Seleccionar página

por Camilo Rodríguez Chaverri

“En el arte hay que ser serio y humilde. Y hay que dar lo mejor de uno sin pensar que se es el mejor”.

Su casa está enclavada en un enorme lote ubicado en San Isidro de Heredia. La última entrada a la izquierda antes de adentrarse en el Parque Nacional Braulio Carrillo y luego hasta que Dios y su dirección nos lleva a un portón eléctrico.

Se abre el portón y podría pensar cualquiera que está entrando en un cuento fantástico. Como si uno pudiera saltarse por una pintura de un libro de literatura infantil y cayera al otro lado en medio de castillos y dragones.

Al final de la propiedad, su casa se yergue imponente. Es una cabaña de campo, blanca, albísima, tan hermosa que parece que tuviera una gran boca que nunca deja de sonreír y una voz que dice “aquí estoy”, o como una niña linda, que sabe que lo es y lo celebra con los ojos.


Desde el portón, las plantas de rosa parecen pequeños incendios de luz en medio del jardín que es verde y lo cuidan tanto que luce como la superficie que besan las bolas en una mesa de billar.

Las hortensias son dueñas y señoras del espacio, desde que entro al jardín hasta que aparco el vehículo. Ya está el señor en la puerta de su casa. Baja las gradas que lo llevan al sitio donde el jardín permite estacionarnos. Viene con los brazos cruzados y un suéter encima de los hombros.

Es de una elegancia suprema. No se trata de la ropa. Es una elegancia que le sale del espíritu. Parece incapaz de decir una mala palabra. Parece algo así como el embajador itinerante del país encantado de la discreción.

Y esa discreción caracteriza la entrevista a partir del instante en que nos sentamos en la sala, cuya pared que da al jardín es un gigantesco vidrio partido en dos por una columna, como si fueran dos ojos que miran todo el tiempo, o una ventana que no termina.

Si no fuera porque es dramaturgo y novelista, cualquiera pensaría que hubiera sido un excelente candidato para canciller. Mide cada cosa que dice como si le diera miedo ofender o lastimar. Cuesta un mundo “sacarle” algo que pueda generar “roncha”.

Y mucho de lo dice, lo comenta bajo petición expresa de que no se publique. Habla en el campo abierto pero secreto que Emilia Prieto llamaba “el íntimo sobaco de la confidencialidad hermética”.

Daniel Gallegos es uno de las más importantes figuras del teatro costarricense, y ahora nos sorprende con novelas genuinas, que no se parecen a lo que se publica en el país. Pero si uno llevara hasta su casa a una persona sensible, que no lo conociera, y le pidiera que adivine qué es ese señor, de seguro que diría que una extraña pero fascinante figura de un príncipe que cree en la meditación trascendental.

Alejado del teatro

“Estoy muy alejado del teatro. Es un trabajo muy serio, muy duro, pero en este momento no encuentro estimulante lo que se hace en el país. Hay una gran frivolidad en la manera de hacer teatro”, dice don Daniel, sentado en un mueble de su casa. Lo dice con las manos cruzadas, como si quisiera orar o combatir el frío. Lo dice mientras mira por los ojos de su sala al jardín verde y amplio, como si fuera un lago con algas y pequeñas islas de colores.

Se le nota que no quiere hablar de esto, pero que sabe que las preguntas en ese sentido son inevitables. Sus palabras salen como si estuvieran caminando en un campo minado. Habla como si apenas quisiera decir lo mínimo permitido, sin excesos. Se cuida de no hablar demasiado.

“El teatro en Costa Rica viene siendo un poco lo que se espera por el tipo de influencia que nos llega de otros lugares donde hay conceptos de ‘entretenimiento’ que han llevado a nuestras salas lo banal”, continúa, con la mirada perdida en el horizonte pintado de amarillo por el sol que baña en oro las tardes de diciembre.

“Por eso, me doy cuenta que creen que un buen actor cumple su trabajo con sólo aprenderse el papel y decirlo correctamente. De ahí a interpretarlo hay un gran trecho. Pocas veces se ven los personajes, en lugar de los actores. Podemos ver pocas buenas interpretaciones, excepto en casos como el de el ‘Pato’ (Catania), Haydée (De Lev), Gladys (Catania), Leonardo Perucci…”.

Habla con la cara

A veces se pone las manos sobre la cara. Se tapa el rostro. Cierra los ojos con fuerza y arruga el entrecejo. No quiere molestar con lo que dice. Se le nota tanto una especie de aristocracia del espíritu, que hasta duele preguntarle sobre la crisis del teatro o la política, pero no queda de otra.

“Cuando comencé a hacer teatro, daba cualquier cosa con tal de que un director famoso me admitiera en sus puestas. Quería aprender las cosas con que estaban experimentando. Asistí como observador a un montaje de Peter Brook, por ejemplo. También fui asistente de Fernando Wagner. Y nunca lo hice pensando en que podía decir ‘ah, soy asistente de fulano’. Lo hacía por la posibilidad de aprender. Simplemente era por ver qué podía aprender yo de los directores”, comenta.

-No ha mencionado usted a alguno de los actores o las actrices jóvenes, de nuevas generaciones. ¿Quién es bueno entre los nuevos?

-Me parece que alguien como Arnoldo Ramos podría destacarse más si se dedicara a explorar posibilidades en él mismo. Ana Istarú me parece formidable, y es una de las figuras más importantes del teatro de hoy.

-Si yo le preguntara a los jóvenes actores y las jóvenes actrices acerca de la trivialización del teatro, y de ese nuevo género que se limita a juntar un montón de chistes “rojos” en algo que ellos y ellas llaman “obra de teatro”, estoy seguro que me dirían que es la única manera de vivir del teatro.

-Eso es cierto. Bueno, pero no me gusta ponerme a hablar del teatro porque no quiero despotricar. Sé lo que es el teatro, sé lo que cuesta y sé el amor que le tienen los actores. Pero aquí hay poco estímulo.

-¿Lo hubo alguna vez?

-En los 70s venían directores extranjeros. Se invitaba a mucha gente. Había mayor movimiento y buenas posibilidades de aprender.

Nuestro teatro no tenía esa tendencia a la frivolidad que tiene ahora.

-¿No se puede rescatar ese buen teatro?

-Hay gente que ha ido a estudiar fuera. Me interesan sus propuestas.

-¿Quiénes son?

-Me interesa Roxana Avila y su grupo. También Marcos Guillén, que ha hecho teatro en Europa y viene de estudiar durante mucho tiempo en Estados Unidos. Y Fernando Vinocour también es bueno.

-Hace un rato me dijo que al principio daba cualquier cosa con tal de que un buen director lo aceptara, y que lo hacía por aprender. ¿Se ha perdido esa actitud en nuestro teatro?

-Hay una cosa que me molesta mucho del teatro… El teatro da pie para el exhibicionismo.

Odia el exhibicionismo

-¿Por qué le molesta tanto?

-Odio el exhibicionismo. Ahora se ponen a vivir de la imagen que quieren dar y se olvidan de lo que son. En el teatro y en el arte en general hay que ser serio y humilde. Y hay que dar lo mejor de uno sin pensar que soy el mejor. Siempre hay alguien mejor que uno.

-Pero dicen que su obra, en conjunto, es la mejor…Sostienen que usted es el mejor dramaturgo de Costa Rica.

-Cualquier movimiento teatral es bueno por la cosecha de buenos dramaturgos. Los grandes movimientos teatrales se distinguen porque hay varios, no uno, ni dos, ni tres. Es cierto que Shakespeare es una figura gigantesca dentro del movimiento isabelino, pero al lado de Shakespeare había muchos dramaturgos buenos.

-Pero, creo, con todo respeto, que no me ha contestado.

-Le voy a decir algo: en tantos años que tiene de vida la Compañía Nacional de Teatro sólo me han montado dos obras. ‘La colina’ en los 80s y ‘Una aureola para Cristóbal’ en los 90s. Nada más. Mis obras han sido puestas sobre todo en el Arlequín viejo y en el Teatro Nacional, cuando Graciela Moreno me ha llamado.

-¿Qué piensa acerca de Graciela Moreno? ¿Por qué despierta tantos sentimientos encontrados?

-Ella es una mujer muy importante para la cultura costarricense. Tiene un carácter muy especial. Yo la admiro mucho. Sabe lo que quiere y lucha por conseguirlo. Eso puede causar diferencias. Es fundamental, como también lo son Guido Sáenz, Beto Cañas, Carmen Naranjo, Julieta Pinto…

-¿Hay relevos para ellos y ellas?

-Debe haber relevos, pero no los conozco.

-Háblenos de su obra. Encuentro en el conjunto de ella un interés filosófico.

-El teatro en general me parece un medio que además de entretener, porque por supuesto que tiene que entretener, genera una posibilidad para la reflexión. El teatro es el espejo de la humanidad, como decía Shakespeare.

Sus obras de teatro

-Desglosemos un poco la obra. Me parece inquietante “La colina”…

-“La colina” es una discusión acerca de la posición del hombre frente a Dios, en términos de justificar su existencia.

-¿Cree usted en Dios?

-Sí creo en Dios, en un Dios que es la razón de toda la Creación.

-La obra trata de Dios, pero, además, trata acerca de la religión como mecanismo.

-Respeto mucho los medios que tiene el hombre para encontrar su vínculo con Dios. Respeto su necesidad de sacralizar espacios, por ejemplo. Paradójicamente, también la religiones han dado motivo a guerra y violencia, cuando creen que sus cánones religiosos son los únicos para llegar a Dios.

-Una obra suya de relevancia por su actualidad es “En el séptimo círculo”… El nacimiento de esa obra creo que tiene que ver con un hecho real…

-Es cierto. Es una obra muy actual. Más actual que cuando la escribí. Leí una noticia acerca de unos muchachos que le tiraban ácido en la cara a los viejitos. Empezaron a hacer este tipo de actos espantosos y no sabía cuál era el motivo de esos actos salvajes.

-¿”Punto de referencia” es otra exploración, como “La Colina”?

-Sí, es la exploración sobre relaciones de pareja y amistad. Es que no siempre el sexo es lo que más une a las personas. Hay vínculos entre dos personas que pueden ser mucho más fuertes.

-Y “La casa” es la exploración de la vida en familia, un chico, su madre, sus hermanas…

-También tengo una obra que quiero mucho, porque fue la primera que recibió un premio. Se trata de “Ese algo de Dávalos”, que ganó el premio “15 de setiembre” de Guatemala, un premio que en otros años ganaron Yolanda Oreamuno y Eunice Odio.

-Me parece que su última obra de teatro, “Una aureola para Cristóbal”, ya marca la transición suya hacia la novela. ¿Es una adaptación de la novela de Carpentier?

-No, porque el conflicto principal de mi obra es entre Cristóbal Colón y Pío Nono, y eso no se da en la novela de Carpentier. Como lo expresé, la obra de Carpentier me sirvió de inspiración, y traduje a escena muchos pasajes.

-Entonces, ¿por qué se alejó del teatro?

-Porque creo que ya terminó mi ciclo.

-Pero, algo más debe existir…

-Lo que tuvo que ver con mi paso a la novela fue la decadencia del teatro costarricense.

Ahora, novelista

-Como novelista, primero publica “El pasado es un extraño país”. Luego, “Punto de referencia”. Ya mencionamos que sus obras son filosóficas. En el caso de la novela, ¿qué temas le interesan para reflexionar?

-El tema que estoy explorando es la relación que tiene el ser humano con su tribu. Tribu llamo a cualquier asociación de seres humanos que se reúnen en un pueblo o en un país. La tribu es el grupo al que el ser humano cree que debe pertenecer. En todo pueblo u organización social existen reglas para mantener la cohesión.

-Es un tema muy amplio…

-Lo que me interesa señalar es que el individuo se resiente de ser excluido, pues lo que busca siempre es la aprobación. Muchas veces, para conseguir la aprobación tiene que mutilar partes de él como individuo. Es una especie de dialéctica entre fascinación y renuncia… El individuo se halla ante el problema de escoger entre su integridad o renunciar a ella en parte o totalmente para amoldarse a lo que dicta la tribu.

-El individuo pierde mucho de sí por conseguir el favor de la tribu.

-Por eso, se escucha a menudo “si yo hubiera hecho tal cosa… o si hubiera hecho tal otra”.

-Usted admira al individuo, es un defensor de su individualidad…

-Lo que más admiro del ser humano es su autenticidad. Tengo conciencia social siempre y cuando no esté en conflicto con el prejuicio.

-Algo muy significativo de “El pasado es un extraño país” es que no se parece al resto de las novelas que se han venido publicando. Además, el título es un verso perfecto.

-El título es la traducción de una frase del escritor inglés Hartley, en una obra que se llama “The go between”. Originalmente dice, “The past is a foreign country. They do things differently these”.

-Es una novela ordenada, en la que todo está en su sitio.

-Me gusta que el autor saque sus propias conclusiones.

-En esa afirmación se esconde el dramaturgo…

-Es posible. Me interesa la interacción. No me gusta el receptor pasivo.

Matar fantasmas

-¿Se ve usted en la novela?

-No es una novela autobiográfica.

-¿No fue una manera de matar fantasmas?

-No, no. La novela se basa en una anécdota de un amigo mío. Yo la desarrollé, y por supuesto que uno usa el baúl de sus recuerdos. No obstante, los personajes son diferentes, aunque uno siempre mata fantasmas. Escribir es exorcizar los propios demonios.

-Pero uno siente que el narrador de verdad está ahí adentro.

-Es que con el narrador ocurre algo similar que con el actor. La compenetración es fundamental.

-¿La novela “Punto de referencia” es un punto de encuentro con su obra de teatro?

-Eso le queda de tarea a cada lector. Quiero que el receptor lo descubra.

-Usted vive solo, en esta casa-cabaña, entre hortensias y rosas. Se le nota apacible…

-La vida es maravillosa y todas las edades son buenas, pero en la que estoy yo tiene la enorme ventaja de que te permite encontrar respuestas. Soy una gente que sigo aprendiendo de lo sencillo. Huyo de ser protagónico. Aquí tengo el cariño de mis amigos. Y me gusta conversar con la gente simple, de campo. Hay una frase que me inspira y orienta. Dice “el gran hombre es aquel que guarda en silencio la grandeza de su soledad”. No me creo un gran hombre. Otro día leí algo de un libro de Oriente, que enseña que lo único más lindo que el silencio es el ruido que hace el agua en su camino.

-¿Escribe todos los días? ¿Qué prepara en este momento?

-No, no. Escribir no es sólo sentarse frente a la máquina. Todo empieza con la reflexión. Cuando uno se sienta en la máquina ya tiene bastante escrito. Cada quien tiene su manera de matar las pulgas…

-¿Cree en esos escritores que dicen que pasan ocho horas por día frente al ordenador?

-No sé. Yo no. No hay cosa más espantosa que una página en blanco.

-¿Qué hace cuando un libro está en proceso?

-Muchas veces converso con mis amigos que escriben, como Julieta Pinto, que es una mujer entrañable y muy valiosa. Antes lo hacía con Carmen Naranjo, pero ahora está como escondidilla.

Don Beto y Don Samuel

-Los otros dramaturgos mayores son Alberto Cañas y Samuel Rovinsky. Además, son sus amigos. ¿Qué piensa de su obra teatral?

-Son mis colegas. Les tengo gran respeto y admiración. Hemos sido compañeros durante muchos años. Nos une mucho el vínculo literario. Sus obras son muy diferentes.

-Hábleme de don Beto.

-Beto conoce el alma del pueblo, la psicología del costarricense, su sentido del humor y sus ocurrencias. El lenguaje que utiliza Beto es tan verdadero, tan genuino del costarricense… En eso radica parte de la riqueza de su obra.

-¿Y don Samuel?

-Es una persona preocupada por los problemas sociales. Es muy serio en su trabajo. Me gusta “El martirio del pastor”. Y en “La víspera del sábado” lo encuentro a él, orgulloso de sus ancestros judíos y orgulloso de ser costarricense. Es alguien sincero e íntegro.

-Me han contado que usted tiene mucha influencia del cine.

-Adoro el cine. Me pasé la adolescencia en California, muy cerca de Hollywood. Entré al teatro como sustituto de algo que quería hacer. Gozo muchísimo el cine. Es muy diferente al teatro. Es complejo y maravilloso.

-Los tres, don Beto, don Samuel y usted, se reúnen a ver películas.

-No, más bien es Beto con un grupo de amigos. Yo a veces voy. Es que Beto es un gran fanático del cine. Tiene una filmoteca increíble. Uno le habla de cualquier película y él la tiene.

-Estudió televisión en Francia. ¿Qué ha hecho en video?

-Hice varias obras de teatro para televisión. “Luz de gas”, “La más fuerte” y “Añoranzas del viejo Cartago”. El teatro para tele es diferente. Hay que trabajarlo como si fuera cine. Ir segmentándolo, y estudiar escena por escena.

-¿Quiénes son sus maestros?

-Cada novelista que leo es un maestro. Hemingway, Faulkner… Todos tienen algo qué enseñar. Acabo de leer “Tinísima”, de Elena Poniatowska. Es una obra impresionante. Me encanta Saramago, José Luis Sampedro y Muñoz Molina…Amo “Invierno en Lisboa”.

-Tengo la impresión de que no soporta la mediocridad.

-El costarricense tiene algo malo. En todo piensa que ‘echando a perder se aprende’.

-Lo que odiaba Yolanda Oreamuno.

-A Yolanda le tenían horror. Es que era tan bella, tan inteligente y tan intelectual… La veían como un bicho raro.

-Jacques Sagot está escribiendo un libro sobre ella…

-Qué dicha. El también es un artista excepcional, un individuo fuera de serie.

-¿Qué piensa del ambiente político del país?

-Estoy angustiado por la política de este país. Los partidos están desgastados. El pueblo ya no les tiene confianza. Hay una peligrosa falta de fe en la vida institucional. Pero, bueno, el costarricense tiene recursos valiosos. No quiero ser pesimista. Mi oposición a los partidos mayoritarios no es tanto por los candidatos sino por la pérdida de credibilidad de las agrupaciones.

-¿Qué es urgente en la política costarricense?

-La política es el arte de lo posible, de concertar opiniones. Pero no se puede seguir partiendo el ayote por la mitad como se ha venido haciendo por tanto tiempo. Se necesita algo más fuerte, que acabe con este sistema que sobrevive con base en parches. Nuestro sistema está fallando. Hay que reflexionar sobre esto.

-¿Hay liderazgo como para promover las reformas que se necesitan?

-El político más importante de este país es Oscar Arias. Me duele que haya abandonado su papel de gran reformador.

-¿Apoyaría una reforma que establezca la posibilidad de reelección y que luego lleve a don Oscar a la Presidencia?

-No. Siendo él el gran icono político de este país debe estar sobre todos, incluso sobre su propia reelección.

-¿Se desgastó en la lucha por la reelección?

-Aprobar la reelección era caer en el mismo esquema. La reelección lo iba a comprometer políticamente y no le permitiría llegar como el gran reformador. El lograría más por encima de todos. Por ejemplo, al frente de una campaña que exigiera una transformación hacia un régimen parlamentario.