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por Camilo Rodríguez Chaverri

José María Zonta es un joven y muy importante poeta costarricense que ya es muy reconocido en los círculos literarios del continente. Su nombre suena por aquí y por allá. Ha ganado premios en Europa y en América Latina, y reconoce que está trabajando para escribir una obra mayor, como “El tránsito de fuego”, de Eunice Odio, o “Cuerpos”, de Alfonso Chase. Con él hablamos de su embrujo por la palabra.

-Usted ha hablado de la poesía como magia. ¿A qué se refiere?
-La poesía es magia. El poeta debe ser un mago. Eso supera la visión de la poesía como fenómeno literario. Debe ampliar su campo de acción. La literatura es un oficio. El poeta debe ampliar su campo de acción. No puede limitarse al oficio de escritor, debe ser un alquimista y un mago. Eso no quiere decir que los poetas literariamente puros sean malos, es que sólo tienen una parte. Hay que diferenciar entre conocimiento literario y sabiduría. El poeta debe aspirar a ser sabio.


-¿Cuándo el poeta se convierte en un sabio?
-La sabiduría poco tiene que ver con editoriales, premios y publicaciones. Es lo oculto, donde el peligro es más hermoso y es irresistible. La sabiduría es para el poeta lo que la vela encendida es para la mariposa. Sabe que puede ser mortal, pero su belleza le hipnotiza.

-Eso de la magia genera polémica hasta entre científicos.
-Hay autores que consideran que los científicos de hoy son los magos y alquimistas del pasado. Parafraseando a Bergier, el coautor de “La Rebelión de los brujos”, el poeta actual es el alquimista del pasado. En lugar de transmutar metales en oro, transmuta almas. El poeta no puede permitir que el lector se le escape de su poema igual que como llegó. Tiene que haberlo envenenado.

-El arte debe sacudir, entonces.
El arte entendido como herramienta para mejorar la vida de las personas, no el arte visto como entretenimiento, como tránsito del que se sale sin experimentar cambios.

-Froilán Escobar dice que el movimiento literario de Costa Rica está conformado por compartimentos estancos, que los poetas están muy aislados ¿Es cierto?
-Mientras que nos sigamos mirando unos a los otros como en un espejo nunca vamos a crecer. Si estuvieran aislados, pero se produjeran libros de calidad, no habría problema. Pero Froilán tiene razón. Se forma un grupo en esta esquina para pelearse con el grupo de la otra esquina.

-¿Hay confrontación entre los grupos?
-No están confrontados, que sería muy bueno, sino enfrentados de manera estéril. Hay excepciones sólo justificadas por el talento. Eunice Odio y Alfonso Chase . Es gente que superó el esquema mental reducido de nuestra literatura. Lo demuestran “El tránsito de fuego”, de Eunice, o “Cuerpos” de Alfonso.

-¿Qué piensa de su amigo Alfonso Chase?
-Llegó el momento de exigirle que saque las uñas de su verdadero talento. Ya está bien de ser el príncipe de nuestra pequeña república.

-¿Laureano Albán?
-Yo de Laureano admiro los sueños, la pretención, la ambición, pero no lo mataría una gota de humildad. Cuando uno ve a escritores como Cortázar y Borges, que no ganaron el Nóbel, y recuerda que hay escritores vivos tan importantes como Kundera o Alvaro Mutis, que no han ganado el Nóbel, piensa que está bien que Laureano aspire, pero tiene que justificarlo con mucho trabajo y grandes obras. Una vez dije en Colombia que prefería ser Borges o Cortázar que ser Nóbel. Además, Grass y Saramago son muy humildes y geniales.

-¿Espera publicar algo como las mejores obras de Eunice o Alfonso?
-Espero algún día jalarme una torta.

-¿Está trabajando para eso?
-Caí en el facilismo de los premios. Me dieron muchos y muy seguidos. Ese exitismo me perjudicó. Ahora estoy tratando de retomar el vigor. Llegué a desdeñar la lectura. Como ganaba premios, me parecía que no me hacía falta. Borges decía que otros se enorgullecían de los libros que habían escrito, pero que él se enorgullecía de los libros que había leído. Y que lo diga Borges, que publicó libros tan maravillosos como “El Aleph”. Ahora leo mucho más.

-Algunos dicen que en cultura hay una SBM, Sociedad de Bombos Mutuos, una argolla pequeña y excluyente. ¿Afecta esa SBM la calidad de lo que se publica?
-Podrían tener algo de razón. El poeta debe aprender a dinamizar con el poder o alejarse. El pecado no es acercarse al poder. El pecado es aprovecharlo para publicar libros malos.

-¿Qué rescata de su obra?
-Diez o quince poemas de este libro nuevo. Me caen mal los escritores que cuando alcanzan el éxito renuncian a sus obras viejas, pero el poeta está obligado a evolucionar. He publicado poemas muy malos y libros muy malos. “Juego Azul” no me gusta para nada.

-Eso no quiere decir que sea un libro malo.
-Bueno, no es que no me guste, es que es una mierda.

-¿Ha sacrificado calidad por cantidad?
-Sí, en “Lobos en la brisa” , por ejemplo, hay poemas que deben ser más pequeños. Sobran muchas palabras. Me faltó esfuerzo de síntesis.

-En Costa Rica, ¿importan más los premios que la calidad?
-El medio poético costarricense fomenta el facilismo. Estamos todos los poetas como en un carrusel detrás de una zanahoria, que es el Premio Nacional de Poesía “Aquileo J. Echeverría”. Se llega al colmo de poetas que aceleran irrespetuosamente la salida de sus obras para concursar. Eso es poner la poesía al servicio de un premio. Escriben de un tamaño, un estilo y un contenido que están en función de la mira de un premio. Jorge Debravo escribió que el poeta debe ser libre, si no como hombre, como poeta.

-Sé que está investigando mucho sobre la vida y obra de Debravo.
-El Ministerio de Cultura me contrató para escribir su biografía, con lo que intentaré llenar un vacío injusto. Se habla mucho sobre él, y la fecha de su nacimiento, el 31 de enero, es el Día de la Poesía en nuestro país.

-Esa investigación me despierta la más grande envidia…

-Es un premio del destino. Aunque estilísticamente no estoy con Debravo, éticamente me siento tributario de él.

-¿De qué manera definiría a Debravo como poeta?
-Hay muchas categorías para definir a un poeta. El poeta puede ser un trabajador de la palabra. También puede ser un talento, o un genio. Jorge Debravo fue el más insigne trabajador. La vida no lo dejó madurar hasta convertirse en genio.

-Pero, ¿cómo era?
-Jorge era un exabrupto, una erupción de poesía. Era un látigo, un golpe en la mesa pasiva de este país. Como digo en mi poemario “Ladrones”, era un opositor, un disidente, un alguien fuera de tiempo, un reclamo, un reproche entre la gente, una dosis de infortunio en medio de la felicidad, una exclusión. Estaba atento a otras señales, era uno de esos poetas que reciben un telegrama con su derrota inevitable, pero se levantan, miran de frente y combaten.

-¿Qué le falta a los poetas jóvenes?

-Mucha lectura, trabajo, vigor, coraje y sed de sol. Les falta ambición, entrar el juego y meter la pata duro. Se dejan ablandar por las defensas contrarias.

-Usted vive con una poetisa muy joven…
-Lucía Estrada, mi compañera, es una poetisa colombiana. Tiene 20 años, y me cambió como poeta. Tenemos dos años de vivir juntos. Antes apostaba al facilismo, y ella me hizo conocer otros territorios de climas más rigurosos. Ahora formamos una secta de dos.

-Es un abogado reconocido, ¿cómo hace para dejarle espacio al poeta?
-Hay un estereotipo de que el poeta es un vagabundo, un borracho, un bohemio, y que tiene que andar por ahí, ejerciendo su oficio tristemente. A mí me gobierna el trabajo. Escribo todos los días, leo todos los días, corrijo todos los días. Conseguí que el abogado becara al poeta. El abogado compra los libros que el poeta necesita. Si yo fuera pintor, me gustaría tener un estudio maravilloso, espacioso, amplio, donde la luz entre a distintas horas en distintas tonalidades, pero como soy poeta tengo un estudio con miles de libros. Con una ventana maravillosa y un jardín de botellas, es un templo a la poesía, donde se le rinde culto a la palabra.

-Me parece que sus poemarios son unidades temáticas y estilísticas.

-Debemos superar la noción de escribir poemas para escribir libros. Hay que construir un libro como se construye una casa. Lo primero que me cae es el título, y con él vienen las características del libro.
El libro es más sabio que yo. Sabe cuando detenerse. Prefiero la noción de libro como unidad, como organismo coherente en sí mismo, más que la colección de poemas.