Una cámara distinta para cada serie de fotos, no solo eso, una artesanal, construida específicamente para cada trabajo. Ese es el mundo del Boy of Blue…
Wayne Martin Belger, el Boy of Blue, es un artista autodidacta, instructor de buceo, instructor de escalada en roca, y otro montón de cosas extravagantes, tomando en cuenta que esta es una revista de arte y este artículo lleva la etiqueta fotografía.
El Boy of Blue se vale de cámaras Pinhole, esto es decir: cajas oscuras a las que se les practica un pequeño agujero para dejar pasar la luz y así imprimir una imagen sobre algún material fotosensible.
Pero no se trata de simples cajones, la propuesta artística de Wayne Martin Belger pasa por una concepción metafísica de la fotografía y su realización.
Nacido en Pasadena, California, en 1964, criado dentro de una familia católica, llega a conocer el rito litúrgico en Latín a muy temprana edad, experiencia que él utiliza para definir su trabajo actual, de la misma forma que la palabra y el sonido del latín, junto a la parafernalia litúrgica, permiten establecer las reglas de un tipo de comunicación mística, Wayne Martin Belger trata de generar esa sensación con sus imágenes.
De esta forma cada cámara ha sido cuidadosamente elaborada en función del objeto a fotografiar, huesos humanos, cráneos, sangre, aluminio, titanio y objetos antiguos son parte de su lista de materiales.
¿El objetivo? Desvanecer los límites entre el objeto fotografiado y su representación fotográfica, involucrar uno en el otro, es también la razón por la cual justifica el uso de cámaras pinhole, en sus propias palabras: “Con fotografía pinhole, el mismo aire que toca mi sujeto puede pasar a través del agujero y tocar la emulsión en el negativo. No hay barrera entre los dos.”
De hecho, Wayne Martin Belger cree de esta forma poder llegar a un punto donde no exista la manipulación en la fotografía y obtener una imagen pura.
Yo, en ese sentido, estoy totalmente en desacuerdo con el artista, sin que deje de gustarme su obra que me parece extraordinaria, pero creo que en realidad todo el proceso de creación de cada cámara, el acabado que obtiene por precisamente trabajar con pinhole, es una forma muy profunda de manipulación, en un sentido positivo, ocurre precisamente igual que con los rituales religiosos, la fusión de íconos, materiales y símbolos de todo tipo se amarran como un todo, produciendo un profundo impacto emocional en el observador.
Ya no se trata de si sus imágenes pinhole sufren o no manipulación en su proceso de toma y encuadre, es que toda la puesta en escena, desde la fabricación de las cámaras hasta la instalación final es parte de un plan de su autor para provocarnos emociones, en esto precisamente estriba el encanto, en esa incómoda sensación de las cosas que nos remueven las cámaras y las imágenes del Boy of Blue.
“Todo para atestiguar y ser una herramienta de los horrores de la creación, así como la belleza de la decadencia presentada por la autoría de la luz y el tiempo.”




