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Por @_pellucci

Al día siguiente, muy temprano, lo más discreto que sabía, Peluchi entraba por la puerta giratoria del banco con una carpeta repleta de papeles debajo del brazo, masticando un chicle para disimular el arrebato de alguna mueca sobrenatural.

Al mismo tiempo, el Flaco se sentaba adormilado en el borde de la cama y escuchaba los primeros ruidos de la calle: argumentos de una  discusión mezquina, los pocos autos de siempre y el singular sonido de los pasos de un niño que corría por la calle, dejando en el aire la vibración sonora del chasquido de sus zapatos. La mañana era limpia y relativamente fresca, la ciudad lucia reconfortada por el aguacero nocturno.

Patas Frías creyó que el niño llevaba un mensaje y que sus pasos perduraban sonoramente porque era un mensaje importante. Se levantó y precipitó hacia la puerta pero no vio nada. Sin embargo, pudo visualizarlo internamente, con sus pantalones cortos, los zapatos del colegio gastados y una remera blanca recién planchada.

Pero no logró contestar la pregunta fundamental que la situación habría venido a plantearle. Tampoco pudo saber si la potencial respuesta que ésta engendraba iba aliviarlo. No supo nada y se quedó apoyado en el marco de la puerta, ensimismado y solo, tras el nítido retumbe de aquellos pasos.

Una aguda carencia lo invadió, mientras se desilusionaba de algo sin saber qué era. Al fin supo que no lograba recordar su infancia y fue, en ese mismo momento, cuando descubrió que no la recordaba. Supo al menos querer recordarla, pero sintió cómo la terrible oportunidad se le escapaba por la vida y volvió a tenderse sobre las sábanas enredadas.

Patas Frías experimentaba nostalgia, tristeza sin origen, tristeza verdadera. Sentir una pena sin saber por qué le pareció demasiado.

Dentro del banco, Peluchi se dirigió al escritorio donde Cristina lo recibía con frecuencia. Cristina era una amiga de la infancia con quien había compartido el barrio y sus siestas multiplicadas de la niñez. No era alta ni delgada como las otras chicas del banco y había cargado con el estigma físico de una nariz prominente. Como a Cristina nunca le gustó ese destacado atributo decidió modificarlo. Ella, como tantos otros, también encontró oportunidad en la década extraña y se sometió a la intervención. Pero la alegre nariz le volvió a crecer en pocos meses; desconocida reacción del organismo que no dejaba de ser razonable, también.

Con Peluchi habían compartido la infancia intensa y, con el paso de los años, sendos sucesos extravagantes. Regularmente, Cristina le agilizaba los trámites bancarios mientras conversaban de cualquier tema, despreocupados. Pero aquella mañana, en medio del  desparramo peluchiano de papeles, Cristina le comentó las espectaculares repercusiones del accidente. Entonces ella recordó más vividamente cuando su entorno curioseaba con malicia el retoño irreverente de su poda nasal.  Peluchi, visiblemente decaído, se sonrojó y encogió sus hombros generosos.

Terminaron pronto lo dispuesto, se saludaron cariñosamente, con cierta circunstancia de despedida, Peluchi infló su tórax con el débil oxigeno del banco y se fue otra vez a la calle.

Pronto estuvo de nuevo en el barrio que despertaba perezoso. Lavada por la lluvia, la casa se veía más vieja y despojada. Dentro de ella, paralizado, estaba Patas Frías. La experiencia involutiva lo había dejado tan desguarnecido que comenzaba a desaparecer. Peluchi entró y empezó buscarlo por las amplias habitaciones, pero su raquítica presencia lo hacía imperceptible. Desesperado decidió descubrirlo y se lo representó sentado en la cama, y mientras inventaba alguna pregunta para confirmarlo sintió el angustioso encierro de la sala.

Peluchi, que estaba acostumbrado a sus silencios y profundas introspecciones, no podía creer haber perdido la visualización de la corporeidad del Flaco, que ya no era forma sino sustancia que inundaba de pena la habitación.

Si te las perdiste, Peluchi y Patas Frías Parte 1, Peluchi y Patas Frías Parte 2 y Peluchi y Patas Frías Parte 3.