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por Sussy Vargas

El desarrollo histórico de la Fotografía en Costa Rica se asemeja mucho al proceso que como tal se dio en el resto de América Latina. Los datos que hasta la fecha podemos recopilar, ubican a los primeros fotógrafos en Costa Rica hacia 1847, la gran mayoría de ellos norteamericanos y franceses, manteniéndose una migración constante hasta 1860, y ofreciendo sus servicios por medio de la prensa local y usualmente por periodos muy cortos. A partir de 1870, algunos de estos fotógrafos permanecerán por mayor tiempo en el país, incluso debido a otras actividades como la importación de calzado u otros, impulsando la fotografía como un buen negocio y de paso, importando los avances que con respecto a la fotografía se estaban generando con rapidez. De tal manera encontramos nombres que probablemente se repetirán en algunos países latinoamericanos como; Dabó, T.C.Rhodes, H.Hobarti, Guillermo Buchanan, Lorenzo Fortino, F.Albar, Arbaud y Causse, Eduardo J.Hoey, José Otto Siemon quién realizó las primeras vistas estereoscópicas de San José hacia 1871 y Francisco Valiente, quien introduce en 1885 la cámara solar, entre otros que apenas se mencionan.


Entre 1870 hasta 1920, la afluencia de artistas fotógrafos y artistas gráficos va a crecer notablemente, y de suma importancia será el que algunos se establecerán en el país por largos plazos o definitivamente. Entre estos debemos citar a los Hermanos Paynter, quienes llegarán a Costa Rica en 1874 y trabajarán de manera ininterrumpida hasta finales de los años veinte aproximadamente. Durante 55 años, ellos establecieron muchas de las pautas a seguir en cuanto al retrato de estudio y a la fotografía de calle. Además recopilaron gran cantidad de información gráfica en diferentes provincias, hacia 1907 contaban con un archivo entre retratos y fotografía de paisaje y urbana de más de 150.000 imágenes, los cuales ellos mismos reciclan para seguir trabajando. Lamentablemente la información de los Paynter se pierde hacia 1929, desapareciendo también su cuantioso archivo.

Pero quizás uno de los fotógrafos más importantes de la época fue Harrison Nathaniel Rudd (1840-1917). Rudd llegó a Costa Rica proveniente de los Estados Unidos en 1873 y tuvo su taller en San José y Cartago. Estuvo asociado con otros artistas fotógrafos, entre ellos los Hnos. Paynter. Viajero incansable logró fotografiar la gran mayoría del territorio nacional, personajes y acontecimientos de la época y durante los cuarenta y cuatro años que permaneció en el país, fue el fotógrafo oficial de miles de costarricenses de todos los estratos sociales y provincias, y en general la vida y costumbres de la Costa Rica de la época, así como los cambios urbanos y sociales que se gestaron, dejando una invaluable memoria gráfica para los costarricenses. Sus archivos, hoy desaparecidos, al igual que el de los hermanos Paynter, son una parte importante de la memoria gráfica colectiva de la Costa Rica de la época. Hoy muchas de sus imágenes se conservan en archivos familiares, privados, y algunas instituciones como el Archivo Nacional, Curia Metropolitana y Museo Nacional. Pero quizás uno de los puntos que más nos interesan de Rudd, es que fue el maestro de los que podemos llamar los primeros fotógrafos costarricenses, entre ellos; Fernando Zamora y Manuel Gómez Miralles, quienes trabajaron como sus asistentes desde aproximadamente 1905.

Zamora editó en 1909 un Álbum de Vistas de Costa Rica, lujosamente editado, donde 100 fotografías de diferentes lugares del país, paisajes, fotografía urbana y otros reflejaban su trabajo de años. Su obra se reconoce particularmente por la intervención y el retoque que realizaba a sus fotografías y retratos.

Manuel Gómez Miralles nació en España en 1876. En 1884, cuando contaba con ocho años de edad se traslada a Costa Rica junto con sus padres Francisco Gómez, arquitecto y Ester Miralles, maestra. Discípulo de H.N.Rudd, realizará su trabajo por un periodo de más de 50 años, durante los cuales dejará uno de los más importantes testimonios gráficos con los que cuenta Costa Rica.

Su obra la podemos equiparar en importancia y época, a la obra de otros artistas fotógrafos latinoamericanos como; Martín Chambi, Agustín Víctor Casasola, Jesus Yan, José Noriega o Fernando Paillet entre otros, quienes con su trabajo y dedicación recopilaron para siempre la memoria visual de nuestros pueblos.

En 1911, Gómez Miralles se independiza de Rudd y establece su propio estudio de fotografía en una pequeña casa de adobe en el centro de la capital, contiguo al Teatro Variedades, allí permanecerá hasta 1940, cuando decide trasladarse de local. Ya para 1913, ofrece también servicios cinematográficos, pues es además uno de los pioneros del cine en Costa Rica, punto que retomaremos más adelante.

Actuó como fotógrafo oficial de varios presidentes, entre ellos don Alfredo González Flores (1917-1919) y Don Julio Acosta (1920-1924), para quienes sirvió como cronista visual en ambas gestiones, gracias a lo cual pudo conocer y fotografiar buena parte del territorio costarricense, sus costumbres, arquitectura, pobladores, etc.

También trabajó como uno de los primeros reporteros gráficos del país, al tener que documentar los sucesos políticos que se dieron en 1921 contra Panamá y la llamada; “Tragedia del Virilla”, ocurrida en 1926, cuando un tren sobrecargado de pasajeros se descarrila y cae a más de trescientos metros sobre las aguas del Río Virilla, pereciendo más de 230 personas. Aquí el trabajo y el esfuerzo de Miralles por captar con gran objetividad y profesionalismo, (pese a lo limitado de su equipo), la magnitud de la tragedia, dejaron una marca imborrable en la Historia visual de Costa Rica.

Fue uno de los primeros en ofrecer servicios a domicilio, tanto de fotografía como de proyección cinematográfica y realizó varios encargos importantes por parte del gobierno, como el contrato que se le otorga en 1916 para realizar más de 450 imágenes para el “Álbum Azul de Costa Rica”, lujosamente Editado y financiado por el Gobierno de la República como una estrategia para atraer la inversión extranjera al país.

Con el mismo propósito se le contrata en 1922 para publicar uno de los álbumes más importantes que realizó, llamado “ Costa Rica, América Central, 1922”, con doscientas fotografías impecablemente impresas en sepia, azul y verde, con dibujos Art Nouveau y confeccionado en Alemania, dio un enorme prestigio a su autor y un archivo impresionante de imágenes y personajes del país. También editó por cuenta propia tres álbumes más; “Gira Presidencial por Guanacaste” (1916), “Guerra de Costa Rica contra Panamá” (1920) y “Álbum de la Celebración del Primer Centenario de la Independencia”, además de postales de diferentes aspectos de la vida costarricense usualmente iluminadas.

Desde 1913 hasta 1915, realizó varios noticieros cinematográficos que solían proyectarse en el Teatro Variedades y el Teatro Moderno, muy semejantes a los famosos noticiarios Pathé Journal y Enclair Journal, siendo junto con Amando Céspedes, también fotógrafo, uno de los pioneros de este campo en Costa Rica. Entre ellos destacan “El Congreso Eucarístico” (1913), “Las fiestas Cívicas”, “Fiesta popular del Santo Cristo en Alajuelita” (1914) y “Festejos de la Virgen del Mar en Puntarenas” (1915). El Centro de Cine Costarricense conserva solamente dos cintas de Miralles, tomadas durante la toma de posesión del Presidente Julio Acosta y un fragmento sobre el Congreso Eucarístico, las demás permanecen desaparecidas.

Las placas de Manuel Gómez Miralles captarán durante su extensa labor, desde la alta sociedad costarricense hasta las vendedoras ambulantes o los obreros de las minas de Abangares. Con su visión preferentemente horizontal, prefirió la foto exterior, la toma de calle, que la de estudio. Documentó una Costa Rica que cambiaba aceleradamente ante una dinámica social, cultural, política y urbana propia de su época, heredera del pensamiento liberalista de finales del Siglo XIX que nos trajo una apertura a la inmigración, a la expansión de la cultura impresa, al comercio exterior con el auge del café, a patrones de consumo, crecimiento de la infraestructura, la educación y la libertad de expresión.

En las imágenes captadas por Miralles durante cincuenta años, comparamos una vegetación tropical que se sustituye con el tiempo por robles y acacias, una arquitectura ambiciosa para una ciudad tan pequeña que poco a poco es demolida para dar paso a una arquitectura sin definición y una pérdida total del sentido de la preservación que lamentablemente nos alcanza hasta hoy. Vemos militares que pierden su sentido después de 1948 con la abolición del ejército. Pruebas de la inmigración en letreros como; “Nueva relojería suiza”, “Hotel Washington”, “Librería española”,”Hotel francés” y muchos más que nos recuerdan nuestra esencia de nación híbrida. Miralles capta el tiempo, los cambios tecnológicos; de la carreta al auto, del auto al avión, los lugares de recreo, la diferencia social reflejada en las residencias y fincas de la élite a la par de los trabajadores, los obreros, los paisajes , rostros, lugares que apenas reconocemos.

A Manuel Gómez Miralles se le llama el fotógrafo sin rostro, pues casi no existen retratos de él, aunque hemos visto mil veces sus imágenes. Su obra, dispersa en colecciones privadas y estatales, se calcula en más de 65.000 placas y sin embargo, el estudio de su vida y la importancia real de su trabajo, aún permanecen en la sombra de la Historia y el Arte en Costa Rica, que si bien lo reconoce, aún no le ha dado el valor y la importancia que realmente tiene.

Su trabajo ha sido explotado de forma indiscriminada en textos de Historia y Educativos, omitiéndose imperdonablemente siempre su autoría, los Archivos Nacionales no tienen fichada correctamente las imágenes que poseen de Miralles y el facsímil de su álbum de 1922, recientemente publicado por una empresa privada, adolece de un estudio serio sobre su aporte a la fotografía y a la historia visual de Costa Rica, transformándolo en una “curiosidad”, un álbum de “postales” del pasado.

Manuel Gómez Miralles murió en 1965 en total pobreza y después de vender su archivo. Lo que se conoce de su obra es una pequeña parte de todo su legado, el cual aún espera ser estudiado a profundidad y ocupar el lugar que merece dentro de la fotografía latinoamericana.