Arte Costarricense
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Julieta Dobles - Las Casas de su Memoria 1


por
Camilo Rodríguez Chaverri
Colaborador
Art Studio Magazine

La palabra tiene trono. Una región o un país pueden ser reino para el verbo, Y en Costa Rica alguna vez el trono fue de Jorge Debravo, también lo fue un tiempo de Eunice Odio, más tarde de Isaac Felipe Azofeifa y ahora es de Julieta Dobles.

Esa mujer dulce y serena, profundamente sabia, con una sonrisa siempre oceánica y un aspecto bondadoso de niña con ojeras, es la poeta más reconocida por todos y por todas, más allá de los grupos y las tendencias.

Y valga aclarar que no se debe a su bellísima forma de ser, a su natural vocación de amiga, a su lucha en favor de la poesía ni a sus múltiples discípulos y compañeros de taller literario.

Se debe a que su poesía es exquisita, no brinda concesiones pero tampoco hace trampas, no se queda con el lector aguerrido sino con el sensible y el abierto, y en lugar de imponer barreras siempre ha construido puentes.

Es una poesía íntima, la desnudez de su espíritu, pero que recorre paisajes y tiempos, vuela encima de la memoria y se ocupa de lo inefable, como debe ocurrir siempre con el poema.

Es una poesía honesta, franca, siempre cercana, muchas veces desgarradora, apabullante pero suave, tormentosa a veces, pero siempre clara, diáfana, prístina, casi celeste.

He venido varias veces a su casa, que en realidad es dos casas que juntaron para formalizar una interesante comunidad familiar. Una vez entrevisté aquí a su compañero de toda la vida, Laureano Albán, otro gran poeta de su generación y el más conocido de nuestros vates fuera de nuestras fronteras.

Esta vez, como aquella, nos toca reunirnos un domingo por la noche. Por lo tanto, hay mucha gente. Cuando llego está con dos de sus nietas en una sala. Me hace gracia porque recuerdo que siempre ha sido como una gallinita que anda acomodando sus pollos bajo el ala.

Me explica un poco cómo funciona aquella casa particular, y me cuenta que la administra uno de sus hijos, y no ella. “Rinde mejor el dinero, y eso está muy bien porque el dinero es para hacer alegre a la gente”, dice doña Julieta, y ya empiezan a salir versos, metáforas y criaturas de su boca.

Así como en algún momento publicó un libro sobre nuestro país, en el que iba descubriendo etapas, edades suyas, épocas, provincias, meses y paisajes, una obra que se llama de la mejor manera posible, “Costa Rica poema a poema”, ahora espera la pronta publicación de un poemario acerca de las casas en que le ha tocado vivir.

“El libro está por aparecer en la Editorial de la UCR. Lo vamos a publicar con ocho fotos de Jorge, mi hijo, que es fotógrafo profesional. Él no pretende que sean ilustrativas. La fotografía tiene otro lenguaje, y Jorge ha hecho su propia visión del espíritu del libro. Ha tomado escenas de una casa que fue de mi madre, quien murió el año pasado. Ha tomado escenas conforme se ha ido despoblando la casa”, cuenta Doña Julieta, mientras esquiva los saltos y las alegrías del cuerpo de dos de sus nietas.

La “Tita Julieta” tiene cuatro nietos. Atrás, en un mueble de la sala hay una foto de su única hija, Ángela, quien vive en Madrid. Se queda viendo la foto, ida por unos segundos... “Mi hija se llama igual que mamá y que mi suegra”, agrega.

La poesía de sus hogares

“Tardé muchos años en hacer este libro, que se llama “Casas de la memoria”. Fíjate que lo empecé cuando ya estaba escribiendo “Costa Rica poema a poema”. Luché mucho con él, porque es un poemario narrativo, en cada poema cuento algo”, explica doña Julieta.

Le recuerdo que ese afán narrativo se encuentra en varios de sus libros, empezando por “Amar en Jerusalén”. “Sí, sí, es cierto. Empezó con “Amar en Jerusalén”. Ese libro es la semilla de todos estos. Es el primero en que me atreví a narrar. “Costa Rica poema a poema” también tiene muchos poemas que son narrativos.

“Yo tengo la idea de que cada casa te marca una etapa de tu vida. Las casas te dan un sabor, te dan un aura. He vivido en más de 20 casas, y cada una cumple con una época.

“Cuando acabé me di cuenta que estaba haciendo una biografía mía, o más bien que mía, de la familia. Es un libro muy autobiográfico. Tuvo un origen muy simpático. Resulta que yo viví los primeros 9 años de mi vida en una casa pequeñita y muy humilde, que está al sur del Colegio de Señoritas. Se trata de una serie de cuatro o cinco casas unidas, unas casas de alquiler.

“Cuando volvimos de vivir en Israel, un día la vi y me dieron muchas ganas de entrar. Pedí permiso. Era un salón de belleza. Detrás vivía una señora, la dueña. Entré con ella y me llevó hasta el patio. Tuve unas sensaciones tan encontradas... La casa estaba igual pero pintada. Para mí, en los recuerdos, esa era una casa enorme, y de pronto me encuentro con esa migaja de casa.

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