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por Camilo Rodríguez Chaverri

“Con las esferas entendí la dimensión de mi espiritualidad y la espiritualidad de mi pueblo”.

“Si los dogmas o los ritos sustituyen al hombre ya no tienen significado”.

“Estaba tratando en entender mi propio inconsciente colectivo, y encontré en la esfera precolombina un mensaje de armonía”.

“En medio de una globalización que destruye, hay que recuperar los mitos y las leyendas”.

“Mi objetivo es que se declare a las esferas precolombinas como patrimonio de la humanidad”.


Su casa parece un museo. El la ideó, la proyectó, y en ella todo está lleno de símbolos. Hay triángulos en toda la estructura, porque sabe que el triángulo representa el equilibrio renacentista, y en las ventanas simboliza nueve elementos.

El blanco de todo resplandece, casi encandila. Parece una casa construida entre nubes o sobre un yacimiento de mármol, en el corazón del Carrara que lo ha visto crecer como escultor.

Su esposa me guía hasta una sala amplia y con muchos espacios. Allí están sus naturalezas vivas, su reloj mágico llamado “El mal del tiempo”, en honor de la obra de Max Jiménez.

También están los dos “Diálogo”, así como “Eterno femenino”, “Coloquio” e “Imago materno”.

Es blanca como es blanco todo en aquel cuento de Carlos Salazar Herrera que se llama “La calera”.

Y en medio de aquel blanco en el que uno se sumerge, como si hubieran bañado la casa en un mar de leche, surge el hombre con cara de niño, el niño con barba, con su ropa negra, de siempre, con su aspecto de sacerdote o de pastor, con su aura de santo, de persona pura.

“Tiene cara de buena gente”, le dije el primer día que lo vi, en canal 13, donde lo entrevistaría mi amiga, la poeta Leda García.

De nuevo, después del saludo, se sumerge en el blanco de los muebles. Aunque sea sin querer, todo está en ese sitio para que él sea el centro, el elemento que salta como una gota, milagrosa, en el mantel plateado de un lago sereno.

Lo primero que urge decir sobre Jorge Jiménez Deredia es que tiene una voz particular, que se parece a su cara.

Rostro y tono se hermanan, y son como las de un pequeñín. Me resulta especialmente luminoso, y, me ayuda a entender mejor porqué el Vaticano lo escogió para esculpir a San Marcelino Champagnat, un gigante del amor, el santo de los niños y fundador de los Maristas.

Su voz de niño atrapa. Devuelve a quienes la escuchan al inicio de todo, la niñez, que es como los inicios de la vida que crea Jiménez Deredia en sus génesis.

En sus génesis destaca la sombrilla de pobre, como si fuera el reflejo de una mano que ve el escultor en el cielo.

“Con las esferas entendí la dimensión de mi espiritualidad y la espiritualidad de mi pueblo”.

“Si los dogmas o los ritos sustituyen al hombre ya no tienen significado”.

“Estaba tratando en entender mi propio inconsciente colectivo, y encontré en la esfera precolombina un mensaje de armonía”.

“En medio de una globalización que destruye, hay que recuperar los mitos y las leyendas”.

“Mi objetivo es que se declare a las esferas precolombinas como patrimonio de la humanidad”.

Su casa parece un museo. El la ideó, la proyectó, y en ella todo está lleno de símbolos. Hay triángulos en toda la estructura, porque sabe que el triángulo representa el equilibrio renacentista, y en las ventanas simboliza nueve elementos.

El blanco de todo resplandece, casi encandila. Parece una casa construida entre nubes o sobre un yacimiento de mármol, en el corazón del Carrara que lo ha visto crecer como escultor.

Su esposa me guía hasta una sala amplia y con muchos espacios. Allí están sus naturalezas vivas, su reloj mágico llamado “El mal del tiempo”, en honor de la obra de Max Jiménez.

También están los dos “Diálogo”, así como “Eterno femenino”, “Coloquio” e “Imago materno”.

Es blanca como es blanco todo en aquel cuento de Carlos Salazar Herrera que se llama “La calera”.

Y en medio de aquel blanco en el que uno se sumerge, como si hubieran bañado la casa en un mar de leche, surge el hombre con cara de niño, el niño con barba, con su ropa negra, de siempre, con su aspecto de sacerdote o de pastor, con su aura de santo, de persona pura.

“Tiene cara de buena gente”, le dije el primer día que lo vi, en canal 13, donde lo entrevistaría mi amiga, la poeta Leda García.

De nuevo, después del saludo, se sumerge en el blanco de los muebles. Aunque sea sin querer, todo está en ese sitio para que él sea el centro, el elemento que salta como una gota, milagrosa, en el mantel plateado de un lago sereno.

Lo primero que urge decir sobre Jorge Jiménez Deredia es que tiene una voz particular, que se parece a su cara.

Rostro y tono se hermanan, y son como las de un pequeñín. Me resulta especialmente luminoso, y, me ayuda a entender mejor porqué el Vaticano lo escogió para esculpir a San Marcelino Champagnat, un gigante del amor, el santo de los niños y fundador de los Maristas.

Su voz de niño atrapa. Devuelve a quienes la escuchan al inicio de todo, la niñez, que es como los inicios de la vida que crea Jiménez Deredia en sus génesis.

En sus génesis destaca la sombrilla de pobre, como si fuera el reflejo de una mano que ve el escultor en el cielo.

Sus orígenes

Nació cerca de la estación del tren, en Heredia, en una casita de adobes, la tercera casita al norte de la esquina este de la estación.

Su papá quedó paralítico a los 32 años, cuando Jorge tenía sólo 6 años. Le aplicaron la vacuna de polio y, con ello, le activaron el virus. Quedó paralizado. Sólo podía mover la cabeza.

La situación de la familia se complicó. Son 7 hermanos. Jorge era el cuarto hijo, y el primero de los hombres.

Era muy importante para su papá, don Enrique Jiménez García. “Papá siempre quiso un varón en la casa. Mis hermanas vivían con la desilusión de que él no les daba mucha pelota porque quería un hombrecito”.

Como era el primero de los hombres, sus hermanas jugaban de muñecas con él. “Una de mis hermanas cuenta que cuando estaba en la escuela deseaba salir para ir a jugar conmigo de casita. Yo era el bebé de ellas. Eso me dio mucha estabilidad emocional”.

Luego su papá se fue recuperando, aunque fuera parcialmente. “Un año después ya estaba caminando. Era una persona muy orgullosa y nunca quiso usar bastón. Yo tenía 7 años, así que tenía el tamaño adecuado para convertirme en su bastón. Así que me llamaba cada vez que iba a hacer un movimiento. Yo era su bastón cuando viajaba a su tallercito, porque él siempre trabajó de radiotécnico. Desarmaba radios y televisores. Me tocaba ir a comprar los repuestos a la famoso Gallito. Iba de Heredia a San José a comprar los tubitos que se usaban en ese tiempo”.

Dice Jorge que la actividad que desarrolló junto a su padre se convirtió en una gran escuela para su vida. “Papá me enseñó el sentido de dignidad. Tiene 76 años y se conserva altivo y fuerte”.

Tuvo una infancia llena de trabajo. Con mil esfuerzos, su papá construyó una casa, y se fueron a vivir a una cuadra de donde estaban antes, a 125 metros del Centro Penitenciario San Agustín.

Nació cerca de la estación del tren, en Heredia, en una casita de adobes, la tercera casita al norte de la esquina este de la estación.

Su papá quedó paralítico a los 32 años, cuando Jorge tenía sólo 6 años. Le aplicaron la vacuna de polio y, con ello, le activaron el virus. Quedó paralizado. Sólo podía mover la cabeza.

La situación de la familia se complicó. Son 7 hermanos. Jorge era el cuarto hijo, y el primero de los hombres.

Era muy importante para su papá, don Enrique Jiménez García. “Papá siempre quiso un varón en la casa. Mis hermanas vivían con la desilusión de que él no les daba mucha pelota porque quería un hombrecito”.

Como era el primero de los hombres, sus hermanas jugaban de muñecas con él. “Una de mis hermanas cuenta que cuando estaba en la escuela deseaba salir para ir a jugar conmigo de casita. Yo era el bebé de ellas. Eso me dio mucha estabilidad emocional”.

Luego su papá se fue recuperando, aunque fuera parcialmente. “Un año después ya estaba caminando. Era una persona muy orgullosa y nunca quiso usar bastón. Yo tenía 7 años, así que tenía el tamaño adecuado para convertirme en su bastón. Así que me llamaba cada vez que iba a hacer un movimiento. Yo era su bastón cuando viajaba a su tallercito, porque él siempre trabajó de radiotécnico. Desarmaba radios y televisores. Me tocaba ir a comprar los repuestos a la famoso Gallito. Iba de Heredia a San José a comprar los tubitos que se usaban en ese tiempo”.

Dice Jorge que la actividad que desarrolló junto a su padre se convirtió en una gran escuela para su vida. “Papá me enseñó el sentido de dignidad. Tiene 76 años y se conserva altivo y fuerte”.

Tuvo una infancia llena de trabajo. Con mil esfuerzos, su papá construyó una casa, y se fueron a vivir a una cuadra de donde estaban antes, a 125 metros del Centro Penitenciario San Agustín.

Entre cafetales

“Siendo pequeño, venía de la escuela y me iba a andar por un cafetal. Me metía por el río Pirro. Había muchos árboles de manzana rosa y guaba, y unas matas de banano. Yo cortaba los bananos verdes y hacía una huaca en un hueco que descubrí en el tronco de un árbol. Ahí los maduraba.

“Siempre andaba solo. Tuve una niñez muy sola. Veía a Tarzán en la tele, y tenía mis propios bejucos para atravesar el río. A veces no llegaba al otro lado, y había que tirarse al río. En ese sector, ya el río había pasado por el crematorio, y venía sucio.

“También tenía una flechilla y me divertía mucho quebrando botellas”. Estuvo en la escuela Joaquín Lizano, y recuerda especialmente el patio central. La escuela estaba a 50 metros de la Gobernación de Heredia. “Era el primero de la clase, junto a dos compañeros, que se llamaban Andrés y Juan Carlos. La maestra me llevaba a su casa para que le ayudara a corregir tareas. Después me daba un vaso con leche y unos quequitos. Era una mujer muy rigurosa, que me ayudó mucho”.

Luego, entró al Liceo de Heredia. Ahí conoció al escultor Olger Villegas, quien era Profesor de Artes Plásticas. A su lado hizo su primera escultura. “Muy cerca de la casa estaba un aserradero que fue donde conseguí el primer pedacito de madera en el que esculpí”.

Su primera escultura

Tenía 13 años cuando descubrió la escultura. “En el tallercito del Liceo de Heredia, por primera vez probé que era capaz de crear algo. Creí que había perdido la escultura, porque se la di a una hermana que vive en Estados Unidos, pero ya la recuperé”.

Se organizó un concurso y una exposición con trabajos de escultura de estudiantes de todo el país, y los premios se los dieron a los tres representantes del Liceo de Heredia, Jorge y dos de sus compañeros, José y Aquiles.

“Llegó Arnoldo Herrera y se enojó porque ninguno de los ganadores era del Castella. Le reclamó a Olger, y él le dijo que en lugar de enojarse, lo que debía hacer era becarnos”.

“Don Arnoldo aceptó la sugerencia de don Olger, el único problema que teníamos era encontrar cómo podríamos llegar hasta La Sabana. Al final, se las ingenió para que un bus que andaba por todo San José primero fuera por nosotros. Nos recogía a las 6 de la mañana”.

Entonces, su maestro de Escultura desde Segundo Año de secundaria fue Néstor Zeledón. “La experiencia en el Castella fue fabulosa. Arnoldo Herrera se enteró de que yo tenía talento y me dejó las llaves para que me pudiera quedar trabajando durante los fines de semana. Incluso, las cocineras me dejaban una olla de arroz y una olla de frijoles. Me las dejaban en una refrigeradora, y yo disfrutaba mucho de esa comidita. Por eso, cada vez que vengo al país quiero comer sólo arroz, frijoles y plátano maduro”.

En el mercado de Heredia

“Me gusta ir al Mercado de Heredia a comer enyucados. Hay una señora que hace unos enyucados como nadie los hace, y es ahí mismo, como a 40 metros de donde yo nací.

“En ese mercado compro frutas. La gente me conoce. Me indispone ir a comprar a los grandes supermercados. No me gustan ni la abundancia ni el consumismo. Me parece que la gente ya perdió el sentido de las cosas. No se compra lo esencial, se compra por comprar. Aquí, en los supermercados, hay vinos de Francia, de Italia, de España… No me gusta todo eso.

“A mí me hace mucha falta la simplicidad, la relación con la gente, la oportunidad de hablar con el señor que me vende la carne o con la señora que me vende las frutas. Voy al mercado por placer.

“La abundancia genera muchos problemas. Yo recuerdo que cuando estaba pequeño, no había gordos. Si nos fijamos en la foto de mis compañeros de la escuela, usted verá que no hay un solo gordo. En cambio, ahora las golosinas son una tragedia en los niños. Antes no había esa cantidad de dulces”.

“Recuerdo que cuando estaba yo en la escuela comíamos gallitos de frijoles molidos, de carne o de repollo, que eran los más baratos y los que podía comprar yo”.

Neurosis consumista

“Es que no había esa neurosis de comprar a toda costa. Cuando mi esposa me lleva a PriceSmart, siento que me vomito. Veo a gente que va con mortadelas enormes, y me pregunto si les puede caber todo eso; o con semillas, que saben tan rico, pero que hacen tanto daño.

“Todo eso que consume la gente, todo eso enturbia. Es como que le echen mucho humo a uno en los ojos. Bueno, por algo es que la principal causa de muerte es el problema cardiovascular. En ese sentido, los ticos padecen hasta por una razón genética. Los costarricenses tendemos a no tener una enzima que controla la grasa. Mi cardióloga dice que le ha tocado asistir niños de 7 años que sufren infarto.

“Como dos kilos de frutas por día. No como café, ni té, ni chocolate. En Italia tengo árboles de frutas. Tomo las frutas de los árboles. Los he sembrado cerca del taller, y me detengo dos veces al día para ir a comerlas. Voy como a las 10 de la mañana y después vuelvo como a las 4 de la tarde. Es como un ritual. Nunca tomo las frutas para llevarlas al refrigerador. Prefiero que se caigan de maduras.

“Sembré los árboles de manera que siempre tengamos frutas en el patio de la casa. Tengo tres cerezos, que me dan sus frutos en abril y mayo. También tengo dos albaricoques; un árbol de pera; las pruñas, que me dan sus frutos para setiembre, y las manzanas, hacia octubre y noviembre”.

En diciembre, cuando llega el frío, Jiménez vuelve a Costa Rica. Pasa en su casa de Heredia durante Navidad y enero. Para febrero programa sus giras por Estados Unidos o América Latina, e Italia lo vuelve a recibir hasta marzo, cuando inicia la primavera.

La aventura de Carrara

Casó a los 21 años, en 1975. Cuando eso, era profesor en el Castella, mientras estudiaba Bellas Artes en la Universidad de Costa Rica. Permaneció tres años en la U, hasta que obtuvo una beca para estudiar en Italia, hace 26 años.

Se fue a un curso para aprender la técnica del mármol, en Carrara. Le dieron su tiquete de ida y vuelta, y tuvo que vender algunas de sus esculturas para comprar el tiquete de su esposa.

Vivían con 200 dólares al mes, y nuestro escultor trabajaba 15 horas por día. Se esforzó y produjo tanto que hasta hizo una exposición, a pesar de su corta experiencia con el mármol. Vendió tres piezas, lo que lo estimuló muchísimo, e inyectó en él las ansias e ilusiones de vivir del arte.

“Quise quedarme en Italia, y no tener otro trabajo que no fuera el arte. Ni siquiera me interesaba la docencia, porque la docencia te ata. En cambio, yo necesitaba estar libre. Durante muchos años, tomé un tren para irme a Francia, a España, a Alemania. Cada dos meses pasaba 15 días en París. Viajar siempre me abrió el horizonte, y el mercado”.

Fue en 1986 cuando su obra empezó a ser reconocida en el mundo. Pero durante su década inicial en Europa, debió vivir en medio de ingentes sacrificios. “Vivíamos casi que del terreno que teníamos al frente. Yo había sembrado zapayitos, repollos, tomates, culantro… Todos los días tomaba un perol grande y se lo llenaba a mi esposa con todo lo que se necesitaba.

Una década de sacrificios

“Durante esa década vivimos con muy poco dinero. Fueron 10 años muy duros. No teníamos dinero para pagar la calefacción. Teníamos un carrito, y en verano cargábamos la madera necesaria para el invierno, porque pasamos 7 años sin regresar a Costa Rica. Debimos soportar Italia durante los meses más fríos.

“Poníamos un ladrillo en las brasas, para envolverlo en trapos y ponérselo a nuestro hijo en la cama. Por eso, yo estoy seguro de que mi esposa, Guiselle, ha sido fundamental, pues me ha ayudado siempre, siempre, siempre…”.

Viven a 5 kilómetros de Carrara. “Con el esfuerzo de muchos años, logré comprar la casa donde vivo. Ahí hice mi taller, independiente de la casa. Es una casa pequeñita, pero de por sí no me sirve nada más grande. Y las cosas que no te sirven, sólo te producen ansias”..

Latinoamericano y de origen protestante

-Se ha dicho que es el primer artista latinoamericano que es tomado en cuenta por El Vaticano. También se dice que es el primer protestante…

-Nací en una familia con varias religiones. Mi papá era protestante y mi mamá, católica. Hice la Primera Comunión, pero cuando cumplí 15 años me inicié en la Iglesia Bautista de Heredia. Incluso, fui Presidente de la Asociación Nacional de Jóvenes Bautistas. Y conocí a mi esposa en un campamento bautista.

-Luego tuvo una destacada posición en una iglesia protestante en Italia.

-Cuando llegué a Italia me integré a una iglesia Metodista. Durante cinco años dirigí esa iglesia en Carrara. Tenía apenas seis meses de estar allá cuando me hice cargo de la comunidad. Fue muy significativo para mí porque en ese momento no había latinoamericanos en esa región. No tuve problemas con el idioma. En tres meses ya estaba hablando italiano. Cuando prediqué por primera vez tenía apenas 5 meses de estar allá.

-Usted ha hablado de signos, símbolos, nuevas leyendas. ¿Ha cambiado su visión religiosa?

-Mi visión religiosa se amplió. Poco a poco me fui separando de la iglesia. En eso ayudó la circunstancia de que me fui a estudiar Arquitectura a Florencia. Al mismo tiempo, empecé a estudiar la estructura del hombre y su necesidad de entender la dimensión espiritual. Eso me dio un espectro de 360 grados. Entendí que no es la comunidad o la iglesia la que tiene la verdad, sino que todos los hombres buscan su verdad existencial.

-¿Empezó a estudiar otras religiones?

-Empecé a estudiar la cultura de las religiones y la sicología analítica, que me permitió entender cómo estamos constituidos los seres humanos. Inicié mis estudios acerca del inconciente colectivo, los arquetipos… Entendí que el ser humano necesita símbolos, y que son los símbolos los que nos permiten entendernos…

-Y todo eso empezó a notarse en su escultura.

-Bueno, es que en la escultura encuentro la oportunidad para crear símbolos. Eso lo conseguí cuando me separé de la iglesia, porque la comunidad religiosa te genera barreras.

-Pero, ¿dónde deja a Jesús, que era su líder?

-Jesús es un elemento de luz. Es equilibrio del ser, un momento de luz, al igual que Buda, los chamanes de la cultura boruca… Jung me aclaró todo, la formulación del sí mismo, del equilibrado, de la alquimia. Entendí que el arte y las religiones tienen significado si tienen en el centro al hombre. Si los dogmas o los ritos sustituyen al hombre ya no tienen significado.

Las esferas indígenas

-Se encuentra entonces con las esferas indígenas…

-Esto fue importantísimo. La decodificación de la alquimia de las esferas precolombinas ha sido fundamental en mi vida. En las esferas hay un mensaje espiritual. He logrado entenderlo gracias a la sicología analítica. Me siento feliz con la decodificación de su alquimia.

-A juzgar por sus esculturas, el mensaje espiritual está en el círculo…

-El círculo es el momento de individualización del ser. Con el círculo se ubica al hombre en la tierra como parte de un proceso cósmico. El círculo es un símbolo sin sombra. El todo no se representa de manera lineal.

-¿Qué más encontró en los borucas, que lo lleva a pensar en que hay en su legado un mensaje espiritual?

-El símbolo tridimensional de la esfera boruca… Las culturas indígenas de Costa Rica pusieron al hombre en el centro del universo. Fíjese que ellos crearon un símbolo con el que no necesitaban de sacrificios, como sí los necesitaron los mayas, los incas, los aztecas, los pipiles, en El Salvador…

-¿Se nota esa diferencia en el arte, más allá de las esferas precolombinas?

-¡Claro! Uno entra al Museo Antropológico de México o se detiene a ver el arte maya en general, y siente ese miedo… En cambio, en el oro y en la cerámica de los borucas no se siente miedo.

-¿Ocurre eso con los demás grupos indígenas del país?

-No. Por ejemplo, no ocurre con los chorotegas. Los jaguares de los chorotegas dan miedo.

-Ya tenían la influencia de los nicaraguas, que eran guerreros.

-En cambio, los borucas representan una cultura de luz, en un espacio entre Costa Rica y Panamá. Yo estaba tratando en entender mi propio inconciente colectivo, y encontré en la esfera precolombina un mensaje de armonía.

-¿De ahí nacen sus génesis?

-Así es. Entendí con las esferas la dimensión de mi espiritualidad y la espiritualidad de mi pueblo. Los borucas crearon un arte que se convierte en símbolo.

La magia del círculo

-El crítico Pierre Restany ha sido fundamental para divulgar ese mensaje, que ya se encuentra en su obra.

-Sí, sí. Lo conocí en la Bienal de Venecia. El era parte del jurado. Luego, en 1999, nos encontramos en Madrid, donde yo tenía una exposición. Empezamos a hablar de la importancia del elemento circular. Y fue durante nuestro tercer encuentro, en Venecia, que siente que el mensaje de las esferas y de los círculos de mi obra es un mensaje que le interesa. Fue cuando se acercó a este legado boruca. Estuvimos diez días en el Sur del país y otros diez días en mi taller, en Carrara. Después, fui a París y estuve con él durante veinte días, precisamente cuando él estaba escribiendo el libro.

-¿Cuál es el legado del libro de Restany?

-El libro presenta la problemática sociológica y etnológica de nuestro pueblo de manera clara.

-¿Cómo fue que usted se acercó a las esferas?

-Desde que tenía 9 años me encontré con las esferas. Fue en 1985 cuando tuve el primer encuentro con el arte boruca, con una intención de estudio. Siempre me encantaron. Por ejemplo, mi esposa me reclama que la primera vez que la invité a salir solos fue para ir a ver las esferas precolombinas del Museo Nacional. Siempre supe que había algo especial en las esferas, y que tenía que ver con el ser, con la espontaneidad del hombre. En 1985 entiendo que ese mensaje tiene que ver con la alquimia y la tramutación.

-Usted ha dicho que las esferas tienen que ver con el tiempo místico.

-Sí, sí, se ha hecho muy pocos estudios sobre este tema. No logro entender qué es lo que ha pasado. El mensaje de las esferas es un mensaje hermético. El mensaje está codificado por los chamanes. Se equivocan quienes tratan de decodificar con otro tipo de mensaje. El problema es que los arqueólogos se preocupan mucho por los aspectos secundarios… Se preguntan, entre otras cosas, cómo es que hacían las esferas, con cuáles instrumentos. Eso no era lo importante para los indígenas.

-¿Por qué cree que se llevó tanto tiempo decodificar ese mensaje? ¿Y por qué le corresponde a un escultor explicarnos el sentido de las esferas?

-Para entender lo que lograron los borucas con las esferas hay que tener, a la vez, una predisposición religiosa y una mente abierta. Además, para mí fue fundamental estudiar a Jung…

“Una vez le preguntaron a Jung que si creía en Dios, y contestó que no se trataba de creer o no creer, sino que a Dios uno lo experimenta o no lo experimenta, y que él sabía de Dios. Trató de entender cómo se comporta el hombre y cuáles son sus símbolos, y rompió con Freud cuando se enteró de que no somos producto de la mera experiencia física.

Inconsciente colectivo

-De Jung obtiene usted conocimiento sobre el inconsciente colectivo…

-El estudia el inconsciente colectivo a través del análisis de los sueños. Y entiende la alquimia religiosa, que es algo así como una religión transversal entre las religiones. La religión cristiana, la hebrea, la musulmana y la hindú guardan una verdad que es común a todas.

“Al estudiar la alquimia, descubre la transmutación, la quinta esencia, la transformación de la sombra en luz. Se resume en la metáfora de transformar plomo en oro. Todo esto es renacentista. El Arco Romano y el equilibrio del triángulo son conceptos renacentistas.

-No me queda claro todo esto.

-Por ejemplo, mire la pintura del Renacimiento, la escultura y la arquitectura. Las tres tienen símbolos muy claros. Tienen que ver con el proceso de la individualización del ser. Uno trata de individualizar quién es, y cuando entiende quién es, pertenece al todo y participa con la existencia.

“Te lo aclaro con la plenitud de un atardecer. Ahí se juntan lo emotivo y lo racional. Cuando uno siente la belleza del atardecer pertenece al todo. Yo lo sintetizo como que somos polvo de estrellas. No nacimos de la nada. Somos fruto de un proceso de transmutación. En el atardecer reconocemos que somos parte de un proceso cósmico, y que el sol es nuestro hermano. La puesta del sol no es ajena, nos pertenece”.

Hermana religiones

-Con el análisis que usted hace, hermana o junta credos…

-Los dioses egipcios, Isis, Oris y Amun Ra siempre se representaron con un círculo. También San Jorge, que representa el triunfo de la luz sobre la sombra, pues destruye al dragón. Y hasta el dragón, por alquimia, es representado por un círculo, pero únicamente cuando se come la cola…

-¿Cómo introducir todo esto en la educación, y que se entienda?

-Los jóvenes tienen que acostumbrarse a ver su dimensión interior. Cuando se drogan es porque no quieren escuchar su cabeza. En el inconsciente hay sombra y luz. Si traes el inconsciente a través de las drogas viene la sombra. Son poseídos por la esquizofrenia. Es que necesitan mitos. “Recuerde que el inconsciente colectivo es la parte más ancestral del ser humano, donde están los arquetipos, la memoria histórica. Todas las divinidades son parte del inconsciente colectivo, que adquieren forma para ser entendidas. Por ejemplo, Eros en Grecia, o Isis en Egipto, la diosa de la luz, representada por un círculo y un cuerno, pues la vaca la alimenta y genera el proceso de transmutación. La Virgen María es la Diosa Madre, como Isis. Es el Imago Materno en psicología”.

Contra cultura protestante

-Me llama la atención que en sus comparaciones no cita a las iglesias protestantes.

-Bueno, es que por todo esto que hemos estado comentando es que es tan grave la cultura protestante, pues tiende a eliminar los mitos por una cultura racionalista, originada por Calvino. “Max Weber dice que la ética protestante genera el capitalismo. Es que los símbolos, los mitos, las leyendas, los rituales son puentes entre el ser humano racional y el inconsciente colectivo. Al cortar esos puentes, la cultura protestante genera neurosis, que es el divorcio entre el ser humano y su inconsciente”.

-Pero, según Octavio Paz, más bien la cultura protestante genera mayor bienestar.

-Es que en el capitalismo el hombre articula su existencia con base en la razón. Ocurre en Estados Unidos, Inglaterra, Alemania… Cortaron los puentes. Por eso es que son sociedades tan neuróticas. El neurótico es incapaz de integrar el inconsciente con el conciente. Tan grave es la neurosis, como la esquizofrenia, que es cuando alguien vive en el inconsciente y pierde el sentido de la realidad. Un joven que se droga trata de entender el inconsciente sin puentes, sin símbolos, o sea, sin integración.

-Este análisis lo acerca a la Iglesia Católica…

-Incluso la Iglesia Católica tiene otro puente, que es la confesión. Cuando se elimina la confesión es que nace la psicología. El psicólogo te ayuda a sacar lo que tienes adentro.
“Cada dios es una parte del inconsciente que está puesto ahí para que la entendamos. Y nuestra época capitalista se dedica a destruir los mitos. En medio de una globalización que destruye, hay que recuperar los mitos y las leyendas.

“Todos los hombres tienen la misma estructura. Todas las culturas crean símbolos. El arquetipo es como una caja donde pones los elementos. Los católicos ponen a la Virgen, los santos, la confesión. Otras culturas ponen otros símbolos. “La cultura protestante, que es gestora del capitalismo, acaba con los símbolos. Su gente es neurótica porque no tiene válvulas de escape. Como mencionas a Octavio Paz, pues sí, los católicos podrán ser más pobres y desordenados, pero no destruyen tanto como los protestantes, con su ética calvinista, basada en la parábola de los dones. Si reproduzco los dones, estoy en gracia de Dios. Por eso destruyen a los indígenas, los aniquilan, y crean un desarrollo enorme. El billete de dólar dice “Dios con nosotros”. Así es la ética protestante”.

-Ahora entiendo lo del mito de la esfera.

-En mi escultura estoy recuperando este símbolo de la esfera precolombina. El objetivo es crear nuevos puentes con un nuevo lenguaje. Por eso, hablo de recuperar la identidad cultural de los costarricenses. Sólo así podemos tener las armas para enfrentar el reto de la globalización, que es protestante. Al destruir los símbolos, la globalización capitalista trata de destruir la espiritualidad. Establece marcas en lugar de mitos. “Mi objetivo es que se declare a las esferas precolombinas como patrimonio de la humanidad, así como las esculturas de Pascua. Contienen una visión de 360 grados. Como te lo expliqué con la ayuda de Jung, ven al hombre en su totalidad…

El espejo con memoria

-Y nos acerca del inconsciente colectivo… ¿Así es?

-El inconsciente es la suma de la historia de la humanidad. Un ejemplo es el cielo. Una estrella está a 600 años luz. La luz que ves se originó hace 600 años luz. Ya con un telescopio fuerte puedes ver una estrella a 10 mil años luz, y hay telescopios que te hacen ver 15 millones de años luz hacia atrás. Ya podemos apreciar el momento del Big Ban. Con ese telescopio nos estamos viendo hace 15 millones de años. “El cielo tiene una memoria que pasa por la luz y la medimos con la velocidad. Una estrella emana una luz y viaja con el tiempo”.

-El cielo es un espejo con memoria…

-Y, en la comparación que quería construirte, la espiritualidad del hombre archiva toda esta historia así como la luz archiva la historia del cielo. El inconsciente contiene todos los estadios de la memoria del hombre. Tenemos todo archivado, desde que el hombre vivía de los árboles. Tenemos el dedo gordo en esa posición porque nos ayudaba a bajar frutos de los árboles. Tenemos los ojos de frente porque brincábamos de rama en rama… “La foresta es la primera ciudad. Cuando crea el hombre el templo lo que crea es la síntesis de la foresta. En el templo griego, por ejemplo, lo que existe es el concepto de verticalidad que está en nuestro inconsciente. La columna es la representación del árbol. “Todo esto demuestra que venimos de un proceso cósmico, y al entenderlo, ayudamos a que continúe. Cada ser humano que nace, vive y muere está ayudando a que el universo se cumpla. Somos polvo de estrellas”.