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por Clara Astiasarán

Es casi un acuerdo para los estudiosos del graffiti, así como para las oleadas de aerosolistas callejeros, que el graffiti contemporáneo tiene su génesis en esa figura legendaria – Hollywood mediante- que fue Taki 183. Jamás la industria del cine pasaría por alto a un adolescente de New York –alienado mejor- que en los años sesenta iba rayando en paredes, muros y paradas del metro, un rastro acusatorio: su apodo y número de calle.

Ubicado dentro de las márgenes de lo que hoy reconocemos por cultura Hip-Hop, los “Tags”* que dieron un lugar de autoría a esta manifestación urbana, fueron desplazándome hacia zonas de emergencia estética. Así se concretaría una nueva tipología artística para los años del Pop Art.


Sin embargo tardaría mucho en llegar la auténtica legitimación del graffiti en el plano de las bellas artes, mientras tanto su prohibición era una realidad en la Gran Manzana y en casi todas las calles del planeta. Luego, figuras como Keith Haring o Jean Michel Basquiat, lo ubicaron dentro de una dinámica discursiva y crítica para el arte contemporáneo. Muy a pesar de eso, actualmente, el resurgimiento de todas las asociaciones posibles de graffiteros del mundo -de izquierda, de derecha, románticos o neonazis- es sólo previsible en su sede universal de Internet.

*Se entiende como “Tags” las marcas personales o firmas de los artistas urbanos. Taki 183 es un ejemplo de ese tipo de marcas.

Pero el graffiti tuvo nupcias con el arte desde Lascaux**. Para el hombre prehistórico, desear su bisonte era perpetrarlo en la piedra –se entiende forma primigenia del muro- cuando la ¿policía? delineaba en la pared sus propias presas, porque comer era –como para algunos todavía- un acto de magia.

Así vi por primera vez a Alejandro Ramírez, haciendo magia. No andaba rayando paredes –todavía- ni registrando latones en los basureros, sino que acunaba a los que si tienen esta última tarea en el número 1 del ranking de supervivencia.

**El término Graffiti fue usado por primera vez por los arqueólogos para dar nombre a las escrituras informales en tumbas y monumentos antiguos.

Aunque es cierto que el graffiti ha perdido algo de ese encanto prohibitivo en muchos sitios del mundo (existen concursos, se diseñan camisetas y se usa en publicidad), en San José dicha contravención es penada con 100,000 colones, un equivalente de $250.00, valorándose también la privación de libertad como castigo. Así que desde que lo conozco – a Alejandro- la calle, la marginalidad, lo underground recuperaron para mi el aura adolescente y he hecho muchas cosas –no todas- que dije que nunca haría.

Fanático del karaoke –los que saben del 88 no me dejarán mentir- y de José José, con quién probablemente fue él mismo acunado, su pieza para la Bienal Centroamericana del 2002 era un monumento a la nocturnidad. Los videos acompañantes de los hits del cantante mexicano, eran de su propia factura mientras incorporaba su imagen y la de sus seres queridos (¿alguien dijo María?) de forma grotesca y paródica, por un lado acentuaba ese tono lúdico que siempre repara en su propuesta, por otro no dejaba duda de que entre su trabajo y su vida los límites estaban bien difusos.

A mediados del 2003 me lo encontré en un café –ahora devenido tienda por departamentos- ubicado en cierta calle populosa. Me arrastró a 200 metros para enseñarme un mural en letra esténcil que decía: YO PIENSA. Yo también -le dije- e inmediatamente agregué: ¿Ale, qué estás haciendo? Ramírez había elegido algunos graffitis en paredes específicas, reproduciéndolos en una tipología “legal” que dejaba marcada con cinta adhesiva, cuando pintaba las paredes de blanco. Se convirtió en una especie de embellecedor de la ciudad a la vez que cubría su cuota intelectual editando la literatura urbana.

La documentación de estás acciones estuvo exhibida en la pasada edición de Bienarte, imágenes que concentraban su fuerza en el registro, pero que coqueteaban con cierta estética fotográfica. Los textos elegidos tenían una pertinencia asombrosa con el entramado urbano: los símbolos de la Ultra y la 12 (las barras de fútbol más populares del país), Mural (un ejercicio de autocensura donde Alejandro Ramírez cubrió la pared frente a su casa, que antes ostentaba sus dibujos de estudiante de Bellas Artes), San José es una ciudad de sombras, JK (emulando el nombre de una importante galería local en las paredes de una caseta de guarda) y el reincidente ¿Quién lo mató?, a propósito de la muerte del periodista Parmenio Medina, hecho que ha comenzado a dilucidarse desde la navidad pasada***.

***Para mayores detalles, favor consultar la fotonovela del Periódico Universidad en sus más recientes ediciones.

Es bastante cuestionable si este ejercicio de censura o edición del graffiti, se incorpore a los códigos que este oficio tiene para la dinámica citadina. Mi opinión lo ubica más cerca de una conducta anárquica de temporalidad efímera, donde Alejandro Ramírez irrespeta las leyes gubernamentales y las que la marginalidad misma ha construido en garantía de su labor de resistencia. Además su intervención en un proceso donde la fugacidad es casi una exigencia, siempre devuelve cierta sospecha sobre la misma condición de ese acto. Muy pocos de sus ejercicios callejera sobreviven, pero el artista decidió registrarlos, concientizando su voluntad estética y no su militancia urbana. No hay nada naif aquí.

Luego de este proceso de enmienda del graffiti, al que el artista tituló Acción rectificadora del graffiti, comenzó a trabajar en su Acción limpiadora del graffiti, algo que él mismo ha reconocido como un mantenimiento del graffiti, dándole agua y jabón a la pared y así destacar la escritura, la marca, la señal y el delito. No al TLC o el resto de la retórica callejera acerca de este hecho inminente han llamado la atención de Ramírez más de una vez y está presente en ambos procesos.

No es secreto que la opinión pública nacional ha estado muy nerviosa los últimos meses. La firma del Tratado de Libre Comercio -del que confieso no saber nada nuevo, salvo que no es nada bueno- pareciera haber empujado hordas de rayadores indignados, pues la ciudad se ha convertido en el soporte de toda la opinión que la prensa no publica.

Apartándonos de cualquier moralismo, civismo o filiación política, el graffiti contiene la marca personal, esa obra con severa conciencia autoral (las firmas de los graffiteros son siempre reconocidas por sus colegas de oficio) pero también una especie de conciencia civil anónima. Esto no es absolutamente nuevo si se tiene presente que cada contingencia política ha desatado la creatividad callejera, como fue el caso de las consignas populares surgidas en Mayo del 68. Es este tránsito disímil y oportuno en su devenir contemporáneo el que lo legitima, muy a pesar de los códigos penales. Si la literatura de un pueblo es su máxima expresión epocal, en San José puedes encontrarla en las zonas universitarias, en los baños de los bares, en los bancos de las iglesias y en las faldas de esas montañas de concreto que son los Mall.

El graffiti en manos de Alejandro Ramírez ha comenzado a recuperar su sentido aurático. La complejidad con que dispone la acción artística en traslape con la acción social (o política), renueva esta praxis en el plano reflexivo. En el reciente Concurso de Emergentes convocado por el Museo de Arte Contemporáneo (MADC) Ramírez enfrentó por medio del graffiti las dos barras de fútbol más temerarias del país, eso le mereció el premio. No el espectáculo, muy pocas personas alcanzaron a verlo, no las revelaciones textuales, apenas si se lograba leer algo específico; el premio estaba en el desafío, en las paredes violentadas del Museo, en la reinserción de un modo pictórico sobre el que siempre pesa la depreciación.

Una vez Alejandro logró aunar sus dos grandes pasiones. Hizo un video, intencionalmente precario, grabando casi a escondidas mientras rayaba o pintaba con aerosol la letra de la canción Que linda es mi Costa Rica, para que fuera parte de su tema de karaoke homónimo. Esa vez pudo ir a la cárcel, más que ninguna otra. Ahora sigue trabajando.

Por otra parte quizás el TLC no sea tan malo, y como están las cosas, hasta haga una moción por el graffiti. Entonces todos andaremos escribiendo pendejadas en las paredes, nuestro nombre, la calle y el número de seguridad social (si sobrevive), o lo mejor sea recurrir a Alejandro Ramírez, para que lo salve otra vez –al graffiti- de la abulia, la cursilería y las fauces de la convención.