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Texto por Adriana Sánchez.

Uno piensa, como dice Houllebecq, que hay una época de la vida en la que la gente sale y se divierte. Después esa época se acaba y aparece la imagen clara, inevitable, de la muerte. Tal vez por eso el escándalo social que representa la muerte de una persona joven, de piel tersa, jovial, que apenas empieza a vivir es mucho mayor que aquella que precede a la muerte de un viejo: los viejos hasta tienen derecho a suicidarse sin causar mayor revuelo. En ellos la muerte es natural.

Nos resignamos a la muerte sin entenderla, porque es claramente incomprensible. ¿Quién ha regresado de ella para contarnos qué hay del otro lado? Inútilmente inventamos mitos e historias estúpidas, improbables, en las que un héroe solar vence a la muerte y retorna al mundo de los vivos. Sin embargo este héroe, venerable por haber vencido lo invencible, tampoco nos cuenta qué hay del otro lado: solamente se ocupa de lo que viene, de ese momento de gloria en el que su victoria lo volverá inmortal para siempre.

Nos resignamos a la muerte ocultándonos de ella. Hacemos planes evadiéndola, o no los hacemos en función de ella. Ni siquiera se que va a pasar mañana dice aquel que evita el compromiso, de cualquier tipo, con otro de su especie. Pero en el fondo sabe que hay algo inevitable, que puede pasar en cualquier momento: nada nos salvará de morir.

El único camino inevitable de cada ser vivo es el camino hacia la muerte. Por ello la burguesía se ocupa de ocultarla: las carnes blandas, los cabellos canos, los senos flácidos. Todo se arregla con intervenciones, con pastillas. Todo se arregla con ejercicio, con vitaminas. Huimos estúpidamente de lo inevitable tratando de engañarla como si a ella le importara que alguien sea joven o viejo.

Luego viene ella, sin misericordia alguna. Y la escondemos en una caja de madera. La cubrimos de flores e incienso. La recibimos como una mala noticia que algún día iba a tocar a la puerta pero lo hizo muy pronto. La ocultamos a tres metros bajo tierra, para no verla.

Perdidos, como gusanos ciegos que se remueven entre las semillas de una naranja podrida, pretendemos escondernos del único ojo que nunca dejará de vernos.

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