Seleccionar página

por Camilo Rodríguez Chaverri

Cuando era un escolar, inventaba historias, le dijo a sus compañeros que era hijo del campeón peruano de automovilismo, y lo mejor de todo es que se lo creyeron. Se convirtió en el ídolo de la escuela. Luego, le confesó a un profesor que era un mentiroso de primera y que no le creían ni lo que se comía, y el señor de la confidencia le aclaró que más que mentiroso era un escritor, y que nadie se lo había dicho.

Ya tenía 15 años, y tuvo que apurarse para recorrer los caminos perdidos. Y a los 27 empieza a escribir, después de complacer a su padre con el Derecho y sin contar ni con un poema de adolescencia a su haber. Alfredo Bryce Echenique es uno de los maestros del humor en la literatura, y escribe para el oído, o sea, que parece que está hablando en sus novelas y sus cuentos. Por ahí inicia nuestra entrevista. “Escribo con humor para que duela menos. Escribo así por caridad. El humor empieza en casa. Es desde niño que uno empieza a reírse de sí mismo. El humor es muy distinto a la burla y al desprecio. Para escribir con humor hay que ponerse en el pellejo del otro para mirarlo bien”.


Camilo: -Otro de los elementos recurrentes de su obra es la ironía, hermana del humor.

Bryce: -La ironía es la sonrisa de la razón. Pienso en Carpentier, cuyas novelas son de una gravedad tremenda. Pienso en la literatura de Borges, tan bien escrita. Y en Julio Cortázar, con ese enorme manejo de la ironía.

Camilo: -En una frase Cortázar resumió sus ironías, “Qué risa, todos lloraban”.

Bryce: -Cortázar decía que no se explicaba qué pasaba con los escritores latinoamericanos.

Camilo: -Escribe así en medio de la pesadumbre personal, de la tristeza…

Bryce: -Sí, pero es que la literatura estaba muy seria, contando cosas muy feas de los países de cada escritor. Y yo he querido escribir algo mucho menos serio. Empecé a escribir en Francia, en París. Ahí pasaban largas temporadas todos los escritores del boom latinoamericano. En esos años del boom usted no veía nada de humor en Carlos Fuentes o en Mario Vargas Llosa.

“Recuerdo que Mario votó en contra de una novela de Manuel Puig. Eso es grave. Y él lo sabía. Puig introdujo todo un aire fresco, de lo oral, de los sueños. Puig pensó en la historia con “h” minúscula”.

“El boom se ocupaba de lo grave, y cada escritor tomaba a su país como coto privado para su obra”.

“Quise cambiar porque sentí que en mis maestros faltaba la sonrisa. No se ocupaban del habla latinoamericana, que es particular. Se olvidaban de esa característica muy nuestra, que es hacer de las cosas más difíciles un objeto de irrisión”.

“Tampoco tomaban en cuenta nuestra curiosidad por el mundo. A cualquier parte del mundo que llegue un latinoamericano se siente un poco como en casa. Eso nos hace muy diferentes”.

“De esto que te comento me di cuenta cuando llegué a París. Cuando invitaba a un profesor o a un escritor especializado en América Latina, se sentaban a la mesa y les entraba un terror horrible cuando servíamos la comida latinoamericana. Creían que los íbamos a envenenar. ¡Y supuestamente eran especialistas en América Latina!”

“En cambio, a nosotros, en América Latina, nos toca probar todas las comidas del mundo, igual en Costa Rica que Lima o en Bogotá. Los latinoamericanos somos muy curiosos”.

“Y también somos muy originales, por más que consideremos que París es la capital del mundo, y que creamos ‘leernos’ en textos hechos por franceses… A pesar de que importamos leyes, constituciones, sistemas parlamentarios, la curiosidad del latinoamericano enriquece más que la cerradumbre del francés. Un famoso escritor francés, cuyo nombre no quiero mencionar, dijo antes de morir que jamás había leído algo que no fuera francés. Pobre hombre…”

“Jean Paul Sartre escribió en un prólogo sobre un escritor que no era francés algo así como, bueno, qué diablos, qué cómodo era ser francés. Un gran escritor tiene el coraje intelectual de dudar, entre otras cosas, de la grandeza única de su patria. La literatura de otras naciones y otras culturas también puede ser maravillosa. La importancia de la obra de Sartre sin duda que tiene que ver con que lo movía la curiosidad por lo ajeno”.

¿Es original?

Camilo: -¿Le preocupa la originalidad en sus novelas?

Bryce: – Picasso plagió a todos los artistas que estuvieron antes que él, vio y copió todo lo que se hizo antes en África, Asia, América… Es un artista único, aunque retoma toda la pintura universal. Picasso vuelve a leer a Goya, a Velásquez, al arte primitivo…

“En el caso mío, por ejemplo, si estaba en Francia, para qué diablos escribir sobre Perú. Muchas veces los escritores latinoamericanos del boom escribían únicamente sobre sus países por un complejo de inferioridad, sobre todo para esos años en los que estábamos llegando de París, y éramos unos muchachones”.

“Fíjate que le pedí a mi traductor al francés que leyera un cuento que escribí sobre París y que luego apareció en mi libro “La Felicidad Ja Ja”. Él leyó el relato y le pareció ejemplarizante y único. Ni mejor ni peor que los otros cuentos sobre París, sino simplemente el único relato “peruanizado”. En mi obra está el París mirado por el prisma de un peruano”.

Camilo: -Y he encontrado un apego por lo oral y un interés importante por la psicología de la mujer…

Bryce: -Se mezclan los ingredientes en cada novela. Ni el mismo autor de una obra literaria puede decir cuáles son los ingredientes del cóctel de sus palabras. Cuando terminé de escribir “Huerto cerrado”, el libro no me gustaba. Sentía que esa no era mi visión sincera, honesta, del mundo. Tenía como una camisa de fuerza. Y leyendo los cuentos de Julio Cortázar noté que él metía un tono oral, y hasta una irreverencia por la tradición, por el peso de lo literario… Un buen profesor de gramática le hubiera puesto mala nota. Pero es que Cortázar ya conocía la lengua, y la dominaba tan bien que hasta podía maniobrar a su favor. Si uno se queda con el peso de la tradición, pierde una gran oportunidad.

“Para muchos novelistas, la novela es poner orden, dividir la historia en parte 1, parte 2, parte 3, epílogo, desenlace… Pero no ocurre con todos los novelistas. Hay otros que soñamos con meter al libro una voz, la emoción, el caos, y el desorden típico de la vida”.

“De lo que se trata esto es de contar el cuento de la vida. La máxima ambición es que el lector oiga, escuche nuestra voz, y que piense que el escritor estaba pensando sólo en él cuando escribía, que comparte el escritor un trozo de camino con él”.

Camilo: -El rescate de esa voz es una tarea muy difícil…

Bryce: -Sí, sobre todo porque se trata de la creación de una voz, de un habla que llegue a todos los lugares, que sea de lo más concreto y lo más abstracto posible, y ambas cosas a la vez. Recogemos un grito enorme con las palabras. Nuestra voz tiene que recoger las voces de muchos más.

Camilo: -¿Hay que escribir y rescribir y rescribir para llegar a esa voz?

Bryce: -De lo que se trata es de conseguir la melodía que debe acompañar al libro. Y esto mientras te ocupas de lo más valioso, porque al escribirlo, resumo y retomo un momento de mi vida que hasta la muerte se vuelve a vivir en la literatura. Por eso es que es vital trasladar la ilusión de la oralidad al papel. Allí hay una relación estrecha con los juegos, con los retuécanos.

¿Desmesura cervantina?

Camilo: -¿Su literatura se le va por todas partes, como agua entre los dedos?

Bryce: -Mi literatura se inscribe en la gran tradición de la desmesura cervantina. Es una literatura que se ocupa del arte de la disgresión, de irse por las ramas pero sin perder nunca el hilo de la historia, de la narración, y sin que se salga del relato el cuento o los cuentos, que es la vida.

Camilo: -Hay una enorme influencia del cine en su obra.

Bryce: -Pertenezco a una generación que ama el cine. Cuando yo era un chico se era un macho si tomabas tanto como Bogart. Los machos no bailan, son tipos fuertes y rudos… El cine nos hacía salir de las fiestas hechos unos adolescentes miserables. Pero más allá de eso, ese mundo del cine es un mundo de débiles y poderosos, que marca la obra literaria de mi generación.

Camilo: -Usted menciona mucho a los personajes de los westerns.

Bryce: -Es que el western es la última épica. Y hay una enorme relación de nosotros como escritores con el western porque la novela es un poema épico, un poema épico en prosa aburguesada.

Camilo: -También encuentro, sobre todo en la novela “La amigdalitis de Tarzán”, un homenaje al bolero.

Bryce: -He querido que mis referentes preferidos sean la música y las canciones. Aparecen con frecuencia los tangos, las rancheras, los boleros. Recuerdo que en los 80s empecé a hablar con mis amigos de la casa perfecta, y llegamos a la conclusión de que la casa perfecta es aquella que tiene un cubículo, un espacio especial, que es nuestro mundo soñado y compartido, que se llamara “El lloradero de Benny Moré”, y que sirviera para echar a los amigos con música de Moré durante días de días. Así que ya puedes empezar a hablar de la “literatura sentimental” de Bryce Echenique.

Camilo: -La adolescencia es una patria que usted visita a menudo…

Bryce: -“Un mundo para Julios” es eso que apuntas. También aparece ese universo de la adolescencia en “No me esperen en abril”, que es una idealizada continuación de la novela de Julius. Esta segunda novela de la que le hablo es el único libro que empecé dos o tres veces. Pero es que no era el tiempo, todavía. Ni había bebido tanto vodka, ni había visitado tantos países, ni tantos amigos se me habían muerto.

Camilo: -Pero usted no es escritor de un solo libro que se repite sin cesar, como quien se cambia la máscara a cada rato en un baile de disfraces…

Bryce: -Fíjate que eso que piensas de la adolescencia en las novelas sólo aparece en unas. Ponte el ejemplo de Manolo Esterne. Esa obra, “Huerto cerrado”, nada tiene que ver con las que hemos mencionado. Se instala en una calle de Lima, como en el cine omnipresente. Se siente parecido a un actor no conocido. Es como andar con moneda falsa por el mundo.

“Este actor, Jacques Marron, aparece en la película que más veo. Se llama “Historia de tres amores”. Tenía la boca más fea de Hollywood, estaba condenado a la soledad, era shakespereano, hablaba un inglés que nadie hablaba… El pobre Manolo estaba mal, ni su ídolo era ameno”.

Comunes y corrientes

Camilo: -Su literatura sentimental es de personajes comunes y corrientes…

Bryce: -Después de novelas como “El Siglo de las Luces”, de Carpentier; “La muerte de Artemio Cruz”, de Carlos Fuentes; “Cien Años de Soledad”, de García Márquez, era urgente escribir algo más livianito. Hay que pedir permiso para eso, para que se caiga uno en la primera fila…

Camilo: -Sin que ello signifique que lo liviano sea light…

Bryce: -Por ejemplo, los músculos también lloran y se divierten. Martín Romaña cada vez que creía que Inés ya lo iba a matar, se volvía enano. Ella es el hombre de la historia “tradicional”, y él, la mujer. Lo que quiero decirte es que lo liviano también puede ser combativo, significativo, importante. La historia de Martín Romaña va en contra de las reglas del machismo.

“Todo esto de lo sentimental tiene como antecedentes las obras del siglo XVIII, pero sin lo lacrimógeno. Ahora el tono es irónico. La última trasgresión posible, y que no es la sexual, es la trasgresión de los sentimientos. El hombre es el que derrocha, es el torpe, el antieconómico. Aparece como poco práctico, bondadoso, se deshace de las cosas fácilmente”.

Camilo: -Eso de escribir como una mujer, de entrar en su mundo y hablar por ella, como también ocurre en “La Amigdalitis de Tarzán” es cosa seria…

Bryce: -Se me planteó como un desafío. En “Huerto cerrado”, hay una frase de un diario íntimo de Manolo, que se ha quedado en el internado, porque lo castigaron, y mientras piensa en su chiquilla, que tiene 15 años, como él, lee un cuento de Chejov, y en el relato está esa frase que se convierte en el fin del libro… “Aquel que ama más es el más débil”.

Camilo: -¿Es por eso, y con un trasfondo machista, que dicen que su literatura es “sentimental”?

Bryce: -Claro, claro, tiene rasgos femeninos. Y cuando empiezan a analizar lo “sentimental” de mi obra, yo recojo el guante y es cuando me enfrento a la aventura de escribir las cartas de una mujer en “La Amigdalitis de Tarzán”.

Camilo: -¿Por qué le imprimió ese carácter epistolar a la novela?

Bryce: -La carta es el único género literario que no se puede mejorar ni empeorar. Tiene otra característica especial, que es el manejo del tiempo. A diferencia del email o el fax, la ventaja de la carta es que te la dejas, y la miras cuando sea, como un libro o un poema. En carta y con tiempo, Fernanda se contaría mejor. En la novela, quien lucha, es valiente y optimista, siempre es ella. Su marido es un araucanote, es un gigantón que le pega y la ama, y que desaparece de su vida y de la vida de sus hijos.

Camilo: -Y está el pobre de Juan Manuel Carpio, que no se cansa de esperarla…

Bryce: -Ah… Como esperan las mujeres. Y quiero decirte que una pista importante para entender mejor esta novela está entre los epígrafes. Los epígrafes de mis libros están ahí para orientar al lector. Esta vez quise que fueran únicamente de mujeres, pero se me quedó uno de Hemingway, que resultó imprescindible. Es de su novela “A través del río y entre los árboles” y retrata a Fernanda. “Conoció la injusticia y el dolor, pero jamás estuvo triste una mañana”. Así es el carácter solar de Fernanda.

Camilo: -Por su afán lúdico, esto de fabular debe venir de su niñez.

Bryce: -Lo de inventar historias sí viene de la infancia, pero no el apego a la literatura. Yo no empecé a escribir joven. Más bien empecé tarde. Jamás escribí un poema ni un verso en la adolescencia. Sin embargo, para ello también tenía una razón literaria. Inventaba cuentos que le contaba a mis compañeros. A menudo me decían, “Alfredo, a ti no se te cree ni lo que comes”.

“Todo lo que contaba era inventado. Mi padre era muy tímido, formal, disciplinado, todo lo anti-heroico que te puedas imaginar. Aun así, una vez compró un carro idéntico al del campeón de las carreras de esas a las que iban como dos mil carros y terminaban como cien. Eran unas carreras increíbles, lo que ahora llaman rally. Muchos las aprovechaban para huir de casa. El gran campeón se llamaba Arnaldo Alvarado. Y mi papá compró un carro igualito. Un día íbamos para la casa, y me dice mi papá, “Alfredo, ¿por qué no hacemos una prueba con este carro tan veloz?” Empezó a acelerar y el carro casi volaba. De inmediato bajó la velocidad y dijo “es mejor llegar 10 minutos luego que un minuto de silencio”.

“Yo, que quería un papá más intrépido, encontré en su carácter comedido la magia literaria. Mis papás empezaron a escuchar las historias del papá de Alfredo Bryce, que es ese Arnaldo Alvarado. Empecé a ganar adeptos y terminé siendo el ídolo de la escuela y el chico más envidiado. Me dejaban pasar al frente al hacer fila y me ponían buenas notas. Cuando salían las clases, todos mis compañeros esperaban el carro del gran Arnaldo Alvarado, el papá de Alfredo. Hasta que un día llegó mi mamá, y mis compañeritos le preguntaron, asombrados, casi sin aire, de la emoción, ¿usted es la esposa de Arnaldo Alvarado, el papá de Alfredo?” Mi madre, con su enorme devoción, se limitó a contestar, “si lo dice Alfredo, así es, ¿por qué lo dudan?”.

“En el colegio le conté a un profesor que tenía problemas por andar inventando historias, y él me dijo que el problema era que yo había nacido escritor y ni me daba cuenta. Me orientó en la lectura, y por dicha que no empezó con El Quijote porque yo no lo hubiera soportado. Inicié con “La vida de el Quijote y Sancho”, de Unamuno, en un lenguaje que me resultaba más accesible. Y tras de todo, empecé tarde porque primero estudié Derecho para complacer a mi papá. A los 27 me fui para París y ahí me puse a escribir”.

Chase se va del país en el 67 y regresa en el 69. Vagabundea por Estados Unidos y México, va de universidad en universidad, y estudia Diseño Gráfico en la UNAM.

En 1968 intenta suicidarse. Le pusieron los Santos Oleos, pero recibió una segunda oportunidad. “Pasé el túnel que pasa todo el mundo. Traté de suicidarme en mayo y mi papá murió en setiembre del mismo año. Mi papá cambió su vida por la mía”, relata.

“Desde entonces, pienso que no me voy a morir nunca. Me voy a integrar a lo que sea, pero morirme, nunca -continúa-. Desde que sobreviví del suicidio, fue muy difícil pararme. He publicado regularmente. Algunas obras no son de la altura de otras. Algunas son irregulares. No me importa. Ya escribiré la novela perfecta”, sentencia.

“Mi comportamiento patológico obedece a que soy hijo único. Desde la muerte de mi papá, todas las relaciones que he tenido con hombres y mujeres han sido desde una posición de Padre”.

De esos tiempos turbulentos surgió su libro “Cuerpos”. En México se encuentra con Cardona Peña y Eunice Odio. Y tiene aquí el apoyo de Margarita Bertheau, Ninfa Santos y Margarita Esquivel. “Aprendí que la obra es la que distingue a los escritores. La leyenda se desvanece. Lo que queda es la obra. ¿Qué sería de Eunice Odio sin “El tránsito de fuego”, por ejemplo?”, dice Chase.

Con Marcos y Chávez

Al inicio de los 70s publica “Las puertas de la noche”, otra novela de vanguardia. Y entra al Ministerio de Cultura con don Alberto Cañas. “Don Beto fue paciente y tolerante conmigo. No le gusta lo que escribo ni mi personalidad, pero me respetaba”.

“Además, a partir de los 60s y, sobre todo, en los 70s adquiero una conciencia y una visión política de América, a partir de Martí, Bolívar, Madero y Zapata. Por eso admiro al sub Marcos y a Hugo Chávez, que son catalizadores, algo así como el Polo Norte y el Polo Sur”.

Le replico y sigue adelante. “¿Cuál es el problema de ser populista? Los populistas optan por la economía social y las garantías sociales. Es todo lo que hizo Eva Perón, y lo que hizo está muy bien hecho”.

¿Inmortal?

Le pregunto acerca de sus obras inmortales. “Ninguna obra es inmortal. Lo único inmortal es mi conciencia. He creado mi propia alma, gracias al cultivo del espíritu, que está en el cerebro. No hay cielo ni infierno. El infierno son los otros, y el cielo lo forman los lectores”, dice.

“Mis cuentos y mis ensayos han abierto camino. Son una obra adelantada. Es que lo único importante es competir con uno mismo. No compito con nadie por premios”, explica Alfonso, quien considera que su narrativa es lo más valioso que ha producido.

“A pesar de eso, aprendí a vivir como un poeta. Para mí, el gran creador de todos los tiempos es el Mago Merlín, capaz de crear su propia historia y la historia de los demás. Y admiro muchísimo al Conde de Saint Germain, quien ha vivido 482 años y todavía se aparece”.

A su manera

Camilo: -Me parece que, a pesar de que habla de sus amigos, en esto de la literatura usted es lo que en Costa Rica llamamos “un pizote solo”. O sea que…

Bryce: -Sí, sí, he hecho carrera literaria a mi manera, solo y alejado, nunca en un boom ni en un antiboom. Soy un hombre que quiso tanto escribir que ya ha escrito tanto. Mi mayor premio sería que me castiguen como en “Las mil y una noches”, que me encierren y que sobreviva por los cuentos, por la calidad de mi prosa.

Camilo: -La lectura de un escritor es diferente. Dice García Márquez que se dedica a ver las tuercas del autor del libro. ¿Tiene algún método particular de lectura?

Bryce: -El gran tesoro es releer. Un día de estos me encontré con dos novelas de un joven escritor sudafricano. Las compré en España, por pura intuición. Siempre compro por pura intuición. No leo suplementos culturales.

“Ahora que estuve en Las Palmas de Islas Canarias, me llevé a mis grandes maestros, para releerlos. Stendhal, que es mi super favorito, quien me parece que conforme pasan los años escribe mejor y mejor. También Flaubert y Balzac. Proust ya no, pues fue una herencia de mi madre, que lo adoró siempre. Así que ya lo había leído en el colegio, y no me influyó tanto durante la época de mi formación como escritor”.

“Pasé como cinco o seis meses, en un hotel con todas las comodidades. Caminaba por horas en la playa, pasaba seis horas con Stendhal o Flaubert, luego dormía por las tardes y, después, a escribir. La escritura produce dolor, aislamiento. Uno va desarrollando un sexto sentido. Como dijo mi profesor de colegio, lo más difícil es llevar toda la inventiva al papel”.

“A partir de cierta edad, hay un enorme goce en la relectura. Más cuando ocurre como en mi caso, porque soy alguien que no tiene respeto por el libro objeto. Los rayo, les arranco hojas”.

Camilo: -Le comparan frecuentemente, en peso y en dimensiones, con Mario Vargas Llosa…

Bryce: -Mario es muy inteligente, es un gran intelectual. Es un escritor cerebral. “La fiesta del chivo”, por ejemplo, surge de unas 100 mil entrevistas. En cambio, yo llego a la realidad literaria por otros caminos. Mario concibe una novela como un plan. Es una creación estructural. Mi obra es la obra de un novelista artista. “Escribo más que todo con base en la emotividad. Escribo con las tripas, como dicen en Francia. En mis obras todo está escrito con el cuerpo y el alma. En las novelas de Mario, sobre todo en las primeras, que son las que más me gustan, como “La Casa Verde” o “La ciudad y los perros”, la historia viene precedida por un plan. En “La ciudad y los perros” hay un plano del colegio militar, y en “La Casa Verde”, un plano de la Amazonía peruana.

“Alguna vez quise seguir esos pasos de Mario, sobre todo cuando estaba escribiendo la novela “Reo de Nocturnidad”. Cuando la iba a escribir estaba viviendo en Montpellier, donde estaba trabajando como profesor visitante. Al llegar a esa ciudad, me dieron un plano de la ciudad y lo guardé de recuerdo. “Empecé a escribir la novela con el plano al lado. Quería ubicar la novela en esa ciudad. Pero en un momento ya no soporté más su presencia, y me pregunté en voz alta, “¿qué hago yo con todo ese mar de verdad?”

“Lo que yo no recuerdo, lo invento. Eso que escribí sobre Montpellier es un invento, es un Montpellier muy peruano. Poco tiene que ver con la realidad”.

Camilo: -Quiso seguir ese camino de Vargas Llosa, pero su talento es distinto. En cambio, sí encuentro una influencia de su obra en las novelas de la segunda etapa de Vargas Llosa, sobre todo en obras como “Pantaleón y las visitadoras”.

Bryce: -Sí, él lo ha aceptado. Un día estábamos caminando por las calles de Barcelona, y nos topamos con una librería. Entramos y vimos de frente una pila enorme con libros de Manuel Puig. Mario los esquivó y me dijo, “estos libros me persiguen, una vez me equivoqué con el humor de Puig, voté en contra de él para un premio y me siento mal por eso”.

“Sin embargo, a pesar de que tienes razón cuando dices que hubo una transformación en Mario con obras como “Pantaleón y las visitadoras” o “La tía Julia y El escribidor”, también debes notar que lo que hay allí es cómico, no humorístico. Incluso, fíjate que en esa obra hay cierto desprecio por el escribidor. Y en su obra, desde siempre, señala la obsesión de Mario por el tema del fracaso, que es una obsesión de él como escritor. También ocurre en “Conversación en la catedral”.

Camilo: -Pero su Juan Manuel Carpio también fracasa en “La Amigdalitis de Tarzán” e igual le ocurre el Don Juan peruano de uno de sus relatos de “Guía triste de París”.

Bryce: -No, no, te equivocas. Mis personajes no fracasan. Por ejemplo, Pedro no muere, lo matan cuando lo están dejando de querer. Su amada sabe que sin ella, Pedro no sabe vivir. Su condición natural es estar enamorado de ella.

“Manongo es un tiburón financiero, un ladrón, el rey de paraísos fiscales, y cuando busca el amor, lleva unas pastillas por si no llega la Teresa famosa. Mis personajes no son unos fracasados. Son unos locos que llevan sus locuras hasta las últimas consecuencias”.

Poesía y bolero

Camilo: -La poesía encuentra un nicho sagrado en algunos párrafos de sus relatos. En “La Amigdalitis de Tarzán”, Fernanda escribe algo maravilloso. Dice en una de sus cartas que “en Londres, el sol casi sale”.

Bryce: -Me encanta que menciones eso. Por ejemplo, no sé cómo Quevedo no es considerado un gran compositor de boleros, sobre todo cuando escribe “polvo soy, más polvo enamorado”. En ese sentido, ¿qué tienen “Los Panchos” o Lucho Gatica que no tenga Quevedo?

Camilo: -El bolero sale y vuelve a salir en “La Amigdalitis de Tarzán”. Es más, Juan Manuel Carpio se gana la vida cantándolos…

Bryce: -Muchos boleros son perfectas novelas de amor que duran 3 minutos. Los boleros son ramas de poesía popular, y yo me ocupo de dejar ahí mis propias perlas, que las dejo ahí, en mis obras. Eso que tú me recuerdas, de “el sol casi sale”, creo que es el único bolero que existe sobre Londres.

Camilo: -¿Fue muy difícil matar el fantasma de Julius para seguir escribiendo?

-No, no me costó en el plano literario. Me costó porque fue una novela de mucho éxito. Yo estaba acostumbrado a ser aislado. Me hizo daño el ir y venir, las fotos y la fama. Pero después de Julius, de nuevo me metí en París, y surgió la obra “La felicidad ja ja”.

Camilo: -Mario Benedetti también tiene apego por la oralidad. Se ha dicho que su obra, don Alfredo, no se parece a la obra de ninguno de los otros escritores latinoamericanos. Pero algunas de Benedetti tienen cierta cercanía…

Bryce: -Pero la obra de Mario es más de protesta. El es un militante. En cambio, lo lúdico es lo mío. En mi obra siempre hay mucho de juego.