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por Federico Rosso, periodista y escritor argentino, colaborador de ArtStudio Magazine

Lecturas  del Caribe costarricense

“Y sellamos nuestra unión en ese mar, el sitio más hermoso de la tierra. El sitio más hermoso de la tierra era de los negros, era de los indios, era Talamanca, allá me llevaste”. Ana Cristina Rossi, “La loca de Gandoca”

Sensual, exuberante, musa inspiradora de una buena porción de literatura y cine costarricense, otrora selvática puerta al mundo y escenario de agudos conflictos sociales. Tierra sufrida, preciosa y excluida, pero que contra carencias despliega carácter, identidad y una manera original de ver el mundo.

Cuando uno llega siente olvidar la vida corriente, la rutina. Limón nos provoca la misma sensación de agradable olvido que la buena ficción. Se respira, se duerme, se vive distinto en sus playas, pero fundamentalmente se percibe una atmósfera peculiar, quizás, esa tensión de los contrastes en perpetuidad, que enaltece a sus habitantes en un íntimo e impenetrable orgullo.

Si hacemos el ejercicio de regresar a las páginas de “Mamita Yunai” de Carlos Luis Fallas o a las de “Puerto Limón” de Joaquín Gutiérrez, podemos rastrear los orígenes y el sentido profundo de muchas de las formas y condiciones actuales, los conflictos de intereses, la precariedad constante, las distancias que imponen sus lenguas vernáculas y los dialectos, siempre en el marco de la fuerza incontenible de la naturaleza: inundaciones, enfermedades, animales mortíferos.

En todo caso, jamás dejará de ser un escenario fértil y voluptuoso, dentro y fuera de la literatura, con su implacable sopor que obtura y aprisiona los sentidos. Así, por ejemplo, en “Casada con una leyenda”, Henrieta Boggs, desde una óptica menos politizada y más pictórica, describe con pericia la contundente impresión que Limón le produce tras sus primeros pasos en Costa Rica. Una descripción que hace sentir la pluma remota en la potencia de la fuente de inspiración.

También, otra relación con la naturaleza fluye en Limón, tal vez por su marcado predominio, junto a una importante dosis de conciencia ecológica, sobre todo por sus playas. La “Loca de Gandoca”, de Ana Cristina Rossi, prematuro “Avatar” de la literatura costarricense –cuando la ecología apenas era tema por estas tierras-, es una buena representación de esa sensibilidad. Es la traducción literaria de la voz dolida de la naturaleza en la metáfora totalizadora de un amor trunco. El amor del la vida se consume junto a un paisaje amenazado por el “progreso”.  Pero ese amor que se pierde también es una nueva lucha que nace.

La tala, la muerte, la autodestrucción del hombre y su anverso en la generación de conciencia, en la denuncia. No hay evolución del pensamiento si no hay conflictos y esto queda evidenciado en la energía que hace posible la obra. Su autora, ya en el comienzo y también sobre el final, lo apunta de forma manifiesta.

El magnetismo del paraíso

La cultura caribeña, su música, su comida, sus dialectos y ese underground que sus habitantes cultivan genuinamente y apenas insinúan con miradas distantes y altaneras, terminan de componer esa exótica atmósfera que ejerce la atracción de lo desconocido. Sumada a la belleza paisajística y natural, esa cultura funciona como el eje magnético que atrae al visitante desprevenido, como quien se enamora a primera vista, sin posibilidad de asimilar la fuerza que a partir de ese momento lo ha convertido en una persona diferente.

Visitar Limón es entrar inexorablemente en el cuello de una válvula de escape, emocionarse apresuradamente con todo lo que nos sugiere decir y, al mismo tiempo, enmudecer, porque no hay forma de decirlo. Ese mutismo contemplativo que en “A ojos cerrados” roe con insistencia el drama de la vida, pero que al mismo tiempo demuestra esa posibilidad de apertura marítima, como una salida para la propia angustia.

“Al mar” dice Delia, la joven protagonista, como si sólo existiera el lado Atlántico. Y no olvidar que la decisión final de Maga fue el Mar Caribe, ¿Por qué? ¿Sólo es una casualidad no haber pedido que sus cenizas fueran diseminadas en las aguas que bañan las Costas de Guanacaste? Lo diferente es ir al Limón, es más que paseos y vacaciones, tiene su encanto, su historia, sus tabúes y misterios escondidos en la espesura de la selva, en el insalvable abismo cultural.

Esteban Ramírez también encuentra tema en su “Caribe”, atrapado a su vez por esta vorágine de amor, de conciencia ecológica, de conflicto humano; de lucha por la vida. Una narración eclipsada por el escenario natural y marcada por su clima -la amenaza del comienzo de las lluvias, que cierran la película igual que a un ciclo biológico, con la muerte como inevitable final-. Antes, la liberación de los instintos, la infidelidad: un clásico conflicto burgués, pero en total armonía con el paisaje, que parece explicarlo mejor. Quizás, ese Caribe es todo lo que hubiera debido tener Madame Bovary para ser libre de verdad.

Es aquí un exceso y un error pretender averiguar que es lo que define mejor su esencia e identidad, pero la atracción es indiscutible. Limón es una de esas controversias no admitidas, con la fuerza de la poética del arrabal, pero desbordante de vida, a veces dentro, a veces fuera de la realidad, nos atrapa, nos confunde, nos conmueve, como la buena literatura, pero en forma intraducible y directa.