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Luis Barragán nació en Guadalajara en 1902 en una aristocrática y prospera familia, creció en un gran rancho cerca del lejano pueblo de Mazamitla en Michoacan, una región conocida por su bella arquitectura vernácula.

Aunque su formación fue de ingeniero, Barragán descubrió que tenía una afinidad más fuerte por la arquitectura. El nunca estudio ni tampoco se recibió oficialmente como arquitecto (lo cual no evito que recibiera el premio Pritzer, el “premio Nóbel” de arquitectura en 1980). Su educación en arquitectura proviene de la escuela de ingeniería (lo que fue suficiente para permitirle construir casas), de otros arquitectos, y de la experiencia practica. Mas tarde el sintió que la carencia de conocimiento académico en arquitectura fue probablemente una bendición- liberándolo de los alcances rígidos de muchos de sus colegas y permitiéndole alcanzar soluciones instintivas a problemas de diseño.

A los 20 años vivió en Europa como parte de su proceso formativo. En Francia encontró los escritos de Ferdinand Bac, un arquitecto del paisaje de origen francés, ilustrador e intelectual. Los libros ilustrados por Bac en el arte del paisaje -Le Colombier y The enchanted gardens- sugerían que los jardines deberían ser lugares encantados para la meditación, con la capacidad de hechizar al espectador. Estas ideas fueron una gran influencia en el futuro de la carrera en el paisaje de Barragán, especialmente desde que fue capaz relacionar el ambiente mediterráneo enmarcado en las ilustraciones de Bac al de su nativa Guadalajara con su clima similar. Cuando Barragán finalmente conoció a Bac y discutió de arquitectura con el, Bac le mostró “con la fuerza de una revelación” un nuevo y profundo entendimiento de los elementos básicos de construcción: vigas, tejas, arcos, y como los elementos naturales como rocas y piedras, el agua, y el horizonte jugaban un papel en el diseño.

Regresando a Guadalajara, Barragán reanudo su amistad con dos arquitectos de su generación, Rafael Urzua e Ignacio Díaz Morales. Ellos también estaban empezando a construir casas con influencia Moroca similar a las de Barragán. Juntos estudiaron los libros de Bac, y Barragán empezó a diseñar patios los cuales hechizarían al usuario, y continuarían su investigación hacia una “arquitectura emocional”.

A finales de los 30’s Barragán se muda a vivir a la Ciudad de México. Diseño una serie de edificios al estilo internacional, que para entonces había llegado a ser muy popular (más que en cualquier otro país).

Fue en los 40’s que Barragán empezó a descubrir un estilo mas personal por el cual su posteriores trabajos serian fácilmente reconocidos. De 1943 a 1950 estuvo ocupado con los jardines del pedregal, un proyecto del paisaje en un área árida cubierta de lava volcánica cerca de San Ángel en la parte sur de la Ciudad de México. Su intención fue crear un área de casas selectas, irrumpiendo lo menos posible en el paisaje inusual y casi lunar. Actuó como urbanista y arquitecto, diseñando varias casas para el pedregal y planeando calles, estanques, senderos, y fuentes- siempre con la intención de proteger las formaciones rocosas naturales. Paredes de roca y lava dividían lotes; vegetación natural, además cactus y chilares fueron preservados.

Poco después de que Barragán se mudo a México, conoció a otro tapatío, Chucho Reyes. Reyes -artista, anticuario, y creador de ambientes fue un apasionado defensor de la cultura indígena en México. Había sido influyente en la transición de la influencia francesa a la mexicana en decoración interior que ocurrió durante los 30’s y los 40’s. Una gran afinidad creció entre aquellos dos hombres, y Reyes muy pronto se convirtió en la mayor influencia en el crecimiento creativo de Barragán.

Durante el periodo de su trabajo en el pedregal, Barragán empleo a Reyes (pagándole por día) como consultor. Además de ayudarlo con los problemas diarios de diseño, Reyes fue un catalista en la metamorfosis radical del estilo de Barragán. Los edificios de apartamentos genéricos, de estilo internacional y casas de influencia moroca de lo 30’s le dio el camino hacia el altamente abstracto y personal trabajo de su periodo de madurez, empezando en los 40’s con el pedregal y continuando, como un proceso de refinamiento para el resto de su carrera.

Durante este periodo de transformación, Barragán descubrió su país. Su subsecuente arquitectura puede ser vista como un destilamiento de las proporciones y detalles de los viejos conventos coloniales mexicanos, monasterios y haciendas. Un profundo católico, Barragán fue también influenciado por el espíritu de gracia y soledad con el cual estos edificios están fuertemente inmersos.

Durante los 50’s en adelante, Barragán se vio envuelto en mas proyectos del paisaje y residenciales. Construyo una capilla en 1955 en Tapian en la Ciudad de México, y diseño otros que permanecen sin construir.

Barragán nunca fue prolífico, pero nunca fue decepcionante que a finales de los treinta años de su vida activa solo produjo tres casas: La casa Gálvez en los 50’s, San Cristóbal en los 60’s y Casa Giraldi en los 70’s.

Aunque muy poco de su igualmente remarcable trabajo paisajista ha sobrevivido, Barragán es mejor conocido por sus casas. Cada casa fue una variación de un tema continuo. Barragán no estaba interesado en la innovación técnica, y estaba contento con un simple vocabulario de materiales como el adobe y vigas de madera.

Sus casas fueron monásticas en espíritu y representaron un refugio de la vida contemporánea. Los cercanamente integrados espacios interiores y exteriores fueron rodeados por paredes diseñadas para crear un ambiente privado y sereno. Las dimensiones de las ventanas fueron limitadas excepto cuando daban a un patio privado, con su estanque y fuente. Como Barragán explico: ” La arquitectura, además de ser espacial, es también musical. Esa música es interpretada por el agua. La importancia de las paredes es que nos aíslan del espacio exterior de las calles. La calle es agresiva, incluso hostil: las paredes crean silencio. Desde ese silencio tú puedes hacer música con agua. Después, esa música nos rodea.”

La pared es el más mexicano de los elementos de construcción, y con Barragán recibió una nueva expresión, llegando a ser escultura y logrando una extraordinaria plasticidad y monumentalidad. Puertas, ventanas y otras interrupciones en la superficie de las paredes fueron colocadas con la máxima intención. Barragán estaba constantemente haciendo cambios durante la construcción, a menudo derribando una pared para luego empezar de nuevo.

El color fue usado en la superficie de las paredes para efectos espaciales o para expresar estados de ánimo. Una pared podía haber sido pintada de azul como una metáfora del cielo, o amarillo para dar un efecto de luz solar.

En las palabras que el dirigió al recibir el premio Pritzker, indico la importancia que el dio a lo intangible de la arquitectura: “En proporciones alarmantes las siguientes palabras han desaparecido de las publicaciones de arquitectura: Belleza, inspiración, magia, hechicería, encanto, y también serenidad, misterio, silencio, privacia, asombro. Todas ellas han encontrado un hogar amoroso en mi alma.