
Es
una diva, pero parece un girasol en el viento, una
flor en su oculto movimiento, en su danza interna.
Camina, y parece que el mundo bailara al compás
de sus piernas torneadas, con pecas que parecen astros
sobre el firmamento albísimo.
Su sensualidad se adobó con el tiempo. Ahora
es una señora (que me perdone ella si es falta
de respeto) exquisita y sexy, de conversación
sabrosa, que se degusta despacito, mientras abraza
y abrasa con su voz avasalladora.
Haydée De Lev fue un símbolo sexual
en nuestro país, y ni los años han podido
acabar con sus encantos. Desató enamoramientos
furtivos sin quererlo. Siendo madre de 4 hijos, los
hombres se peleaban las butacas de las primeras filas
y le lanzaban desde cartas de amor hasta poemas. Tiene
una caja repleta de poemas que le escribieron anónimos
admiradores.
Pero más allá de su belleza con fama de apoteosis, quedarán para la historia su talento y su laboriosidad, que le significaron un sitio especial en el teatro y la radio de nuestro país.
Esta trigueña de 66 años (leyó
bien: tiene 66 años, y sigue encendiento tormentas
en la piel), se vino para Costa Rica hace 40 años,
casada con un tico que fue a estudiar Medicina a su
país, Argentina.
Ya tenía dos hijos, aquí tuvo otros
dos, y a los años se divorció. Pero
su inserción en el mundo intelectual y en nuestro
ambiente artístico la indujeron a quedarse.
Es que nació con un olfato especial por el
arte.
De niña montaba un espectáculo para su hermana, y cada vez que notaba que se aburría le cambiaba los personajes. Aquello era la suma de un pequeño circo y una miniatura de teatro. Y fue el verdadero inicio de una mujer de las tablas, que se ha ganado el respeto en varios países iberoamericanos y ha participado en más de 50 montajes en nuestro país.
Raíces aladas
Nació en Buenos Aires, y allí surgió
su espíritu indómito. Desde muy chiquita
fue rebelde.
Tenía 17 años cuando quiso incorporarse
al grupo "El Nuevo Teatro", pero su padre
le dijo que no. Poco después decidió
dejar botada la educación formal, a pesar de
que la amenazaron con todos los tormentos del infierno.
Entonces, se consumió en el bendito vicio de
los libros. La lectura se le convirtió en una
adicción devoradora. Leía de todo, excepto
de aquello que tenía que ver con sus cursos.
Después se le metió entre peca y peca
estudiar Escultura, y ya que tiene el cuerpo como
un mapa del paraíso, aquello se le hizo una
obsesión, pero no la admitieron en la Escuela
de Bellas Artes porque había superado la edad
de ingreso.
Su madre la había metido en la Escuela Normal
para que se preparara como maestra, pero no estaba
dispuesta a claudicar, y un día una prima le
ayudó a encender la chispa. "Mi prima
me habló de la Escuela Nacional de Cerámica,
y así fue como terminé siendo técnica
y profesora de cerámica artística".
Modesta, pero elegante
Su espíritu no se rinde fácil. "Eso
me viene de la familia. Mi padre llegó de Rumanía
siendo muy niño, y tuvo que trabajar desde
pequeño. Su primer trabajo fue como mandadero
en el puerto de Buenos Aires. Al final, era alto funcionario
de una importante empresa. Mi madre también
vino de Rumanía, hablaba seis idiomas, tocaba
piano y era una mujer exquisita. De ambos heredé
la voluntad para no rendirme", dice De Lev.
"Todo ha ido surgiendo con mucho trabajo. Ni
nací en cuna de oro ni dormí entre sábanas
de seda. De hecho, de niña aprendí a
reciclar la ropa, y todavía lo hago. Pequeña
vestía muy modestamente, pero aprendí
de mi madre la escogencia y combinación de
los colores. Siempre he andado prendidita, aunque
sólo tenga cuatro trapitos. La pobreza moderada
ayuda al ingenio".
Ni idea del teatro
Cuando la hermosísima y frondosa muchacha contrajo
nupcias, el teatro no figuraba en su vida. Había
visto mucho cine, pero con las tablas, nada.
Ya en Costa Rica, estuvo en el intento de hacer una
Escuela de Artes Dramáticas, pero no fructificó.
"En eso estábamos tres argentinas, esposas
de médicos ticos, y las tres teníamos
mucho interés por el arte. Las otras dos eran
Carmen Juncos, quien ahora es editora en La República,
y Marta Guerra, quien es profesora de Historia del
Arte".
La señora De Lev ya tenía el gusanillo
de actuar y nada la detuvo. Su primera obra profesional
fue "El luto robado", de Alberto Cañas,
en el Teatro Las Máscaras.
Los comentarios fueron favorables, y De Lev dio los
primeros pasos firmemente. Poco después, también
ingresó a la televisión. Es el año
1962, y con poco tiempo en el país ya era un
personaje público.
También fue la primera mujer locutora que entró
en televisión. No había telepromter
(pantalla que permite que los presentadores lean encabezados
mientras miran a la cámara).
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