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por Camilo Rodríguez Chaverri

Ha sido el director de guionistas de las series televisivas costarricenses El Barrio, La Pensión y La Plaza—primero Plaza Siglo XXI–. Está detrás, como artífice de los guiones, como el alma del arte detrás de la obra.

Gabrio Zapelli ha tenido que dejar atrás a su país, Italia, para meterse a analizar al nuestro, desnudarle el espíritu y conocer todos sus recovecos, con la responsabilidad de llevarlos a la televisión.

Llegó al país hace sólo cinco años, y su nombre ya tiene mucho peso en nuestra televisión. Pero detrás de él, y de sus años en Costa Rica, hay un artista revolucionario, moderno, integral y subversivo, con muchas inquietudes y sueños.


En su vida la única regla que ha valido siempre es amar el arte y entregarlo todo a su favor. Cuenta que cuando tuvo que hacer el servicio militar en su país se dedicó a enviarles a sus amigos tarjetas postales que él mismo diseñaba. Todas tenían un sentido artístico, pero a un investigador le pareció que era un espía y que lo que enviaba eran mensajes en un código especial.

Gabrio se burló públicamente de quienes creyeron que su arte era la labor de un espía, y como represalia los otros buscaron, entre casi 80 tarjetas postales que tenían decomisadas, las 6 ó 7 tarjetas en las que Gabrio aparece desnudo.

Por eso, lo acusaron de ultraje al pudor, pues las leyes postales italianas permiten enviar desnudos femeninos pero no desnudos masculinos. Después de un par de juicios, todo terminó en una multa y en múltiples entrevistas por televisión a ese artista que defendía su derecho a inventar sus propias tarjetas postales y a decorarlas con su sentido estético.

Gabrio se burló públicamente de quienes creyeron que su arte era la labor de un espía, y como represalia los otros buscaron, entre casi 80 tarjetas postales que tenían decomisadas, las 6 ó 7 tarjetas en las que Gabrio aparece desnudo.

Por eso, lo acusaron de ultraje al pudor, pues las leyes postales italianas permiten enviar desnudos femeninos pero no desnudos masculinos. Después de un par de juicios, todo terminó en una multa y en múltiples entrevistas por televisión a ese artista que defendía su derecho a inventar sus propias tarjetas postales y a decorarlas con su sentido estético.

“Empecé en un colegio de arte, que fue donde se generaban más protestas y huelgas, pero también se trabajaba mucho. En ese tiempo me gustaba mucho la pintura. Estudiaba música, estaba en conjuntos y bandas tocando el saxofón y fundé una compañía de teatro aficionado”, cuenta Gabrio.

Tenía apenas 17 años y ya andaba con su compañía de marionetas y títeres. Ya a los 21 funda su segunda compañía, y se integra a la Asociación Nacional de Teatro Italiano, por lo que realiza muchas giras dentro de su país, así como en Francia y Alemania.

Una universidad de lujo

Gabrio estudió en la Universidad de Boloña, que es una de las más antiguas de Europa y una de las más importantes de Italia, pues hasta el mismo Dante (algo así como el Cervantes de Italia, disculpando la comparación) estuvo vinculado a este centro de estudios en sus inicios.

Allí se metió en la Carrera de Letras y Filosofía, que había abierto una Sección de Semiótica—el estudio de los signos y los lenguajes—precisamente con quien sería el padre de este campo del conocimiento, el famoso escritor Umberto Eco, quien fue su profesor durante mucho tiempo. Se hicieron tan amigos que, incluso, él lo quería como su defensor en el juicio por ultraje al pudor debido a sus tarjetas postales, pero fueron sus padres quienes le insistieron en contratar a un abogado.

Luego se introdujo en la especialidad de las disciplinas de las artes, de la música y el espectáculo, en la que se estudia la pintura, el cine, la danza, el teatro y la televisión, entre otros campos artísticos.

Y ya cuando corren los años 70s, con sus grupos de teatro recorre comarcas y veredas, aprendiendo de la gente. Desde 1975 dirige y monta espectáculos profesionales.

Después del servicio militar, Gabrio inicia su carrera como académico. Inician los años 80s y es nombrado Director de Cine y Teatro en la Escuela de la Universidad de Florencia. Luego pasa a Roma, donde arranca con una academia de teatro. Y desde 1981 inicia con una nueva compañía de teatro. Luego vendrían los años del cine y la televisión.

Su vida en el cine y la TV

-¿Cómo se introduce en el mundo del cine?

-Un tío mío, Leonardo Pescorolo, es productor de cine en Italia y me aceptó en su equipo de trabajo. Él ha sido el productor de obras de los grandes directores italianos. Empecé como asistente de producción porque él es muy estricto y me dijo que tenía que empezar de abajo.

Con él estuve en la producción de la película “La Ciudad de las Mujeres”, de Fellini, también en la película “Farinelli”, así como en la película “El Diablo en Cuerpo”, de Bellochio.

Luego pasé a la Compañía de Producción Films Mauro, de Laurentis, otro famoso del cine italiano, y con él estuve en la producción de cuatro películas en Italia, Suiza y Estados Unidos.

Fue entonces que empecé a trabajar al lado del escenógrafo Oswaldo Desideri, que ganó el Óscar por la escenografía de la película “El Último Emperador”.

–Teniendo tantas oportunidades, ¿por qué se vino para Costa Rica?

-Es que fue precisamente con Desideri como jefe que llegué a Costa Rica. Íbamos a realizar la producción de una miniserie aquí, después de muchos cambios. Primero íbamos a rodarla en Cuba, luego pensaron en Cartagena de Indias, en Colombia, pero al final escogieron este país porque aquí vive Víctor Barriga, quien es cuñado del productor, que era Peter Zoli. Yo venía como escenógrafo, como decorador.

–Pero, ¿por qué se quedó aquí?

-Me encontré con Enrique Garnier, el Director de Artes Dramáticas de la Universidad de Costa Rica, y me propuso quedarme aquí impartiendo cursos de Escenografía, Iluminotecnia, Crítica Teatral, Vestuario y Guión. Poco después también me propuso impartir Historiografía de las Artes en la Maestría de Arte. Me sonó bien el cambio y la nueva aventura.

Y hasta empecé a trabajar en un guión para cine con Mercedes Ramírez, en una historia de acción.

-¿Y cuando entra en escena “El Barrio” en su vida?

-Tenía ya casi dos años de estar en el país cuando Óscar Castillo me contrató como supervisor de las escenografías, hace poco más de tres años. En diciembre de ese año, en 1997, viajé a Italia y cuando regresé en enero de 1998 ya me integraron como director de guionistas de El Barrio, al frente de Catalina Murillo, Walter Fernández, Dorelia Barahona y Jéssica Clark, entre otros.

–La aventura en El Barrio es importantísima para el imaginario de los y las costarricenses. ¿Es conciente de eso?

-El Barrio fue una escuela de televisión para Costa Rica. Fue la primera serie costarricense que se puede llamar con ese nombre. Tuvo altos y bajos que dependieron de la relación con los patrocinadores. Era la primera vez que tanto los patrocinadores como los productores hacían algo de esa magnitud. Es que hay que ver la magnitud de la puesta en escena. Imagínese que llegamos a tener hasta 28 actores por capítulo, con filmaciones en exteriores y filmaciones en interiores.

Zambullido en este lago

-¿Cómo hizo para acoplarse y dirigir a los guionistas si era extranjero y no conocía la letra menuda del costarricense y su forma de ser?

-Bueno, tuve gente buena y talentosa a mi lado. Además, todo requería de mucha investigación. Así que por cada capítulo consultábamos con médicos, abogados, sociólogos, con los profesionales que ocupáramos.

–Pero eso no parece ser suficiente.

-Yo me apoyé en el testimonio de mucha gente, en la observación de sus vidas. Llegamos a hacer 400 historias, porque cada capítulo estaba compuesto por tres historias independientes que se enlazaban al final. Eso requiere de mucha creatividad pero también de mucha investigación.

–Pero me imagino que hubo algún elemento del trabajo o alguna característica particular que le obligó más, que le provocó más problemas.

-Sí, sí. Aquí no hay costumbre de trabajar en equipos. Todos trabajan individualmente y luego juntan el trabajo. Cada trabajo está desarrollado por cada quien por aparte. Yo no estaba acostumbrado a eso.

–Luego vino la experiencia de La Pensión.

-En La Pensión todo el trabajo de preparación tuvo que ser muy rápido. Tenía que gustar siendo cómico, pero ofreciendo algo que nunca se había hecho en Costa Rica. Aquí todo lo humorístico había partido de la farsa. Por ejemplo, un hombre vestido de mujer, que imita a una mujer, pero que se sabe que es un hombre. Nosotros estamos preparando una comedia, y la diferencia con la farsa es que en la comedia sí se parte de situaciones reales, que parecen reales, más bien. El mayor reto era mantener ese género de comedia. Aquí empecé como director de guionistas, al igual que en El Barrio, pero tuve que ver con el planteamiento del proyecto.

–Alguna gente ha dicho que La Pensión no responde a nuestro medio, que pasaron por alto detalles vitales, como el hecho de que un chofer de bus no vive en una pensión de esas dimensiones.

-El personaje del chofer de bus es verdaderamente un chofer de bus. Pero aquí el punto es que partimos de arquetipos. El programa es para toda la familia. Por eso, Don Pedro representa a esos hombres pesados, majaderos, que son solteros insoportables o maridos insufribles por delicados. Doña Tere es del tipo de mujeres que tienen la obligación de llevar adelante a la familia. Riqui es el hermano excéntrico, el hijo de familia que sale como lo que la familia nunca quiso tener. Mientras tanto, Eddy es el tipo de hijo aprovechado, al que han chineado y se ha convertido en un vagabundo. Elvira es como la tía que siempre sabe mucho de lo oscuro y el pasado. Abigail, la muchacha bonita con aspiraciones y en espera del príncipe azul. También está Camacho, quien aparece esporádicamente y que representa para Doña Tere el sueño del hombre seductor y el galán. En ese contexto, Paco, el chofer de bus, responde muy bien a lo que se le pide como tío bueno y tonto, pero también responde a lo que se quiere de él como chofer de bus.

Arquetipos

-¿Se saca tiempo para analizar esos arquetipos para que respondan a una realidad nacional?

-Hay que investigar mucho. Consultar a los que saben más de esta materia. La edad de los personajes es vital. Hay que crear todo un cuadro que armonice estatus, edades y aspiraciones. Ahí está el alma del asunto.

-¿Y qué ha ocurrido en el caso de La Plaza?

-Plaza Siglo XXI tuvo un planteamiento inicial equivocado. Me parece que se debió al temor por perder participación de los patrocinadores. Tenían mucho miedo de que no se viera el producto en primer plano. Eso no ocurre en Europa ni en Estados Unidos. Allá no se pide la participación de los productos patrocinadores en pantalla.

–Pero, ¿qué tiene que ver eso con el error en sí, en el planteamiento de Plaza Siglo XXI?

-Es que ese miedo de perder participación de los patrocinadores provocó que no se hiciera un planteamiento nuevo. Los personajes de El Barrio brincaron a Plaza Siglo XXI. Fue una violación al contrato pasional con el público. El público acepta a nuestros personajes insertados en un espacio, en un contexto determinado. Aquí los hicimos brincar de un género dramático a un género cómico. Pasamos de tres historias dramáticas e independientes que se entrelazaban al final de cada capítulo en El Barrio a una sola historia por capítulo, pero no dramática sino cómica. Ya los personajes no pertenecían a El Barrio pero no eran autónomos como para pertenecer a Plaza Siglo XXI.

-¿Y qué ocurre ahora con esa serie?

-En la redefinición del proyecto pasó a llamarse solamente La Plaza. Ahora sí contamos con personajes autónomos. Quedan El Nene, Chayo y Toño, porque representan a ticos emblemáticos, y se trata de muy buenos actores.

-¿Qué debilidades encuentra en la televisión costarricense?

-La televisión costarricense es una aproximación. No es completamente profesional. Dejan que se pierdan los buenos resultados obtenidos. En eso responde a la forma de ser de los costarricenses. Los costarricenses se relajan. Necesitan motivación de otra gente. Aquí logran algo importante y luego se conforman. La impuntualidad es un ejemplo. Primero se acepta una hora, y luego se irrespeta. Aquí se acuerda algo y luego se permiten violaciones a reglas pactadas.

Ritmo y disciplina

–Entonces, lo que le falta a nuestro medio también tiene que ver con esto.

-Así es. Para obtener buenos resultados hay que mantener un ritmo, una disciplina. Lo que hace más falta es el control de calidad. Eso ayudaría a la constancia.

-¿Y qué otro elemento resulta urgente?

-No hay mucha competencia. Eso hace que haya conformismo. En Italia, por ejemplo, un gran guionista puede lograr producir, ver en pantalla, unos 6 ó 8 guiones a lo largo de su vida. Los guionistas más famosos de la televisión italiana han visto unos 8 guiones a lo largo de su carrera. Aquí, en cambio, hay un guionista de El Barrio que ya lleva 60 guiones. La falta de competencia hace que se reduzca el interés por mantener la calidad. Aun así se puede producir mucho de óptima calidad. Hay condiciones. Hay buenos actores, buenos guionistas, condiciones de trabajo.

–Usted también se ha iniciado en el mundo del teatro en nuestro país.

-Yo hice mucho teatro en Europa. Incluso teatro experimental. Aquí traje La Trampa Perfecta, que es una adaptación de la novela La Invención de Morel, del argentino Adolfo Bioy Casares. Trata el tema del mito de la máquina amorosa, o el engendro mitad hombre mitad máquina, al estilo Robocob. Una mujer llega a una cita para buscar trabajo y encuentra a un investigador que la seduce y la introduce en una trampa. Luego revela que realmente es una mujer, y la deja en su lugar dentro de una máquina. Actuaron Roxana Campos y Sandra Loría.

–Aquí no tuvo el mismo éxito que en Italia.

-El montaje que realicé de esta obra estuvo año y medio en cartelera en Italia. Aquí quizás el problema fue que no respondía a un tipo de idea que tienen algunos sobre el teatro. Por el tipo de montaje, que requería de una estructura muy alta y larga, no se podía pensar en una sala de teatro tradicional. Por eso, lo hicimos en la Estación al Pacífico.

-¿Y qué tal le fue con El Barbero de Sevilla?

-Se trata de una adaptación mía del clásico El Barbero de Sevilla. Yo había hecho un trabajo muy grande sobre el autor. Y mi adaptación se enfoca en lo teatral, retoma esos elementos más teatrales de la obra.

Alumno y amigo de Eco

-¿Qué sorpresas nos puede ofrecer? ¿Qué hizo usted en Europa que no se haya explorado en nuestro país?

-Yo hice mucho teatro invisible. Se trata de algo similar a lo que está haciendo Los Elegidos aquí pero en teatro. Por ejemplo, una vez montamos una conferencia sobre vampirismo natural. Preparamos a muchos actores, y llamamos a una conferencia de prensa. Llegaron muchos periodistas y aparecieron muchas notas en los medios. Fue muy interesante analizar el manejo de la sabiduría y el límite entre la verdad y la mentira.

También trabajamos en un espectáculo llamada Pan, porque significa todo en griego. Se trata de un espectáculo para dos públicos distintos en un mismo espacio. La escenografía está dividida por una pared y una puerta. A un lado hay una historia y al otro lado una historia distinta. Pero los actores trabajan en ambas, y aunque cada historia es independiente, cuando alguien que ha visto una y va a ver la otra aclara mucho las dos. Este tipo de proyectos se pueden llevar a cabo aquí también.

–Usted fue alumno de Umberto Eco, el padre de la Semiótica. También ha tenido como maestro a Oswaldo Desideri. Ha tenido muchos grandes maestros, ¿verdad?

-Así es. La gran suerte de mi vida es que me he encontrado maestros que me han enseñado mucho. En pintura Renato Renaldi. En cine, Osvaldo Desideri. En danza, Aurelio Millosch. Se trata de gente de primera línea en Europa. Aquí he contado con el apoyo de Sergio Román, quien conoce mucho de teatro y de teoría televisiva. Es una persona fuera de serie. Un sabio. Tiene una profunda cultura y en este país no la han aprovechado como se debe.

-¿Qué es lo que más extraña de su país?

-Extraño a mi familia. También los lindos lugares donde viví. Florencia es muy hermoso y, al igual que Roma, tiene sitios inolvidables y maravillosos. Pero no extraño a la gente, que en Florencia es pesada y en Roma caótica. Extraño el amor por lo que se construye en comunidad, porque aquí no hay amor por las cosas cívicas, por lo que nos pertenece a todos. Lo de las protestas del ICE le dio cierto sentido a un país en el que parece que la gente se aguanta lo que sea con tal de no comprarse un problema.

-¿Y qué le gusta de nuestro país?

-La posibilidad de estar muy cerca de muchas diferentes situaciones climáticas. Este país es un lugar que puede generar mucho gozo. No he tenido malas relaciones con la gente que me rodea. Y aquí hay condiciones para hacer producciones de calidad. Sólo hay que afinar algunos detalles.