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Texto y fotos por Federico Rosso, periodista y escritor argentino, colaborador de ArtStudio Magazine

Mientras sucede el Reef Classic 2010, en Santa Teresa, nos asomamos a las inmediaciones del Puerto para averiguar algo más allá de esa mirada coreográfica que solemos posar sobre los surfistas. Cómo se forman o cómo se construye una tabla, en silencio nos preguntábamos. Sin querer descubrimos que estos dos asuntos pueden estar asociados, así que nos encontramos con las dos respuestas al mismo tiempo, en una díscola conversación que acabó por revelarnos algo de la relación entre el hombre y el agua.

El surf es un deporte que se disputa entre lo clasista y lo circunstancial. Clasista porque cuesta un dinero que no cualquiera puede pagar y circunstancial porque sólo pueden practicarlo los afortunados que viven cerca del mar. En otros casos, el de los más apasionados, es también una decisión de vida. Costa Rica es la composición del mejor escenario posible, el paraíso del surfista, la meca del amante del mar, un lugar donde sin grandes esfuerzos muchos pueden surfear.

Las tablas de "Carton"

“En el mundo existen dos mundos, este y el otro, allá, dentro del mar”, dice Edwin Villalobos, más fácil de hallar en el Pacífico Central si se pregunta por Carton, mientras lima una quilla, en tertulia permanente, circundado por una rueda de interesados en ese otro mundo, que trasciende el deporte y compromete al individuo en un plano radical, en una cosmovisión, en un estilo de vida.

Carton nació en la playa, Puntarenas, en el seno de una familia de diseñadores de barcos y frente a las olas de Costa Barranca, como él mismo lo describe en su sitio web. Tiene 20 años de diseñar y construir tablas y la vida llena de amor por este deporte-vida.

Entrando apenas en ambiente, puede notarse el magnetismo que el surf ejerce hacia sus adeptos. Una pasión que los recorre apenas empiezan a deshilvanar un relato dónde no hay lugar para nada que no sea al surf referido. Entre metáforas holísticas y anécdotas remotas el anhelante aprendiz, a veces, se viene a encontrar con algún dato, una respuesta o un pequeño consejo, que siempre parece tardar en llegar.

Imprevisiblemente, Carton levanta una tabla y comienza a explicarla: esto es una replica de lo último que uso Kelly Slater, diez veces campeón mundial, pero es sólo para campeones como él, agrega.

Si algo parece tener el lenguaje del surf es respeto y humildad, al contrario de lo que cierta hosquedad aparenta, quizás, porque se cierra en código de cofradía, un tanto impenetrable para el amateur y decididamente clausurada para el paseante desprevenido.

Carton levanta y gira la pequeña tabla, demasiado ligera, demasiado corta, “una cosa muy loca”, describe, y aclara que sólo ese sujeto y un puñado de elegidos pueden dominarla. De ese modo, evidencia y resalta con respeto la virtuosidad inalcanzable de los mejores, pero al mismo tiempo reivindica lo clásico, lo estándar, un surf más democratizado, un surf para el que tiene que trabajar y con esfuerzo saca un día del fin de semana para ir a la playa, un surf menos dogmático y más recreativo.

Mientras explica detalles técnicos, medidas y características de la ya proverbial tabla, rápidamente se entiende que debe existir una relación estrecha entre ésta y su portador o portadora. Después nos muestra otra y dice, esta es de… y nombra un cantante, vean que buena me quedó, se nota que el hombre es un artista, eso está en el aire y se trasmite, dice mientras mueve los dedos para graficar la etérea sustancia que lo condujo hasta el producto final.

Junto a él, escuchándole atentamente, aunque casi imperceptible, hay un joven, un niño aún que no debe tener más de 13 años, ni pesar más de 45 kilogramos, ni medir más de 1.55. Lo ve, nos mira, se retira un poco y nos dice. Desde el día en que lo vi supe que era un virtuoso (lo vimos después desde la arena y supimos a que se refería). También oriundo de Puntarenas. Y allí estaba, cómo el aprendiz de un oficio, respirando hasta la última viruta del ambiente, formándose desde abajo y desde adentro.

Con todo esto, puede hacerse una analogía perfecta con el músico y su instrumento. La guitarra por ejemplo, y ese proceso artesanal de construirlas a medida, probarlas y ajustarlas hasta lograrlas a imagen y semejanza, porque justamente de eso se trata, de equilibrio y armonía.

Deja de mostrarnos tablas y regresa a la lija de agua con la que estaba puliendo una quilla y vuelve al tema en que estábamos antes de hablar de la pequeña tabla. La conversación va al garete y carece de esa estructuración lineal con la que solemos someter a las palabras. A sí, dice y recuerda que estábamos hablando de los beneficios terapéuticos del surf, de la relajación mental que produce estar dentro del mar, de la exigencia deportiva incomparable con otros esfuerzos de hacer ejercicio, tanto en calorías eliminadas como en beneficio espiritual. De algo sumamente superior -interpreto yo-, realmente sentido e intocable: El Surf.

Y como si todos estuviéramos bajo el influjo constante del mar, los temas de conversación se nos acercaban y se nos iban, crecían, cambiaban y se desvanecían, como las olas, que al mirar el reloj pronto todos fueron a buscar, porque eran ya las 12:30 del medio día y a las 2 de la tarde era la marea alta, la tan preciada oportunidad diaria de entrar a ese mundo ideal.

Cartón, Jacó