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Por Andrés Rodríguez Morado, colaborador. Tomamos la District Line. Sabía que nos llevaría más tiempo que yendo por la Central, pero no me importaba, no va tan llena y los vagones son más anchos. Antes no le daba importancia a estas cosas ni me dolía la rodilla. También pensaba que hacerse mayor eran manías de los demás.

Nos bajamos en Embankment, tomamos un tinto en el inevitable Gordons Wine y nos acercamos a la National Gallery, el quinto museo más visitado del mundo. La entrada a la exposición Seduced by art: Photography Past and Present no es por la puerta principal, es por un edificio anexo que levantaron Roberto Venturi y James Stirling en 1991, conocido como The Sainsbury Wing. Allí todo tiene un cierto aire posmoderno, desde la fachada brutalista, descompuesta, perpetrando una transformación deliberada de formas clásicas, hasta el nombre, el mismo que el de una de las dos cadenas de supermercados más grandes del Reino Unido, Sainsbury´s. Lord Sainsbury, miembro de la Cámara de los Lores por el Partido Laborista, es el dueño. Tiene además una de las mejores colecciones de arte contemporáneo del mundo y suele hacer donaciones importantes a centros de arte. En este caso dio cincuenta millones de libras y eso es muy meritorio. Sabemos que en los países anglosajones, y cada vez también más en los no anglosajones, se suele poner el nombre del donante a aquello que saca provecho de la donación, y nada puede uno que objetar ahí cuando es un ámbito privado. Pero hay que alertarse cuando una institución pública, en este caso con el 80% del presupuesto financiado por el Estado Británico, está dispuesta a adquirir una identidad fraudulenta a cambio de dinero. Y aunque nos acostumbremos, que lo pretenderán, seguirá siendo igual de repugnante.

La entrada vale 15 libras, unos 18 euros. Después irá a Madrid y Barcelona. En total no se llega al centenar de obras, la mayoría de ellas son de la propia National Gallery, apenas hay aportaciones de fuera por lo que los costos no debieron ser altos. La mayoría de la gente que vimos dentro era blanca y mayor de 30 años, un martes frío a las cinco de la tarde.

Es la primera vez que la National Gallery combina fotografía y pintura en una exposición, para algunos llega tarde y para otros nunca debió llegar. El contenido intenta explorar las relaciones entre la pintura tradicional y la fotografía, descifrar cómo algunos de los grandes maestros de la pintura siguen inspirando a fotógrafos contemporáneos a través de brotes de creatividad, más o menos irracionales, que ni ellos son a veces capaces de intuir. Desde algunas obras primitivas que ya tuvieron proyección internacional en su momento, con con el habitual trauma inglés haciendo hincapié en los tiempos victorianos, hasta la fotografía social de estos últimos años.

Buena parte de la muestra se basa en reconstrucciones contemporáneas que llamaban mucho la atención a los visitantes y que puede que ya hayas visto en las redes sociales, especialmente las de Maisie Broadhead, tan kitsch. No fue lo que más nos interesó. Pero vimos otras pinturas, junto a las fotografías que las referencian, que sí resultaron ser buenos ejemplos para mostrar con connotaciones objetivas la realidad de un arte fotográfico actual que remite, en escala, carácter y ambición, a la pintura antigua o tradicional. De alguna manera.

El primero afecta sobordetodo al escenario, el lugar que aparece en una fotografía o en un lienzo. La manera de representar el espacio. Tenemos que fijarnos en la Muerte de Sardanápalo, de Delacroix. En un ambiente muy erótico y violento se representa la muerte del rey Sardanápalo, que aparece tumbado impasible antes de suicidarse, mientras Nieve, la ciudad que gobernaba, está siendo asediada. Acaba de dar la orden a sus sirvientes de degollar a sus mujeres, pajes, caballos y perros, nada de lo que le había dado placer podía sobrevivir. Como Toshack cuando pasó por mi Dépor. Fue un cuadro que hizo despuntar bastante a la escuela romántica, con esas pinceladas liberadas, esas figuras distorsionadas y esa forma de sentir tan afectada que tenían, como de actor español.

Sobre la fotografía que se está haciendo en los últimos años vemos que por más virtuosismo que tenga apenas tiene lugar en el circuito artístico, en el establishment, sin una idea que la sostenga. También es importante la fortuna en la búsqueda de nuevas maneras de construir nuevas representaciones, de ampliar los límites de lo fotografiable. Y aún así la mayoría de las fotos que vemos, da igual que sea en un centro de arte o en una red social, se siguen tomando bajo la lógica de una tradición, la del punto de fuga renacentista que se le ocurrió a Brunelleschi en uno de esos días floridos de la Toscana.


Jeff Wall, en una de sus cajas de luz más célebres (una idea que tuvo en un viaje en bus entre Madrid y Londres mirando marquesinas iluminadas) añade al punto de fuga la mitología descarnada y violenta de Delacroix, se hace eco de los barridos diagonales, del rojo poderoso y de la aspereza general de la muerte de Sardanápalo. Y cocina un producto bien contemporáneo citando sin imitar (él ha hablado de la influenza de esta obra). Desde una mirada propiamente fotográfica bebe sin complejos del romanticismo del XIX, que debe ser como beber de un buen Borgoña, que por cierto, nunca lo he probado.

Utiliza una escala amplia para empujarnos con efectividad al interior de la imagen, un recurso también corriente en la fotografía de los últimos años. Vemos que es una habitación en un espacio reconstruido por los soportes que soportan las paredes, intuimos que es el dormitorio de una mujer, pero no sabemos la causa de la violencia. Y qué importa la ficción, nos quedamos con la alegoría del fracaso. El fracaso de la decadencia y la opulenecia, el fracaso de un asedio o de un beso equivocado.

Segundo ejemplo. Hasta la llegada de la fotografía el retrato era el género más exitoso, y después también. La diferencia es que la fotografía hizo retratos accesibles a parte de la sociedad económicamente menos pudiente. Durante mucho tiempo el retrato fotográfico pretendió ser pintura, como esas fotos de nuestros abuelos en las que las joyas que nunca tuvieron están pintadas al óleo. Y con esas poses y esos fondos que pretendían simular a la pintura clásica más prestigiada, hasta mediados del siglo XX cuando la llegada de las cámaras compactas puso el enfoque en el cotidiano. Después ya llegarían el instagram y los putos gatitos.

Hablábamos del retrato. Puede que el más conocido de Thomas Gainsborough sea Mr. and Mrs Andrews, tenía 21 años cuando lo pintó. A Gainsborough se le suele nombrar como uno de los grandes maestros del retrato, en realidad fue uno de los grandes maestros del paisaje que hay detrás de los personajes que retrata. El señor y la señora Andrews se casaron en 1749. Eran una pareja de nobles de Suffolk, una zona rural inglesa. Posan delante de un roble, poco después de la boda. Él de pie, ella sentada. Informales. Ella, me lo parece a mí, transmite cierta rebeldía. Detrás hay maíz, un grupo de árboles y montañas suaves, o sea Inglaterra. O Lugo, si me apuras.

Dos siglos y medio después Martin Parr publica Sing of the times. El libro contiene un buen puñado de fotografías llenas de potencial irónico, como rescatar a la banca para financiar suicidios, o así. En una de ellas vemos un matrimonio en el salón de su casa. Rígidos y disconformes, representan a la perfección la celebración de una clase inglesa decadente postatcherista. Más que la observación de un momento, lo es de una generación. Él de pie, ella sentada.

A menos de un par de metros hay otra foto de 2001 de Thomas Struth, otro fotógrafo de Champions League, titulada The Lingwood and Hamylin Family. Es un retrato de una familia posando con aparente normalidad, como todos hemos hecho alguna vez con más o menos resignación. Struth trabaja con cámaras de altísima resolución para conseguir mucha claridad y contrastes potentes en los detalles individuales. También usa tiempos de exposición larguisimos, agotadores a veces. En ese tiempo, aun estando parado, el modelo se cansa, se aburre, se entretiene, se diluye o curiosea. Cada um é como é, que cantó Toquinho. Struth consigue así poses elocuentes y ricas en significado. Cada miembro de la familia sostiene una mirada y un automatismo emocional diverso. A mí por ejemplo me pareció ver conformismo en el padre y desasosiego en la madre. El uso que hace del color, el formato, e incluso también ese tiempo de exposición, remiten de alguna manera a la tradición pictórica del dieciocho. A Gainsborough y su dama rebelde.

Último ejemplo. El tema del paisaje. Desde su aparición como fondo de otros géneros no se independiza hasta el siglo XVII en la pintura holandesa. Horacio Vernet pintó la Batalle de Jemappesses entre austríacos y franceses en 1821. En medio de otros personajes vemos distinguido sobre un caballo blanco al Duque de Orleans, y detrás el campo de batalla, el humo del combate, de las ostias pardas.

Al lado una fotografía de Luc Delahaye Us bombing on taliban positions. Delahaye es un fotógrafo francés especializado en guerras que llegó a trabajar varios años para Magnum. Es una imagen convincente e inquietante. Los bombarderos americanos llegaron y se marcharon, la nube de humo del combate que no fue es toda la estructura narrativa. Es el único testigo de la matanza bajo el cielo sombrío.