Es el defecto de quien tiene demasiados recuerdos.

“En el 48, cuando la Revolución, yo tenía 5 años. Como vivía por el Señoritas, retumbaban los balazos desde el Bellavista. Entonces, nos obligaron prácticamente a vivir en el suelo.

“Pero papá y mamá decidieron que mejor nos íbamos unos días donde unos abuelos en San Pedro, donde mi abuela Soledad y mi abuelo Alfredo. Soledad, mi nieta, se llama así porque mi hijo le puso ese nombre en honor de su bisabuela y de la bisabuela de su compañera, que es otra Soledad”.

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