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Debiéramos ser ficticios para entender la verdadera lucha por la  existencia. 

Por @_pellucci

Corré Peluchi corré, insistía Patas Frías desde atrás, por la calle que los conduciría al puente. Corré Peluchi, corré, dijo por última vez.

Peluchi respiraba el aire a grandes bocanadas y en el último tramo su tórax comenzaba a producir un silbido exagerado, como si inhalara y exhalara la propia vida. Corría, transpiraba en abundancia y no sentía miedo, tan sólo sabía que debía correr, luchando más con el fastidio de tener que huir que con la fatiga de mover todo aquel cuerpo imponente.

El Flaco, desde la retaguardia y asegurándose de que no los siguieran lo secundaba estirado sobre su figura longilinea, blanco como una luna y extraviado como un lunático, tal como él era. Trotaba endeble mirando las amplias espaldas de Peluchi que le cortaban el viento y le abrían un último espacio para existir en la noche anónima. Apenas recortados de la oscuridad, sus cuerpos levemente inclinados hacia delante, corrían con tal suavidad que con cada paso parecían retardarse en vez de avanzar, como en esos interminables sueños que transcurren sobre un desplazamiento en vano.

A los costados, revenidos por el rocío, los matorrales. La noche era fresca, despejada y oscura en todas partes. En el apuro apenas si percibieron el olor fresco del verde de las plantas, el cielo oval saturado de estrellas y el sonido de los pedregullos. El marco de las vivencias se estrechaba a medida que la huida avanzaba.

Al  llegar a la orilla del río Peluchi se detuvo, recobró aliento y esperó que su compañero lo alcanzara. Cruzaron juntos por el angosto puente mientras el tiempo se les escurría por las palpitaciones de sus cuerpos agitados. No hablaban, guardaban las energías para aquellos instintos que los habían mantenido incluidos en la  vida hasta ese entonces.

Mientras caminaba por el puente Peluchi tendía a inflarse y a parecer más corpulento. Patas Frías se veía endeble, tenía frío y sus ojos hundidos en cuencas desteñidas parecían fijarse en horizontes aún menos creíbles.

Entre los árboles y barrancas del río había sitios para esconderse, pero pronto todo se desvanecería en un último y arrasador amanecer.  Asomados al cauce del río, como a un destino, partir les parecía desmedidamente grande, pero sabían muy bien que regresar era imposible; porque volver será solamente una ilusión para los hombres.

 Peluchi tenía unos cuantos años,  un físico voluminoso y toda una vida para charlar. Su boca parecía una máquina de masticar palabras por donde salía una voz carrasposa, su mirada era saltona y ansiosa, sus manos cálidas.

Era común notarlo incómodo en el mundo y no era muy capaz de permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar, una inquietud incontrolable lo obligaba a desplazarse constantemente.

Se dedicó entonces al comercio del transporte, el único que le permitía cambiar todo el tiempo de sitio y respirar diferente aire. Comenzó haciendo mudanzas y acabó por tener una flotilla de camiones: “Transportes Peluchi”.

Se enriqueció durante la década extraña, en una sucesión de políticas económicas desproporcionadas, sintiéndose muy a gusto con todas aquellas situaciones de un mundo que poca relación guardaban con la realidad.

El negocio empezó por su amistad con unos chinos que manejaban una importadora de mercancías estrafalarias e inútiles, entre ellas ositos de peluche. En poco tiempo llegó a convertirse en el principal distribuidor de ositos de peluche del país. Sus camiones transportaban buena parte de la existencia de peluches y él mismo repartía en su ciudad. Conducía un camión para estar en movimiento.

Pero en lo mejor de su escalada empresarial se contagió de una enfermedad desconocida, aunque bastante razonable. Desde su piel comenzaba a brotar una tenue, apenas perceptible capa de peluche. Este hecho añadió más rareza y dificultad a su existencia.

Un día con más tiempo para sí, se detuvo a reflexionar sobre lo que le sucedía, ya que la capa uniforme y homogénea de peluche que lo cubría se iba haciendo cada vez más mullida. Aún así no lograba creer que un fenómeno de esas características pudiese ser nocivo. Al fin, más movido por la curiosidad que por el miedo, visitó a un médico.

El médico lo saludó con ese gesto de tranquilidad superior que les proporciona aquello secretamente visto en la oculta especificidad de la ciencia; situaciones que un paciente no podrá ni siquiera figurarse. Pero la expresión se le borró inmediatamente al tocar la piel de Peluchi, y un médico despojado de esa mueca es un fantasma sin sentido.

De un modo análogo, y aunque el negocio de los ositos prosperaba, le resultaba curioso que esa foránea mercancía se hubiera transformado en una instantánea manifestación de cariño y menos que encarnara una de las expresiones más reconocidas del amor. Pero así pasaba, los ositos se regalaban serialmente y llegaron los tiempos donde el horizonte de niñas y señoritas fue un horizonte de ositos. Peluchi no lograría entenderlo, no en un plano cognoscitivo, sino como algo que no se logra superar emocionalmente.

Sin embargo, no fue necesario sufrir demasiado tiempo, nada de esto resistió su propia década extraña. El amor pasó de moda primero y después los ositos quedaron arrumbados sobre el techo de uno u otro viejo placard. La extinción de los peluches hizo tambalear el negocio, las ventas declinaron y la existencia de Peluchi comenzó a diluirse.

Distraída y esquiva su personalidad se fue desgranando. En aquel difuso estado, antes de perderse por completo, conoció a Patas Frías. El Flaco, como le decían, se comportaba como una de esas mascotas que no ladran pero permanecen, y esta compañía le bastó a Peluchi para continuar.

Jamás pudieron ubicar el encuentro en algún punto cierto de espacio y tiempo. Sus vivencias, harto intangibles, se disolvían y lo concreto se deslizaba hacia sitios inalcanzables. Habría sido un encuentro impreciso que no acordaban o no podían dilucidar. Peluchi lo creía por la mañana, en una calle de su barrio y el Flaco lo entendía hacia el anochecer, pero sin lograr reconocer el lugar.

Una vez juntos, Peluchi obtuvo valor suficiente para emprender otro intento material. Una discoteca bien puesta para gente de esa naturaleza; ironizaban. Y así fue. Una implacable diversidad de perfumados y perfumadas se congregaban en torno al atractivo que había generado la novedad nocturna. Peluchi y el Flaco observaban con  perplejidad disimulada la interminable fila que se extendía por varias cuadras, noche a noche y durantes horas en la pugna por ingresar al local.

Continúe con Peluchi y Patas Frías Parte 2.