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De forma contraria a los simbolistas, que buscaban en el arte lo elevado y lo significativo como evasión del cambiante mundo que les tocó vivir, Manet y el resto de impresionistas se sentían contentos y protagonistas de la época moderna. De forma espontánea pintaron los grandes bulevares de París, el ferrocarril, los barcos que corrían por el Sena… Con este afán de pintar el presente, lo cotidiano, lo real, la vida, la pintura de fines del siglo XIX y los pintores impresionistas se convirtieron en el eco de su contemporaneidad, del mundo que les rodeaba.

A finales del siglo XIX se produce una revolución espiritual. Cézanne, Van Gogh y Monet buscaron nuevos medios pictóricos, acordes al nuevo pensamiento. La nueva difusión del pensamiento científico, uno de cuyos fines era el dominio de la naturaleza a través del conocimiento racional desencadenó una progresiva laicización del pensamiento. Estos aspectos encuentran su reflejo en el marco de la pintura a través de la representación de la naturaleza bajo el dominio técnico y visual, fiel a la realidad.

Se plasma lo verdadero, lo perceptible, lo lógico. El ambiente artístico se despoja definitivamente de sus mecenas tradicionales debido al auge de la pequeña burguesía urbana. Los impresionistas prescindirán del sentido literario, narrativo, dramático o retórico del lienzo en pos de dibujar y pintar escenas reales. Monet, Renoir, Sisley, Pisarro Cézanne y Berthe Morisot, van a fundar la asociación Société Anonyme des artistes Peintres, Sculpteurs et Graveus en 1873, inaugurando un ciclo de ocho exposiciones bajo el nombre de «exposiciones impresionistas».

La pintura impresionista no posee argumento, sino estampas, escenas urbanas y campestres. El mundo más representado va a ser el de ocio, en interiores (cabaretes, cafés), y en los exteriores naturales usados como divertimento. El Sena como lugar de recreo, Argenteil, donde se hacían excursiones. En estos lugares es donde encuentran multitud de motivos los jóvenes pintores. Al pintar al aire libre, la transformación de los lugares y de las acciones, así como de las luces implica una pincelada rápida. Con ello se plasma el ambiente general más que detalles y menudencias. La realidad sensible, lejos de ser material, se convierte en una impresión, en una visión que permanece en la retina. No se representa lo que se percibe, sino el momento mismo de la percepción. El medio que favorece la impresión es la luz o el color puro.

Sus paletas tomaron como punto de referencia las nuevas investigaciones realizadas sobre los colores primarios y secundarios, cargándose así de tonalidades puras, rojo, amarillo, azul, verde, violeta y naranja. A partir de estas coloraciones el grupo desarrolló una serie de principios destinados a desarrollar una mayor luminosidad y una intensidad colorista, como la alternancia de colores puros con sus complementarios y la pincelada «de toque», muy corta. Esta forma de pintar hacía que las sombras y los contornos dejaran de existir, la impresionista no es una técnica basada en el dibujo, sino en el color, el sello de la escuela impresionista. La desmaterialización de la realidad en función a una impresión era un hecho.