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Por @_pellucci
Dibujo por Jorge Mari

Oscureció sin que lo notaran, porque la casa, como nunca, estaba herméticamente cerrada. Lo advirtieron cuando un disparo luminoso entró por el postigo entreabierto de una ventana. Era el flash de una fotografía trunca. Ya estaban allí, sobre el asfalto gastado de la calle que permitía entrever los adoquines de la ciudad vieja. La muchacha, esa que ellos admiraban silenciosamente, miró a los reporteros con el desdén de los que saben exactamente lo que harán. Retiró sus codos de la capota del auto y se internó también dentro de su casa.

Estaban allí al acecho de un suceso que podría transformarse en un buen relato. Pero la verdad salta rápidamente de cuento en cuento, y el descubrimiento siempre traerá profanación de lo sagrado.

Fue entonces cuando Peluchi salió de la casa, penetrando en la oscuridad del barrio con un salto enérgico. Detrás, apoyado en la pared, el Flaco dudó unos instantes, con sus ojos noctámbulos zambullidos en la negrura de la noche tratando de intuir los movimientos de la calle. Se lanzó a la carrera e intentó gritar con el poco aire que tenía ¡corré Peluchi, corré!.

Un grupo de fotógrafos los perseguían. Los evadieron, quizás, al precio de no tener retorno. Entre otros asuntos, ya sobre el apuro de lo culminante, descubrieron que deberían irse con las buenas maneras aprendidas. Y así lo estaban haciendo, sometidos a las formas de una fuga, mientras le escapaban por entero a la vida.

Una vez que estuvieron del otro lado del río, apenas si se podía verlos. Patas Frías seguía ahí y, aunque muy pálido o borroneado, ofreció un cigarro que Peluchi encendió. Es el primero o el último, que importa, lo importante es que le ilumina la cara. No se hablan, no dicen nada. Patas Frías pregunta al fin,  dónde vamos.

Un fotógrafo aparece en el otro extremo del puente, al parecer sólo por demostrar que todavía existían sujetos avezados. Peluchi se fastidia y observa de un golpe de vista que ese mundo no es para ellos. Tenemos que irnos, dice, y se afirma a la baranda.

Irse en el fracaso no serviría de nada, pero era irremediable, el mundo que los había creado con su alegría ahora los reclamaba con su dolor. Aun así, el Flaco mira con ánimo a Peluchi y permanece así un tiempo no demasiado prolongado, pero de existencia irrevocable.

-Hay que saltar, saltemos ahora, dijo con la nula autoridad que le proporcionaba su transparencia. Decidir ya no le pareció soberbio y temblando, como un papel antes de arder en el fuego de la ficción arrepentida, consiguió arrojarse primero.

Se lanzaron al río. En la caída el Flaco se veía en un descenso intermitente, apareciendo y desapareciendo. Peluchi ancho y completo, como última imagen.

Una fotografía confusa, como esas de los extraterrestres en las que no se ve nada, circuló sin éxito. Varias versiones compitieron en narrar el singular carácter referido a estos hechos, pero con el tiempo perdieron  entusiasmo, como ahora y aquí mismo se perderá por las heridas insalvables de este cuento.

Tendrán, tal vez, una o mil oportunidades de regresar, pero sumergidos en sus aguas, que son nuestras nadas, se liberaban.

El fotógrafo subido peligrosamente a la baranda tomó aquella exposición en vano. Una imagen difícil de capturar, mucho más sobre el final.

No los he vuelto a ver, pero puedo imaginarlos.