Seleccionar página

por Camilo Rodríguez Chaverri

Le tienen miedo a la cultura

Era un colegial de pueblo, que todavía se perdía en el centro de la capital. Preguntando y preguntando, y después de un buen rato, di con su casa. O con su oficina. O con su estudio. Como quieran.

Toqué la puerta asustado, nervioso. Una cabeza con una pipa salió por la azotea. Su barba de siglo XIX me resultó particularísima.

Llevaba un libro de poemas y él me recibió como si fuera de la familia. Nunca se quitó la pipa de la boca, pero sus consejos y sus palabras me orientaron en la densa selva del verbo.

Es que Alfonso Chase tiene puertas y ventanas en el alma, y por ellas sale y entra luz, y hay acceso para quienes quieran aprender de sus palabras.

He vuelto varias veces como periodista. Es incisivo, cordial y fulminante. Sus frases llevan balas y rosas. La construcción de sus respuestas y la audacia de sus salidas siempre asombran.


Ahora cambió de sitio su guarida. Su casa conserva lo mágico y maravilloso que siempre han tenido sus pertenencias. Es un pequeño apartamento de escritor, lleno de secretos y misterios, lleno de retratos de genios que lo acompañan en el milagro de la creación.

En la salita hay una cabeza de ajos para ahuyentar las malas vibras y al cerrar la puerta me encuentro con dos herraduras.

Sentado en el sillón que me ofrece, veo fotos de Eunice Odio y Yolanda Oreamuno, del escritor cubano Lezama Lima, de Evita Perón y el Che. Y justo al lado del guerrillero argentino, una foto del subcomandante Marcos, con su pipa que los hermana.

Así es, porque no tardo allí ni dos minutos cuando regresa Alfonso con su pipa y el humo que se posa sobre los retratos de su inspiración política: allí están los retratos Don Ricardo y don Pepe, Manuel Mora, González Flores y el Doctor Calderón Guardia.

El vive entre ellos, y entre sus ídolos, el Mago Merlín y el Conde de Saint Germain. Y al lado de una ventana, un rótulo que dice “Relojería Chase” y que perteneció a su padre, quien en una de tantas fue relojero.

Esa es la cueva sublime de un hombre que vive entre siete mil libros y de un poeta y cuentista que lee el Tarot.

Es una leyenda

Al lado de la obra de un escritor o un artista, está la leyenda que haya sido capaz de construirse. Alfonso ya tiene un sitio en la historia de Costa Rica, aunque no sea la historia oficial.

Ha publicado 32 libros, ha ganado muchos premios, y ha dicho todo lo que le ha dado la gana. El mismo reconoce que eso ha provocado que no tenga la posición social y económica a la que tuvo acceso.

Le tienen miedo. La sociedad le cobra haber sido irreverente y lúcido, brillante y atrevido, audaz y travieso. Todo sobre una sola cabeza, todo en una lengua sin pelos, todo en una pluma luminosa.

Mientras conversamos lo llaman guardas de parqueo y estudiantes, jóvenes escritores y señoras de la burocracia. Todo el mundo le dice “Alfonso”, que ya es una buena señal de apertura más allá de los límites entre clases o generaciones.

Es que se crió en Hatillo, y su alma sigue ahí, en la clase media y la gente pobre de nuestro país. Es populista, ni lo niega ni le apena. Es urbano, homosexual, prolífico, certero, ingenioso e irregular. Lo acepta tranquilamente. Y su obra marca a una generación, describe muchas épocas y se ganó un sitio de lugar en la que le corresponde vivir.

Niño adoptado

Alfonso nació en Cartago, en 1944. Su padre, Luis J. Chase, enseñaba guitarra y era traductor. Había vivido 35 años en Estados Unidos y Europa, y podía impartir lecciones del mundo, pues fue hasta marinero. Y su abuelo era norteamericano.

Es hijo adoptado. Tuvo oportunidad de conocer a su padre biológico, en su lecho de muerte, pero se quedó con la familia Chase Brenes.

Se crió en la Zona Americana de Golfito, en los tiempos más rudos de la compañía bananera, cuando también existían la zona amarilla y costarricense, y los barracones, donde los peones (sobre) vivían.

Estuvo frente al mar hasta 1951, cuando su padre perdió su contrato por apoyar a algunos empleados que luchaban por organizar una huelga. Entre otras cosas, se le acusaba por recibir en su casa a Danilo Jiménez Veiga, quien también promovía movimientos reivindicativos.

A los 6 años sabía leer y escribir. Dice que empieza su actividad artística en el kínder George Washington, y en la Escuela Jesús Jiménez.

Luego empezó su peregrinaje por San José. Vivió en Guadalupe, Colima y cayó en Hatillo.

Adolescente de Hatillo

Su papá estaba en la ruina. Tenía una finquita en Guápiles, pero la perdió. Y forman parte de gente que accede a una vivienda en el gobierno de Don Pepe.

Tiene 10 años y empieza a conocer desde adentro eso que se llamó el fenómeno de la clase media. A los 12 años entra a la Escuela Manuel Belgrano y luego pasa por el Liceo del Sur.

Dice que a los 13 empieza a escribir por hambre, pues promovían en los colegios concursos en los que daban premios de 50 colones. “Escribía cuentos, y con eso pagaba el agua y la luz, y me quedaba algo para comprar libros en la Lehmann y en la Librería Chilena”, cuenta Chase, cuyos autores iniciáticos fueron Herman Hesse, Oscar Wilde y Horacio Quiroga.

“Me impresionó muchísimo el libro ‘Leyendas de Guatemala’, de Miguel Angel Asturias. De los nuestros, Fabián Dobles y Calufa Fallas, e influyó muchísimo en mí la novela Manglar, de Joaquín Gutiérrez”.

Lilia Ramos

Cuando está en Primer Año del colegio conoce a la legendaria Lilia Ramos, quien se convierte en su sicóloga. “Mis papás me llevaron donde ella porque ya era inmanejable. Y a través de ella conocí la literatura costarricense. Lilia recibía libros de mucha gente”, cuenta.

Va a una sesión por semana, y Lilia no les cobra a sus padres porque sabe que son pobres. A cambio, Alfonso le sacude los libros. Lilia era marxista y le enseñó que el trabajo hace al hombre.

Le pregunto si es cierto que Lilia tenía los borradores de Yolanda Oreamuno, y me aclara que quien tuvo el borrador revisado de ‘La ruta de su evasión’ fue su madre, Brenes, quien la recibió de Luis Beltrán Prieto.

Y crece Alfonso en medio de la argolla de la época, de la mano de Moisés Vincenzi, Arturo Echeverría, Juan Manuel Sánchez, Julián Marchena y Luisa González. De 1958 a1963 ellos le son familiares.

En la universidad

Ingresa a la UCR en el 59, y ya conoce a Jorge Debravo, Laureano Albán, Julieta Dobles, Rodrigo Quirós y Marco Aguilar. Entra a un taller de Lenín Garrido llamado “Alguien más”, sobre poesía y apreciación del arte.

En la U se junta con los jóvenes brillantes de su época. Marjorie Ross, Fernando Berrocal, Álvaro Quesada (q.d.p), Eugenia Chaverri, Zulay Soto, Arabella Salaverry y Mariamalia Sotela.

Estudia “Ciencias del Hombre”, un híbrido entre Sociología y Antropología. “Era buen alumno, pero muy vago. Perdía el tiempo en todo lado. Pero don Carlos Monge me defendía. El me aconsejaba que me hiciera profesional para salir de pobre, pero lo mejor fue lo que aprendí de profesores como el Padre Benjamín Núñez, Abelardo Bonilla, Eugenio Fonseca Tortós, y Teodoro Olarte, quien fue el que más influyó sobre mí”.

Es la época en que conoce y se junta con nuestros grandes escritores de este tiempo, Julieta Pinto, Carmen Naranjo, Daniel Gallegos. Y también están allí Cecilia Crespo y Álvaro Montero Mejía, con grupos de análisis, y figuras superlativas como Rodolfo Cerdas y Manuel Formoso Jr.

Sus primeras obras

A los 21 años publica “Los reinos de mi mundo”, un libro de poesía muy elaborada. Luego “Árbol del tiempo”, y una novela experimental llamada “Los Juegos Furtivos”, que fue pionera en literatura urbana junto a “Los perros no ladraron”, de Carmen Naranjo, y “Los dos reales y otros cuentos”, de Durán Ayanegui.

Luego se va a trabajar de bibliotecario a la Oficina del Café, y lo mandan a formarse en Colombia y México. Se une a grupos intelectuales y empiezan a publicarle poemas y cuentos en revistas latinoamericanas.

“Y el Círculo de Poetas, de Laureano Albán, es fundamental para dar a conocer nuestra poesía. De Laureano se habla mal porque le tienen envidia, y por haberse convertido en un personaje literario y un poeta profesional. Es latoso, pero siempre pensó en el grupo, nunca pensó sólo en él”, explica.

Jorge Debravo

“Jorge Debravo tenía una enorme profundidad. Se conocía a sí mismo como poeta. Era humildísimo. Siempre hizo trabajos menores, pero con dignidad de campesino, que sabe que él vale aunque esté trabajando en una oficinilla. Estudió esoterismo, ocultismo. Era un hombre muy espiritual”, cuenta Alfonso sobre nuestro gran poeta.

“Jorge era profundamente anticlerical. Era panteísta. Sabía que Dios está en todas partes. Veía a Cristo como un iniciado”, cuenta Alfonso, quien estuvo con Debravo hasta 15 minutos antes de que muriera.

Le pregunto si se considera excéntrico. Su respuesta no deja dudas. “A partir de mi segundo nacimiento, cuando intenté suicidarme, aprendí a aceptarme como soy. Más que excéntrico soy extravagante. Cuando uno es excéntrico el centro ya no es uno. Yo soy el primer asombrado con lo que digo y escribo”. Le digo que si le gusta escandalizar. “Me es indiferente. Me sorprendo no de tanta gente que nos detesta o me saca la lengua, sino de tantos que me quieren y apoyan. Vendo muchos libros. Tengo un público que crece. Consiste en unos dos mil lectores”.

“Agarro un bus y me voy para donde sea. Me reúno con estudiantes y dirigentes comunales. Me encanta saber qué opina la gente. Mi universidad es el mercado. Ahí aprendo más que en Harvard”.

Otra vez lo interrumpo, porque, a pesar de lo que dice, otros lo consideran un gurú de la argolla cultural. “Yo soy parte de esa argolla, y me molesta cuando veo que se cierra. Son élites culturales. Aquí ocurre en todo. ¿Cuánto hay que pagar para ser diputado o magistrado? El problema es cuando la plata y el apellido pueden más que el talento. No es lo mismo llamarse Camilo Pinto Guardia que llamarse Camilo Rodríguez Chaverri”, dice Alfonso.

Sociedad estratificada

“Nuestra sociedad es muy estratificada. Del año 1970 para acá, 468 personas han sido ministros, diputados y presidentes ejecutivos, entre 468 personas se reparten todo el poder”, dispara Chase.

“La clase media es un decorado. Es la gradería de sol. Y no la dejan jugar”, apunta.

“Por eso no estoy de acuerdo con que se meta plata en política, pues convirtieron las elecciones en industrias. Quiero que un ama de casa o un jardinero sean diputados. Los prefiero porque le pueden dar más al país que los diputados con apellido y chequera”, manifiesta, fulminante.

“Por esa importancia de la plata en política es que hay tantos chorizos. Por ejemplo, quieren vender las instituciones porque hay muchos millones de por medio”.

“La Segunda República ha muerto. Hay que crear una Tercera República con participación de la gente. En Costa Rica la evasión fiscal demuestra que hay mucha injusticia social, porque la clase media y los pobres sí pagan sus impuestos. Los que se roban los 20 mil millones en evasión son los ricos.”.

Le pregunto porqué no quisieron que siguiera como Director Nacional de Cultura. “Me quitaron porque la cultura, cuando funciona, tiene una proyección política. Toda acción cultural activa es peligrosa. Cuando dije que debían crearse Consejos Nacionales y Regionales de Cultura, ellos se asustan. La base de cualquier cambio es la cultura. Por eso les resulté incómodo y molesto”, explica Chase, quien considera que, a pesar de eso, este gobierno ha apoyado las reformas a los premios nacionales y a la Editorial Costa Rica.

¿Ministro de Cultura?

Dicen que podría ser el Ministro de Cultura si gana Rolando Araya, en las elecciones de febrero del 2002… “Rolando es muy amigo mío y estoy trabajando con él. No me ha dicho nada. Tengo más de 20 años de conocerlo y no me ha defraudado. El sabe que el gobierno del 2002 tendrá que apoyarse en la clase media y clase baja”, arguye Chase. Se presume que el rival a vencer por parte de Araya será don Abel. “Es un autor que queremos mucho. Responde al mariachismo de hueso colorado. No me gusta eso de repartir tamales, porque lo que necesita la gente es saber cuáles son sus planteamientos—agrega—. Va a perder contra Méndez Mata, porque una cosa es que lo quieran a uno y otra que voten por uno”, cuenta Chase, quien no está de acuerdo con la actitud de Ottón Solís y considera que el político más importante de las últimas décadas es Daniel Oduber.

“Oduber fue el hombre más brillante, inteligente y exuberante que he conocido. Es el Príncipe de Maquiavelo, con toda la cultura de T.S. Eliot. Su visión de mundo era imperial. Fue un político formado en el dolor, en la aceptación, en el vacío de sus amigos”, recuerda.

Muy feliz…

De los 70s a la actualidad, Chase ha publicado decenas de libros de poesía, ensayo y cuento. Ha ganado muchos premios, y ha sido muy leído. Sin embargo, la mezquindad de otros se fija hasta en su opción sexual para atacarlo. “Soy uno de los pocos homosexuales felices. Algo tenían que sacarme en cara. He sido muy feliz y muy exitoso. He amado a personas muy bellas física y espiritualmente. Mis relaciones han sido largas y placenteras. En el círculo intelectual hay bugas y homosexuales. En cultura no hay sexo, sólo hay calidad. El mundo artístico está lleno de creadores homosexuales, pues son especialmente sensibles por su condición”, argumenta Chase. El se ha destacado especialmente porque produce mucho. Dice que trabaja todos los días, y que escribe de 8 de la noche a 2 de la madrugada. Investiga por las tardes, mientras que durante las mañanas ordena papeles, va al correo y cocina.

Sabe que como es inmortal morirá joven, y cree que Dios es energía, no “un viejillo de barba blanca, que pasa todo el día jodiéndonos”. Considera que Alberto Cañas ha sido el mejor ministro de Cultura y que los padres de la cultura son Brenes Mesén, García Monge, Rodrigo Facio y Luis Ferrero. Hemos pasado cinco horas entre preguntas, palabras y tazas de té. El humo de su pipa se confunde con el de la pipa del sub Marcos que tiene junto a la mesa. Sus libros parece que tienen ojos y que nos dicen maravillas y misterios con sus miradas. Debe ser por eso que cuando uno sale de la casa de Alfonso Chase, siempre se siente tan acompañado.