
Texto: Amaya Izquierdo. Fotografía: JotaPe.
Supe de El Regreso, de Hernán Jiménez, en mi vida anterior. Sí, mi vida anterior, hace cinco semanas que vivo en San José: vine de Madrid a Costa Rica, periodista irremediable, cineasta sin remedio, con sangre de causas perdidas por ambos oficios. Uno resucita en una versión de uno mismo cuando cambia el suelo que pisa por el de otra patria. En Madrid, y a través del Kickcstarter’s blog, seguí todo el proceso de financiación del filme, que ya me parecía interesante. Y, ya vista, es muy emocionante la extensa lista de co-productores asociados, de personas sencillas que creyeron en la película, que se muestra en los créditos finales.
Ayer, agarré cuaderno y boli y pillé dos autobuses para llegar a un mall que está cerca de casa, pero al que no se puede ingresar directamente si no es en coche carro. Los no motorizados debemos de ser invisibles. El Regreso habla de esa invisibilidad, pero a través de la ceguera. De una cierta naturaleza del tico, tan contrario al conflicto que acaba dando por bueno lo que le echen, aunque abusen de él, sin querer verlo, sin mirarlo demasiado. Hernán Jiménez nos confronta con ella en una película honesta, algo naive, algo tímida a veces, pero, ante todo, honesta.
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