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por Paola Valverde

La poesía es parte de todos; se desgaja y permite el alimento de las almas. En muchas ocasiones he escuchado comentarios como: “es que eso es muy profundo”, “no entiendo”, “no me gusta”… Y es cierto, sucede.

A lo largo de los años y de los sistemas educativos, las personas se han cohibido, se han negado a sentir, a expulsarse completamente por medio de una escena bella, de un beso, o de la imagen más grotesca que pueda surgir de la mente humana. Hemos enseñado a nuestros niños a memorizar, a aprenderse unas cuantas líneas de una materia para un examen final. Pero cuando volteamos la vista, cuando medimos el conocimiento, nos damos cuenta que existe un vacío en todos aquellos que llegan a detestar las matemáticas, los libros, la física e inclusive el arte.

Menciono la poesía ya que recuerdo una vez en que estaba yo rodeada de jóvenes universitarios, a los cuales, como parte de una conversación les pregunté: “¿Conocen a algún autor de poesía costarricense?” La mesa enmudeció, parecía poseída por el silencio de aquellos que hacía unos segundos habían estado hablando de las buenas fiestas que se “arman” en algún Lady´s Night. Me sorprendió el hecho de que ni uno pudiese mencionar tan siquiera un: Jorge de Bravo, Isaac Felipe Asofeifa… o cualquiera de los grandes que han marcado, marcan y seguirán marcando la pauta en la cultura costarricense.

Sin embargo muchos se mostraron interesados en el tema. Quizá la única vez que escucharon hablar de poesía fue en algún reportaje de Pablo Neruda, o en el colegio, cuando los ponían a aprenderse las rimas y a descifrar el significado de “Los Heraldos Negros” de Cesar Vallejo (a quien por cierto, terminaron odiando, ya que les produjo intensas noches de desvelo).

Les hablé entonces de las grandes pasiones, de los grandes amores (que no son precisamente los humanos), de una Alfonsina Storni que toda la vida fusionó el mar en su poesía… les hablé de todas las historias que nos construyen, de todas aquellas que nos condenan. Los miré fijamente y descubrí ilusiones, rostros mágicos cargados de dudas.

Nadie nunca los había tomado del brazo, ni los había empujado en un abismo para instarlos a volar. No comprendían el valor de un sueño, de un Mario Benedetti enamorado de la vida en su lenguaje más cotidiano. Y quisieron más, lo exigieron desde adentro. Supieron que hay necesidades más grandes que las físicas, necesidades majestuosas que rompen ataduras.

Es preciso llorar, amar, darse sinceramente a todo… eso lo he aprendido a través de los golpes, de los amigos que he perdido y las personas que me han herido. Y cada vez hay más poesía en mi vida, en cada espora de mi piel. Pero falta mucho, eso también lo sé. Ahora solo queda la tarea fundamental que es desatar sentimientos, palpar la naturaleza, ser más sensible y veraz.

Si lográramos que las personas que cimientan esta sociedad se enamoren de lo que hacen, de lo que leen, de lo que viven, viviríamos en un mundo más justo. Si lográramos que nuestros estudiantes admiraran al que barre la calle, porque cuando lo hace baila y es feliz, aprenderíamos que la poesía no es una academia de palabras, sino un conglomerado de minutos, de vida y sensaciones. Es muy simple, el cambio empieza ya…