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Este movimiento procede de Francia, concretamente de su refinada y frívola corte. Desde el barroco más exaltado de finales del XVII y principios del XVIII se asiste al nacimiento de un movimiento vitalista y hedonista, que intenta encontrar el placer en la observación de los objetos y en lo superficial de la vida. Tras el mayestatismo encarnado por el Rey Sol, Luis XIV, surge una reacción que se traducirá en una delicadeza, gracilidad y belleza, que va a rodear la vida cortesana. Desde los ademanes de los nobles señores hasta la decoración de los palacios van a estar regidos por una estricta etiqueta que pondrá en boga unas tendencias ornamentales, una serie de modas, un gusto por lo accidental, por lo curioso y amable, por todo aquello que resulte gratificante para la vida de los cortesanos.

Por ello va a poseer una extraordinaria importancia todo el arte considerado «menor», todo aquello que sirva para procurar placeres inmediatos (desde la cocina hasta el jardín, como espacio placentero, como lugar de reposo y donde se recrean los sentidos). El rococó no es un estilo rotundo ni tremendista ni aleccionador, ni va a servir como vehículo de expresión del poder absoluto. Lleva intrínseco un sentimiento intimista, de privacidad, de buen gusto, de comodidad y de resultar placentero para quienes lo disfrutan.


El rococó va a llenar las estancias de decoración suave y tenue, de papeles vegetales, de cuadros de pequeño formato, de rocalla, de líneas suaves, de alegría y de voluptuosidad. Va a ser un estilo bastante libre, caprichoso y sobre todo rico en formas ligeras.

En España el rococó viene a través de la corte borbónica, a través sobre todo de las esposas de Felipe V, y de su séquito, quienes ven en este estilo el más cercano y placentero para paliar los aburrimientos de la corte.

La creatividad es otra de las características, la búsqueda de la novedad que lleva a hacer bonitos enseres u otras cosas agradables, saliéndose de la norma, de lo establecido, del rigor.

El rococó posee sus propio color, tonalidades apasteladas, suaves, graciosas y poco contrastadas. Además este estilo lleva consigo una idea de artificiosidad, de atracción por lo banal y superficial que se da en las creaciones rococó. Es el estilo de lo aparente, de la realidad sensitiva y hedónica.

En España el rococó no cuaja por ser un estilo muy elitista, muy vinculado a un grupo social determinado, refinado y muy poco numeroso, el resto de encargantes no lo comprenderán puesto que la Iglesia todavía utilizaba el barroco como estilo artístico de expresión. El rococó no es un estilo de grandes obras, ni se caracteriza por realizar inmensas arquitecturas, es un estilo más bien decorativo y de interiores que estructural, fruto de ese gusto por el intimismo y por la privacidad.