Seleccionar página

Es una suerte tener a David aquí en Madrid, si no fuera por él se me pasarían las horas entre las prácticas y ordenar el caos de mi proyecto de graduación.

Esta vez él me dio la voz de alarma para dos eventos que coincidieron este miércoles, Laurie Anderson y el chivo de Las Robertas aquí en Madrid.

Todo hay que decirlo, no había escuchado nunca Las Robertas, tenía mucha curiosidad, una banda que con relativa facilidad está dando de que hablar fuera de Costa Rica, amigos que nunca se han caracterizado por  escuchar música de la escena nacional me las habían recomendando con descripciones del tipo “es como un Sonic Youth” , “como Los Ramones con chicas”, etc.

Cuando llegamos al Nasty Club se nos ocurrió que no era la mejor idea ver a una banda de rock luego del trance que significó la presentación de Laurie Anderson,  una de las artistas multimedia más sólidas y con más trayectoria de la actualidad.  Yo venía sintiendo en mi sangre el dolor de respirar, de buscar en el polvo de los astros las partículas de mis ancestros, de querer apostarlo todo contra un diablo con máscara de Tom Waits.

Y de repente aquí estaba, en una calle sucia de Madrid, el neón rosado con la palabra Nasty contamina la penumbra, uno solo tiene dos opciones en un caso así, o cortarse las venas o… me pido dos cervezas, el mundo vuelve a tomar consistencia, le pido a los dioses del rock que no me abandonen una vez más.

Pero los dioses son poderosos y crueles, abre un chico venezolano con su guitarra y su sampler, me aburro, no se puede salir de un show de Laurie Anderson a ver cualquier cosa, el listón es demasiado alto, en otro momento quizá, en otro estado del alma.

Salgo del bar y encuentro a Las Robertas en la acera, me acerco y pregunto si después van ellas, una grito de sorpresa por parte del baterista: “Mae usted es tico”.  El acento es como un hilo de Ariadna para no perdernos en los recovecos de la aldea global.

Hora de volver a entrar, empiezan Las Robertas, son ciertas las críticas, uno, dos, tres acordes, un sonido crudo y simple con voz de mujer, montado sobre la cadencia de esta batería que retumba como los altares erigidos a cultos olvidados.

Es cierto, no es buena idea escuchar cualquier cosa después de Laurie Anderson, pero es muy buena idea escuchar a Las Robertas, el sonido me refresca, los dioses se han dignado a escucharme, sé que cuando salga del chivo Madrid tendrá  a mis ojos otro color.

Pasan dos piezas, el público entra en calor y yo también, saco la cámara y comienzo a tirar, debo subir la sensibilidad, esta música requiere imágenes que le hagan justicia.

Las Robertas han sido una alegre sorpresa, el sonido se sostiene bien gracias a un baterista de primera línea que funciona por contraste con el resto de la banda, un sonido simple y potente a la vez, comprendo porque a Las Robertas se les ama o se les odia, yo por mi parte estoy en el primer grupo, y creo que el público madrileño también.