
"Cuando comencé a hacer teatro, daba cualquier cosa con tal de que un director famoso me admitiera en sus puestas. Quería aprender las cosas con que estaban experimentando. Asistí como observador a un montaje de Peter Brook, por ejemplo. También fui asistente de Fernando Wagner. Y nunca lo hice pensando en que podía decir 'ah, soy asistente de fulano'. Lo hacía por la posibilidad de aprender. Simplemente era por ver qué podía aprender yo de los directores", comenta.
-No ha mencionado usted a alguno de los actores o las actrices jóvenes, de nuevas generaciones. ¿Quién es bueno entre los nuevos?
-Me parece que alguien como Arnoldo Ramos podría destacarse más si se dedicara a explorar posibilidades en él mismo. Ana Istarú me parece formidable, y es una de las figuras más importantes del teatro de hoy.
-Si yo le preguntara a los jóvenes actores y las jóvenes actrices acerca de la trivialización del teatro, y de ese nuevo género que se limita a juntar un montón de chistes "rojos" en algo que ellos y ellas llaman "obra de teatro", estoy seguro que me dirían que es la única manera de vivir del teatro.
-Eso es cierto. Bueno, pero no me gusta ponerme a hablar del teatro porque no quiero despotricar. Sé lo que es el teatro, sé lo que cuesta y sé el amor que le tienen los actores. Pero aquí hay poco estímulo.
-¿Lo hubo alguna vez?
-En los 70s venían directores extranjeros. Se invitaba a mucha gente. Había mayor movimiento y buenas posibilidades de aprender.
Nuestro teatro no tenía esa tendencia a la frivolidad que tiene ahora.
-¿No se puede rescatar ese buen teatro?
-Hay gente que ha ido a estudiar fuera. Me interesan sus propuestas.
-¿Quiénes son?
-Me interesa Roxana Avila y su grupo. También Marcos Guillén, que ha hecho teatro en Europa y viene de estudiar durante mucho tiempo en Estados Unidos. Y Fernando Vinocour también es bueno.
-Hace un rato me dijo que al principio daba cualquier cosa con tal de que un buen director lo aceptara, y que lo hacía por aprender. ¿Se ha perdido esa actitud en nuestro teatro?
-Hay una cosa que me molesta mucho del teatro... El teatro da pie para el exhibicionismo.
-¿Por qué le molesta tanto?
-Odio el exhibicionismo. Ahora se ponen a vivir de la imagen que quieren dar y se olvidan de lo que son. En el teatro y en el arte en general hay que ser serio y humilde. Y hay que dar lo mejor de uno sin pensar que soy el mejor. Siempre hay alguien mejor que uno.
-Pero dicen que su obra, en conjunto, es la mejor...Sostienen que usted es el mejor dramaturgo de Costa Rica.
-Cualquier movimiento teatral es bueno por la cosecha de buenos dramaturgos. Los grandes movimientos teatrales se distinguen porque hay varios, no uno, ni dos, ni tres. Es cierto que Shakespeare es una figura gigantesca dentro del movimiento isabelino, pero al lado de Shakespeare había muchos dramaturgos buenos.
-Pero, creo, con todo respeto, que no me ha contestado.
-Le voy a decir algo: en tantos años que tiene de vida la Compañía Nacional de Teatro sólo me han montado dos obras. 'La colina' en los 80s y 'Una aureola para Cristóbal' en los 90s. Nada más. Mis obras han sido puestas sobre todo en el Arlequín viejo y en el Teatro Nacional, cuando Graciela Moreno me ha llamado.
-¿Qué piensa acerca de Graciela Moreno? ¿Por qué despierta tantos sentimientos encontrados?
-Ella es una mujer muy importante para la cultura costarricense. Tiene un carácter muy especial. Yo la admiro mucho. Sabe lo que quiere y lucha por conseguirlo. Eso puede causar diferencias. Es fundamental, como también lo son Guido Sáenz, Beto Cañas, Carmen Naranjo, Julieta Pinto...
-¿Hay relevos para ellos y ellas?
-Debe haber relevos, pero no los conozco.
-Háblenos de su obra. Encuentro en el conjunto de ella un interés filosófico.
-El teatro en general me parece un medio que además de entretener, porque por supuesto que tiene que entretener, genera una posibilidad para la reflexión. El teatro es el espejo de la humanidad, como decía Shakespeare.
© Art Studio Magazine, 2006. Todos los derechos reservados. Política de Privacidad
Una producción de Studio Gráfico G.P.A, S.A.