Un lector se despide de Antonio Tabucchi: Eternamente contemporáneo

Publicado el 20 abril 2012 | por ArtStudio Magazine | Literatura

Por Federico Rosso @_pelucci | Foto: D.Jochaud_Gallimard

En su cultivado estilo de rescatar lo insignificante, Tabucchi fue uno de esos Quijotes que luchan y persisten en sus pequeños actos de justicia.

Siempre leí Antonio Tabucchi, como una voz profética en la literatura, como una voz muy onda y cargada de sabiduría. Durante años, cada verano, cuando la actividad universitaria desaparecía yo tenía una lectura de Tabucchi reservada, porque me hacía sentir que pasaba al otro año modificado, más persona, distinto, mejor, y porque leer su prosa era uno de esos deleites ideales para hacerle frente a ese limbo infernal de los diciembres sudamericanos. Entonces Tabucchi te daba aire, te refrescaba desde Lisboa, te regalaba toda su gratitud literaria y su sabiduría, te alimentaba el espíritu, pero también te hacía pensar.

No es fácil encontrar a un viejo que entienda lo nuevo, yo leí a Tabucchi con 20 con 25 con 30 años y siempre lo sentí contemporáneo, compañero; Tabucchi en esto era genial. Es difícil encontrar un escritor con la gracia de la sensibilidad estética y la sensibilidad política reunidas; Tabucchi en esto era perfecto. Es poco frecuente, casi un acontecimiento histórico, diría, que alguien escriba una novela tan linda y humana como Sostiene Pereira, que ya se fue hace rato hasta al cielo del mejor cine con el genio de Marcello Mastroianni.

Tabucchi era sincero, buscaba el sentido junto al lector, no te engañaba, sino que te metía en el problema mismo de la literatura. Para mí sus decisiones eran valientes. Que alguien se lance a una búsqueda literaria tan arriesgada, alucinante y filosófica como Tristano Muere y al mismo tiempo dé golpes de periodista curtido a la desfachatez política italiana, es alguien valiente, y eso es esperanzador, pero es raro también, me parece, encontrar alguien así.

Siempre será necesario que alguien nos explique un poco mejor la vida, y ésta es la principal función de la literatura, según el autor bien lo explicara en la Cabeza perdida de Damasceno Monteiro, pero que también la interprete (decía por allí) y la juzgue mejor, que use ese entendimiento para hacer en ella un poco de justicia, y ahí es cuando Tabucchi se me hace más necesario.

Si esta nota se escribe mayormente en pasado y no en presente, es porque Tabucchi ha muerto y aunque el arte goza del beneficio de la inmortalidad, Tabucchi se me fue haciendo tan necesario que cada verano necesito un libro más que ya no tendré. Que le vamos hacer, se me murió ese Tabucchi que seguía día a día en sus libros, cuya relectura postergaré para un tiempo ideal y futuro, un tiempo que me reservo, como aquellos veranos de reencontrase con su amable literatura.

Lo mejor que puedo entonces hacer por aquí es decirles léanlo, porque él siempre les traerá una noble esperanza, no fácil, no falsa, sino esa esperanza de descubrir qué hay quienes que por encima de todo proponen hacer el bien, y todo el talento va hacia allí, entonces siempre les será contemporáneo.

Marcello Mastroianni en el papel de Pereira

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