Arte Costarricense
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Antología del Desnudo en la Fotografía Cubana


por
Grethel Morell, Sandra Sosa y Alejandro Pentón

Constantino Arias fue una excepción. Su serie "Hotel Nacional" (1951), sujeta a la contingencia del destino y a las diabluras humanas, contiene una secuencia de siete imágenes de una misma mujer desnuda. Leda frente al espejo es la materialización, la iconografía perfecta para demostrar la existencia de las nuditas criminalis. Es el goce de una doble imagen devuelta sin penas ni enfriamientos. Es la actitud de un cuerpo que disfruta de sí mismo y que no priva de su disfrute; condición ésta casi ahistórica y universal. Además, cabría preguntarse cómo Arias pudo lograr una resultante composicional tan equilibrada e impactante, entre el desconcierto que pudo haberle provocado el escultórico cuerpo de la rubia norteña y el hecho de realizar su oficio tentado de abandono ante toda idea de paciente análisis racional. Aunque fuesen propuestas con enfoques diferentes, todas las obras de la etapa pastel responden a una estética de época: atrevida para el disfrute (plástico), pero conservadora para el discurso. Tonalidad que encierra sencillez y transparencia, caracterizadora de obras exquisitamente poco audaces para nuestros ojos, pero desconcertantes y "desvergonzadas" para su tiempo.

Los años de silencio...

La etapa gris, desde 1959 hasta finales de la década del 70, margina la desnudez femenina a un segundo plano, tanto a niveles formales como conceptuales, en virtud de grandes series épicas. La uniformidad temática y la estrechez de ansias experimentales determinarán el silencio de las cámaras hacia este género centenario.

Estos años, marcados por la pobreza creativa, albergan pocos trabajos sin una línea estilística que los aúne, ya que se hacían de manera casi "underground". Los que se atrevieron a incursionar en la temática podrían vincularse a partir del deseo de expresar algo mediante la presencia de un cuerpo desnudo, sin que importen las dimensiones del mismo, sea en su totalidad o como fragmento, o las posibles implicaciones de la imagen.

Así, tenemos solamente dos obras y una de ellas no tiene propiamente como centro la desnudez: El sueño de Raúl Corrales, donde un busto de mujer al descubierto, en un tercer plano de la composición, le aporta la mayor fuerza expresiva y discursiva a la fotografía, la verdadera razón de trascendencia, la esencia de un tiempo "parcializado" y radical (artísticamente), y también, por qué ocultarlo, la censura y el "engavetamiento" por años. La otra impresión es La vida y la muerte, de Korda, —conocida en el ámbito fotográfico como "La miliciana de Korda"—, equívocamente interpretada y asombrosamente mitificada. Poner un torso con camisa abierta que muestra los pechos desnudos y un arma que cruza diagonalmente, fue considerado como una agresión mayor a la efervescente postura y sentir revolucionario de los años 60. La suavidad y la crudeza de nuestro devenir se funden en dos signos de fuertes connotaciones interpretativas: los pechos, símbolos del surgimiento de un ser, y la metralleta, arma de fuego que sintetiza y profetiza el fin. Querer expresar la dicotómica significación de la vida y la muerte, dos polos entre los que se debate la existencia humana conllevó sencillamente el desprecio y la acusación de una imagen.

El viraje o todo se pone verde

Iniciando la década del 80, las nuditas cubanas dejan de ser eje único y bello para convertirse, casi totalmente, en pretexto. El cuerpo comienza a portar símbolos que hasta el momento no había probado, se embriaga de metáforas, y se carga de semas a descifrar, respondiendo a una resultante visual concebida con segundas y terceras intenciones.

Son tiempos que responden a la aparición de jóvenes artistas del lente que parecían, más que imbuidos de una forma novedosa y experimental de mirar el signo cuerpo, verticalmente autoconscientes de que la fotografía no sólo había logrado alcanzar un lugar dentro de las artes visuales cubanas para documentar hechos sociales o grandes hazañas épicas. Tomar la imagen de una mujer desnuda implicaba lo mismo que tomar una manifestación proletaria o un desfile de confirmación revolucionaria, desde el sentido estético-práctico del arte fotográfico. Pero, se necesitaron otras miradas, otros ojos, o tal vez otras historias personales, para que desde la vertiente artística (y por qué no conceptual) la desnudez apareciera con pleno esplendor, en sintonía con el avanzar del siglo y del arte contemporáneo universal. Así ocurrió que no sólo pasaron los vientos de cuaresma durante más de cinco años continuos, sino que la esperanza de la nueva imagen de la fotografía cubana mostró su otra y verdadera cara: el rostro reverdecido por cuestionadoras y atrevidas propuestas de una generación primaveral.

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