
Este viraje fue determinante en casi todos los sentidos. Retratar otro cuerpo desnudo y autorretratarse se convierte en la vía idónea para corporeizar sustanciosas posibilidades expresivas y mensajes de marcado carácter ontológico.
En 1982, por vez primera dentro de la historia de la fotografía cubana, se logra algo increíble: exponer dentro del circuito artístico habanero una serie de desnudos femeninos, por obra y gracia de Juan José Vidal. Este historiador del arte y fotógrafo venía trabajando el género desde fines de la década anterior, y al salir la convocatoria del Salón Paisaje 1982 presenta su serie Erosión —serie que le propició el premio— donde cuerpo y entorno se complementan en una relación casi humana.
Con esta propuesta, la imagen fotográfica se vio favorecida con una revitalización de la temática nudista. Si bien es cierto que la mirada sobre la geografía femenina continuó sujeta a un discurso del otro, donde el hombre solo accionaba tras una cámara; a partir de entonces lo masculino será copartícipe en la determinación de nuevas formulaciones. Lo viril será intuido por Vidal no como mera presencia de su iconografía más común; sino en su carácter de metáfora viviente que acude a un mundo visual que le es afín, sea en el agreste paisaje marino o en su fauna. De esta manera demostró que el desnudo femenino no era fuente agotada, ni poses académicas o clásicos arquetipos, ni mucho menos anacrónicas representaciones. Solo se necesitaba el disparo de un obturador sostenido por una buena idea.
Al mismo tiempo, pero en otro ámbito expositivo, Varadero, un artista se afanaba en la instauración de un discurso personal. Carlos Vega (Cariucho), quien pese a iniciar sus labores en la fotografía artística desde 1969, se establece definitivamente en el plano profesional e incursiona en el desnudo a partir de los años 80; década fructífera para su haber. Guiado por el ingenio, Cariucho explota la desnudez sin tapujos, con la facilidad que le confiere la búsqueda de un correlato con la realidad a través de la metáfora, la fragmentación y la escenificación. En medio de la diversidad que caracteriza su propuesta, sea en la representación del cuerpo como ente autónomo, en el privilegio del detalle, en la vinculación cuerpo-entorno (exterior e interior), o en la conjunción grupal; el esteticismo se hace evidente pese a posibles intenciones anecdotarias o lúdricas.
Sin quebrar con los aires epocales, encontramos una promoción de artistas, cuya práctica de avant-gardé se asienta en la coexistencia de poéticas individuales bien definidas, cuya razón de ser es la caracterización de un período. Pero, si pretendiéramos buscar una hipotética unidad entre tanta pluralidad de propuestas discursivas; si examináramos la exquisitez del detalle entre poéticas aunadas por una sed renovadora, cabría encontrar una supuesta estratificación grupal. Es decir, mirando la etapa en toda su amplitud y sin estrechas miras estéticas, podemos diferenciar dos vertientes principales: una, en la que el signo cuerpo es priorizado en virtud de un esteticismo de nuevo tipo, y otra, en la que se busca la confrontación directa tanto composicional como conceptualmente.
Dentro de la primera línea creativa afloran partes del cuerpo femenino tal vez inusitadas o escasamente observadas por la cámara, e irrumpe la visión novedosa de explorar gestualidad y actitudes en una intención de mostrar la desnudez más allá de una postura manida; a la manera de Jorge Macías, cuya propuesta fotográfica de finales de la década se inspira en la recreación de poses clásicas egipcias. Al mismo tiempo, "incendiaba" el ambiente artístico matancero el señor Ramón Pacheco con su serie Desnudo para un poema de amor (1989). Increíble lo avivado de esta polémica cuando las imágenes parecían participar del diálogo cuerpo-entorno en privilegio de una visión esteticista ya planteada en el decursar del género; pero no formulada ni tratada en la fotografía artística local.
Lo cierto es que dentro de la producción aunada en esta vertiente se reconoce, a pesar de la agresión escenificada a niveles compositivos, una mesura constante a niveles conceptuales. Así encontramos el trabajo del momento, el instante, el gesto, el lugar, en las impresiones de Leticia Rizo; quien se hace, en el plano temático, una exponente más de la autoimagen en disfrute pleno de las líneas de su propio cuerpo. De esta suerte de goce corporal, de gusto por la composición estudiada y el trabajo valorativo de la iluminación, Julio Bello participa. Sin abandonar el estilo que le es inherente, Bello nos sorprende con una obra perteneciente a la serie Adán y Eva, portadora de un discurso de fuertes y polémicas connotaciones genéricas y religiosas.
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