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Por @_pellucci

Todo lo que tuvo que ocurrir en la vida de ellos ocurrió una tarde de viernes sellada por el fuego de enero, cuando el intempestivo distribuidor de peluches tocó la vida intensamente. Durante un reparto aislado de peluches y por una transitada arteria de la ciudad, su camión sufrió un desperfecto mecánico, dando primero contra un poste de luz hasta acabar tumbado sobre el asfalto. Fue el accidente más comentado y fotografiado del año, pues cientos de miles de ositos se deslizaron por la gran avenida.

Peluchi salió ileso por la puerta del acompañante y saltó a la calle que se había atestado de niños, atraídos por el descomunal escenario. Felices, se lanzaron en vivísimos malones a rescatar cuantos muñecos pudieran sostener sus pequeñas manos. En poco tiempo, y con esa virtuosa forma de comunicación, cientos de ellos se filtraron por una porosa barrera policial.

Peluchi sintió cada movimiento como si acabara de nacer, pero en plena conciencia; se vio a si mismo enorme, pateando peluches y rodeado de periodistas, fotógrafos y policías. Quizás fuera la señal de que el tiempo se le estaba acabando. Son excepcionales los acontecimientos de naturaleza puramente casual, era la vida que le estaba hablando en su crudo leguaje de los hechos.

Terminó rápido con las formalidades del siniestro, evitando preguntas y teleobjetivos, combinando su temperamento impredecible con movimientos precisos. Caminó un par de cuadras para alejarse del cuadro que protagonizaba y una vez fuera de la zona del accidente tomó un taxi.

Ya dentro del vehículo, desde el aparato de radio brotaba la repetitiva referencia de un curioso accidente automovilístico en una céntrica calle anegada de ositos. Peluchi disfrutó íntimamente su anonimato potenciado por el desconocimiento del conductor que, ignorándolo por entero, comentaba con floridos detalles el inusual desenlace.

El taxi debía atravesar el centro y el barrio de los estudiantes para llegar a su casa. La casa se encontraba en un barrio oprimido que, por su singularidad, no pertenecía al centro ni al barrio de estudiantes ni al barrio de los artistas y bohemios. Era un sitio viejo y desclasificado, habitado por gente insondable y asfixiado por el progreso que lo circundaba ofensivamente. Sus calles eran angostas, la iluminación escasa y sus zaguanes, puertas y veredas descuidadas proporcionaban una interesante muestra de la vida de sus habitantes. Como esa muchacha que siempre estaba en la vereda apoyada en un auto rojo y anticuado, mirando aburrida la calle. Y ella misma era la calle de su barrio, tan real, tan verdadera como Peluchi y el Flaco hubieran querido ser.

Llegaron en medio de la tórrida siesta saturada de luz y calor. Era el enero de una ciudad alejada del mar. Vacía, caliente y alejada del mar.

Mientras buscaba el dinero para pagar el viaje, Peluchi pudo ver a través de la puerta de su casa, abierta de par en par, al Flaco recostado en el fondo de una hamaca tendida en el patio. Era una típica casa chorizo y desde la vereda podía observarse la transformación de cada ambiente hasta llegar a un patio repleto de plantas.

Hundido en la hamaca, dejaba colgar su pierna izquierda y blandía un cigarro mal armado con su mano derecha, que también colgaba medio muerta. Peluchi entró, atravesó las habitaciones, se desprendió la camisa y caminó hasta el final de la casa.

Patas Frías lo buscó con su mirada verde y reprodujo una de sus frases invertebradas a las que Peluchi estaba acostumbrado.

– Viste que los imbéciles no vuelan.

Peluchi asintió levemente, aunque sin demasiado ánimo de profundizar en esas conversaciones hijas del encierro o las altas temperaturas.

-Es evidente, repitió, o acaso has visto volar alguno.

-No, claro, contestó, destapando un vino negro que pronto sería aligerado con soda, refrigerado con hielo y bebido a caudalosos sorbos.

Peluchi quería ser, pero no quería ser un imbécil: vender ositos, contagiarse de ellos o contemplar aquel cúmulo de personas abarrotadas que se disputaban la diversión que él les proponía. Bebía los sorbos y se espantaba las moscas que persistían molestas.

Siguieron así el curso de la siesta, sin quejarse, sin tocar nada, resignados, muy dentro de si mismos, distinguiéndose a sus modos de la imbecilidad, fumando y sondeando un vino de buen calibre. Pero el calor era fatal y Peluchi con su flamante conciencia que ya pretendía cuidar su salud, pensó.

– No debería beber vino con este calor.

Inmediatamente, se dirigió, no vulgar, si un poco peyorativamente, a Patas Frías.

– Por que no regás un poco las plantas y me manguereás un rato que no me aguanto.

Era algo usual y con frecuencia, en las tardes de calor exagerado, Patas Frías regaba las plantas durante un periodo meteorológicamente catastrófico. Se quedaba ahí mojándolo todo y fascinado con las distintas formas que el agua adquiría al surgir del pico de la manguera. Inundaba el patio por horas y muchas veces rociaba a su amigo para aliviarlo del calor. Peluchi permanecía sentado y empapado dejándose escurrir en un sillón de hierro, mientras las plantas crecían con alevosa exuberancia.

Sin embargo, no era usual que el Flaco abusara del tabaco ni que Peluchi bebiera vino por la tarde, sino que era por aquellos días en que la vida se había tornado tan estrecha, como la angosta callejuela por donde correrían afligidos. Con el accidente todos sabrían de él y después de Patas Frías que ya respiraba el sofocante aire del acecho, aunque sin lograr reconocerlo.

Qué inhumano sería perseguirlos. Cuán enfermizo se torna retenerlos. Cómo librarlos felizmente. Quizás, un ventarrón del sur seguido de una lluvia de verano limpiaran aquel día bochornoso por la noche. Algo de esto sucedió, porque la ciudad durmió tranquila y ellos también durmieron, Patas Frías la noche entera de un solo tirón,por primera vez en su vida.

Continúa con Peluchi y Patas Frías Parte 4.
Si te las perdiste, Peluchi y Patas Frías Parte 1 y Peluchi y Patas Frías Parte 2.