Seleccionar página

El movimiento simbolista nace de la propia raíz del romanticismo e irrumpe en Europa a partir de 1870 y continua en vigencia a través de determinados autores hasta entrado el siglo XX. Los simbolistas se veían así mismos como protagonistas del fin de una época de la historia, frente al fin de una civilización. Para el simbolismo el arte no era representación, como lo había sido para los impresionistas, sino revelación de una realidad a medio camino entre el mundo subjetivo y el objetivo, entre la consciencia y el inconsciente. En su alma el hombre tiene sentimientos innatos que los objetos reales nunca lograrán satisfacer, y la imaginación del pintor o del poeta puede dar forma y vida a esos sentimientos. El simbolismo está basado más en la experiencia emocional que en el análisis visual.

Sólo las ideas y la emociones representaban esa realidad superior que constituye el fundamento del arte. Nos encontramos con esa realidad superior que es múltiple y subjetiva no única y objetiva. Ante este hecho, se subrayan dos posturas: una que incide en retornar hacia lo puro, hacia la esencia, hacia lo más elevado y a la nobleza cósmica y otra que por el contrario descenderá a los infiernos en busca del ensalzamiento de la muerte, del pecado, de lo diabólico. Caracteriza el simbolismo «positivo» la continua búsqueda, dispuesta a desenterrar secretos, el de la vida, las profundidades del alma, lo desconocido, la mística, lo transcendente que van a ser las preocupaciones de los artistas del simbolismo en un rechazo de lo concreto y de lo razonable.

El ideal que se encuentra en el fondo de los cuadros permanece desdibujado, sin armazón interior.

Los simbolistas «decadentes» los que buscan el ensalzamiento del pecado. Frente a una tendencia universalista que domina al otro grupo, se respaldan más en el yo, en el narcisismo a través de la exhibición y la puesta en escena de los propios miedos y lo instintivo. A través de sentimientos como el horror y la lascivia, los «decadentes» plasman en sus lienzos una radiografía de lo más íntimo de su ser a través de la subversión y del exhibicionismo interior. La evasión va a ser total; hacia otras culturas, hacia la muerte.

Según Jean Moréas, autor del manifiesto simbolista, la característica esencial del arte simbolista radicaría en «no fijar nunca conceptualmente la idea ni expresarla directamente. Y por eso en el arte de las imágenes de la naturaleza, los actos de los hombres, todas las apariencias concretas no deben hacerse visibles por sí mismas, sino que han de quedar simbolizadas mediante rastros perceptibles por los sentidos y a través de secretas afinidades con las ideas originales».