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por Guillermo Durán, colaborador de ArtStudio Magazine

Tratar de describir el festival Burning Man con palabras es difícil. Arte, fiesta, música, bicicletas y tormentas de polvo son las cosas que me vienen a la mente luego de vivir por una semana uno de los festivales más peculiares que hay.

La entrada cuesta casi $300 e incluye únicamente el derecho a participar junto a más de 40,000l personas en algo a lo que los organizadores llaman “un experimento de comunidad, expresión y autosuficiencia radical” realizado en el medio del desierto de Nevada.

Dentro del festival las reglas son pocas y sencillas:

1. El dinero solo puede usarse para comprar hielo, café, té y bebidas hidratantes que únicamente venden en el campamento central, todas las demás transacciones hay hacerlas por trueque.

2. Los únicos vehículos que pueden movilizarse dentro del área del festival son las bicicletas y los “carros mutantes”.

3. Como el festival es en el desierto y en una zona tan alejada, toda la basura hay que traerla de vuelta.

4. Dentro del perímetro del festival la gente tiene la libertad de hacer todo lo que quiera mientras no afecte a las demás personas.

La idea del Burning Man nació en 1986 en la ciudad de San Francisco y desde 1990 se realiza en el desierto de Black Rock de Nevada, a unas 2 horas al norte de la ciudad de Reno. El festival se lleva a cabo la última semana de cada Agosto y finaliza la noche del sábado, cuando entre juegos de pólvora queman la enorme escultura de madera del hombre, de ahí el nombre Burning Man. La fiesta es continua durante toda la semana y el calor del desierto, las tormentas de polvo, la gente y el arte son sobrecogedores.

En los meses que llevo viviendo en San Francisco oí innumerables historias del Burning Man, así que este año me animé a explorarlo. Estas fotos son parte de lo que vi.