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por Federico Rosso, periodista y escritor argentino, colaborador de ArtStudio Magazine

Al igual que el café en Costa Rica, el mate reúne, convoca a la tertulia y anima las tardes. Pero el hecho de que el mismo recipiente se comparta entre las personas lo destaca en el universo de las infusiones.

En la actualidad se consume en el sur de Brasil, Paraguay, aunque con mayor afición y decididas implicancias socio culturales en Uruguay y Argentina, donde impensadamente alguien deja de ser invitado con un mate. Toman mate hombres y mujeres por igual, en la pampa, en la cordillera de los Andes, en el selvático litoral, en el norte y hasta el límite final del mundo que marca la Patagonia.

Quizás, la capacidad de igualar estratos sociales sea la cualidad más elogiable de esta peculiar infusión. Toma mate desde el más pobre hasta el más rico habitante del sur de Sudamérica. Consumen mate los intelectuales, los ignotos, los empresarios, los desposeídos, el hampa en sus aguantaderos, los policías en las seccionales. En el campo y en las ciudades, en la casa y en el trabajo, con amigos y enemigos por igual.

Sin embargo, existen matices regionales. En Argentina se acostumbra beberlo en compañía, aunque también están quienes lo preparan para si mismos, en la soledad de la lectura, en aislamiento rural o en un alto a la vertiginosidad cosmopolita.

En Uruguay prevalece la costumbre de cada cual con su mate, donde es común ver a las personas en la calle, mate y termo en mano, hacia donde sea que vayan. En Argentina, en cambio, el mate está más ligado al calor y la intimidad hogareña, a los espacios laborales y las distensiones y licencias, como es pasar una tarde en un parque en compañía de amigos e infaltable rueda de mates.

Una práctica curiosa y entrañable

Existe una cierta ambigüedad en torno a la palabra “mate”, ya que “mate” es la sustancia “yerba mate” y también se llama “mate” a la pequeña calabaza ahuecada donde se lo sirve. Sumado a todo esto está la acción de “tomar mate”, que parafrasea una vez más a ésta redundante costumbre de chupar y chupar.

Su modo de ingesta y preparación es sumamente singular. Se vuelca la yerba en una pequeña calabaza, a donde posteriormente se agrega el agua caliente, siguiendo los breves intervalos de los turnos de los participantes, que lo sorben en cortas y continúas chupadas, a través de un pequeño sorbete metálico denominado bombilla. Uno por vez vacía la calabaza, que se vuelve a llenar de agua para pasarla al siguiente.

Existe, además, un afecto especial y toda una simbología en la casual ceremonia de preparar y beber el mate. Al primer mate lo toma el “cebador” -quien prepara y sirve el mate-. Porque quien lo “ceba” -acto de preparación y distribución- es quien lo sirve, parsimoniosamente en el silencio o la charla. En esta tarea no están bien vistos los descuidos o los traspasos; es una labor que se comienza y se continúa hasta el final, que corresponde a la saciedad del último integrante de la ronda, porque no es bueno detenerse si alguien aún le apetece un mate más. Todos estos requisitos funcionan como profundos implícitos, que por su puesto ni se mencionan, menos aún en el caso de violarlos.

Dentro de sus ceremoniosas particularidades, es más pasivo quien lo recibe, que se limita a decir gracias cuando ya esta satisfecho, mientras quien lo ceba dirige el orden, análogo al de los juegos de baraja, controla la temperatura del agua y da los cuidados posteriores para que el mate conserve sus cualidades: esa tibia espuma que aflora apenas sobre la superficie de la calabaza. También, es probable que el mate sea repartido en orden de importancia, y si hay un invitado especial, alguien mayor o más respetable, será éste quien reciba el primer mate, siempre después de la cautelosa degustación del cebador.

Por otra parte,  no es recomendable rechazar un mate, menos si el agasajado es una visita, siendo éste el que se acomoda a la forma de preparación del anfitrión: “tomo como usted acostumbre” suele escucharse ante la típica pregunta, dulce o amargo.

Para los puristas el mate debe ser amargo, ya que su preparación comienza a bastardearse con el añadido de otras hierbas, el azúcar, el licor, la leche, la cáscara de los cítricos.

Una literatura social

Los conquistadores vieron el mate como una bebida endemoniada y de holgazanes, pero su descendencia como una tradición irrevocable. Más tarde, otros, como un crudo negocio latifundista.

Pero si algo es notable en la costumbre de tomar mate es que ésta haya perdurado intacta en el tiempo. En su preparación e ingesta el mate poco ha cambiado con los años, incluso, después de sobrevivir a uno de los exterminios de la cultura más brutales que se hayan apreciado sobre el planeta. De mismo modo que los pueblos originarios, pasando por aquel ajeno crisol de razas que pobló la soledad del sur de Sudamérica, y aún en la actualidad multicultural y posmoderna, todos por igual sorben tranquilamente de su mate, como si bebieran de la paz más profunda de la tierra.

Hablar de la historia de esta infusión preparada a base de yerba mate nos retrotrae a la cultura de los pueblos originarios, en las cuentas de los ríos Paraná, Paraguay y Uruguay, y a la brutal apropiación colonizadora, que propició la definitiva explotación del hombre por el hombre. Para comprender esto es recomendable sumergirse en la prosa Faulkneriana de “El río oscuro” de Alfredo Varela, periodista y escritor argentino que por la década del 40 dejó una obra excepcional para la literatura Sudamericana. Allí describe las brutales consecuencias de la producción de la yerba mate. Es recomendable, además, por la calidad estética de la obra, al tiempo que desentraña una realidad socioeconómica pasmosa, equiparable a cuantos otros estragos rurales de Latinoamérica.

Y quizás sea este vínculo del mate con el sudor, con la sangre y con la tierra lo que conecte inconcientemente al hombre con su origen y su esencia. En el exilio, el mate, el tango, el fútbol juegan a la par en esa identificación dolorosa del  afuera del terruño. Esos enigmáticos y entrañables personajes de Rayuela, como “La Maga” u Oliveira, almas pérdidas rioplatenses, quizás representen literariamente la forma más nostálgica, pura y elemental de tomar mate.