
Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo (...)
Hablar de comienzos es siempre, por supuesto, hablar de tanteos, de pasos inconexos, de resultados sin fuerza y, por ende, de leves exploraciones. Tales nociones no son ajenas al concepto con que se manejó el desnudo femenino durante las primeras manifestaciones de este género en la fotografía cubana del siglo XX, concepto ya de por sí prejuiciado por cientos de años de civilización. Sin embargo, aceptar ello como mirada unívoca sería negar la concreción de un estilo que determinó el período. Y es que detrás de una expresión esteticista, acabada en el trabajo puro de las formas y de las luces, se determinó una manera de hacer que en nada alteraba el cuerpo femenino tomado por la cámara. En él la mujer era centro y eje de una propuesta masculina que gozaba de las poses teatrales, líneas, gestos y actitudes de una geografía humana predeterminada en estudio.
Así, miradas dudosamente ingenuas y posturas que delatan a las otroras nuditas criminalis*, ocuparán las impresiones de toda una etapa: desde 1920 hasta 1958.
*Categoría establecida por el Cristianismo que define a la mujer desnuda sin vergüenza de exhibir sus carnes, en franco privilegio de la belleza física por encima de lo moral.
Etapa dulzona, no comprometida, para muchos "aburguesada", donde no tiene lógica cabida el juego sígnico, ni metafórico de la imagen.
Se trata de una etapa pastel, que desborda en discursos directos, sin manipulaciones de referente, donde el cuerpo existe y tiene fuerza expresiva de por sí, libre de complementos evidenciadores de mensajes.
Pero, las raíces de este fenómeno artístico en Cuba se hallan en aquellas postalitas publicitarias de principios de siglo, que estimulaban el líbido, realzaban el deseo por alguna marca de cigarrillo y que nuestros abuelos se prestaban e intercambiaban al por mayor. Todo parece indicar que la dulzura e ingenuidad aparente con que se identificaban ante la cámara nuestras mujeres de los años veinte, ruborizaban a más de uno con sus torsos desnudos en posiciones un tanto maniqueas, pero efectivas en su carácter sensual. La supuesta inocencia se advierte en la semidesnudez de la carne, en ocasiones apenas marcada, transparente en la leve ropa que porta o exhibida por mero e intencional descuido.
No es extraño, pues, la presencia de fondos que simulen cotidianidad, como parques o el muro del malecón habanero, a la manera de algo superfluo por lo real; aunque la moda, lo generalizado, o lo común era el trabajo en estudio, donde primaban los accesorios inocuos y la vieja fórmula de cortinas dispuestas a manera de teatro. Éstas últimas devenidas en elemento de juego para modelos que en general, aún en la suavidad de sus formas, ofrecían algo de impudicia en sus afectadas poses.
Tales estereotipos comerciales marcarían las pautas con las que sería tratado el desnudo femenino posteriormente en su versión artística. Sin olvidar por ello su aporte a toda una tradición que en una óptica única de la mujer la avista cuerpo y no alma, convirtiéndola en placer estético de y para otros. Joaquín Blez, autodenominado el fotógrafo del mundo elegante, también fue partícipe de esa estética complaciente y desenfadada. Conocido es que casi toda la burguesía femenina habanera, tras el afán de tomarse una impresión desnuda, desfiló por su Estudio Fotográfico de Neptuno n†.65. A través de esas delatoras imágenes perseguían la autocomplacencia y la necesidad de escalar un peldaño más en el prestigio social. Así, imagen desnuda equivalía a legitimación social. Paradójica razón ésta para un tiempo saturado de prejuicios, donde ver, y más aún, mostrar la desnudez del cuerpo era resorte seguro para delatar inmoralidad y escasez de fina cultura. Obras de Blez también aparecieron en postales publicitarias, pero portadoras de una diferenciación lograda gracias al estilo epocal que acuñó.
Estos tiempos fueron pródigos en imágenes fotográficas, desde las figuras art nouveau blezianas hasta aquellas elaboradas por algunos miembros del Club Fotográfico de Cuba. Entre ellos las nuditas eran pretextos para hacer arte, lejos de esa inspiración elemental de equiparar cuerpo y deseo. Para Roberto Rodríguez Decall (quien fue principiante en hacer obras en exteriores, raro para el tiempo), Felipe Atoy y Rogelio Moré, la acción de tomar la cámara y enfocar la desnudez tenía que estar precedida por una idea técnica y composicional más que conceptual. Al igual que para Rafael Pegudo y Tito Álvarez, la figura de las féminas era hermosa por sí sola, no necesitaba nada más que una postura y una buena iluminación para convencer. De igual suerte participó el doctor Tomás Padró, quien, desde su lejano Santiago de Cuba y en los tempranos años treinta, ya asumía la desnudez femenina con verdadero rigor esteticista. Mas, para todos, el motivo era el pleno y limpio disfrute de un cuerpo. Era mostrar el modelado perfecto alcanzado por obra y gracia de la natura; siempre desde una visión masculina. Eran, sencillamente, amantes estéticos de una mujer desnuda.
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