Arte Costarricense
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José María Zonta- El poeta debe envenenar


por
Camilo Rodríguez Chaverri
Colaborador
Art Studio Magazine

--En Costa Rica, ¿importan más los premios que la calidad?
--El medio poético costarricense fomenta el facilismo. Estamos todos los poetas como en un carrusel detrás de una zanahoria, que es el Premio Nacional de Poesía "Aquileo J. Echeverría". Se llega al colmo de poetas que aceleran irrespetuosamente la salida de sus obras para concursar. Eso es poner la poesía al servicio de un premio. Escriben de un tamaño, un estilo y un contenido que están en función de la mira de un premio. Jorge Debravo escribió que el poeta debe ser libre, si no como hombre, como poeta.

--Sé que está investigando mucho sobre la vida y obra de Debravo.
--El Ministerio de Cultura me contrató para escribir su biografía, con lo que intentaré llenar un vacío injusto. Se habla mucho sobre él, y la fecha de su nacimiento, el 31 de enero, es el Día de la Poesía en nuestro país.

--Esa investigación me despierta la más grande envidia...
--Es un premio del destino. Aunque estilísticamente no estoy con Debravo, éticamente me siento tributario de él.

--¿De qué manera definiría a Debravo como poeta?
--Hay muchas categorías para definir a un poeta. El poeta puede ser un trabajador de la palabra. También puede ser un talento, o un genio. Jorge Debravo fue el más insigne trabajador. La vida no lo dejó madurar hasta convertirse en genio.

--Pero, ¿cómo era?
--Jorge era un exabrupto, una erupción de poesía. Era un látigo, un golpe en la mesa pasiva de este país. Como digo en mi poemario "Ladrones", era un opositor, un disidente, un alguien fuera de tiempo, un reclamo, un reproche entre la gente, una dosis de infortunio en medio de la felicidad, una exclusión. Estaba atento a otras señales, era uno de esos poetas que reciben un telegrama con su derrota inevitable, pero se levantan, miran de frente y combaten.

--¿Qué le falta a los poetas jóvenes?
--Mucha lectura, trabajo, vigor, coraje y sed de sol. Les falta ambición, entrar el juego y meter la pata duro. Se dejan ablandar por las defensas contrarias.

--Usted vive con una poetisa muy joven...
--Lucía Estrada, mi compañera, es una poetisa colombiana. Tiene 20 años, y me cambió como poeta. Tenemos dos años de vivir juntos. Antes apostaba al facilismo, y ella me hizo conocer otros territorios de climas más rigurosos. Ahora formamos una secta de dos.

--Es un abogado reconocido, ¿cómo hace para dejarle espacio al poeta?
--Hay un estereotipo de que el poeta es un vagabundo, un borracho, un bohemio, y que tiene que andar por ahí, ejerciendo su oficio tristemente. A mí me gobierna el trabajo. Escribo todos los días, leo todos los días, corrijo todos los días. Conseguí que el abogado becara al poeta. El abogado compra los libros que el poeta necesita. Si yo fuera pintor, me gustaría tener un estudio maravilloso, espacioso, amplio, donde la luz entre a distintas horas en distintas tonalidades, pero como soy poeta tengo un estudio con miles de libros. Con una ventana maravillosa y un jardín de botellas, es un templo a la poesía, donde se le rinde culto a la palabra.

--Me parece que sus poemarios son unidades temáticas y estilísticas.
--Debemos superar la noción de escribir poemas para escribir libros. Hay que construir un libro como se construye una casa. Lo primero que me cae es el título, y con él vienen las características del libro.
El libro es más sabio que yo. Sabe cuando detenerse. Prefiero la noción de libro como unidad, como organismo coherente en sí mismo, más que la colección de poemas.

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