Seleccionar página

por Manuel Zeledón

Cuando el calor del verano se está extinguiendo y el frío implacable del invierno todavía no se asoma a la tierra del sol naciente, la naturaleza le regala un espectáculo a los Japoneses. Tímidamente comienzan a aparecer trazos de color en las ramas de los árboles y lo que una vez fue verde, se transforma en una gama de amarillos, dorados y rojos que desafían la imaginación: el Kouyou ha llegado.

El Kouyou, o el cambio de colores en las hojas de los árboles durante el otoño, llega a marcar el fin del verano en un frente que recorre al país de norte a sur y comparte muchas similitudes con el Hanami de la primavera. Ambos eventos son motivo de reflexión y de celebraciones, pero entre sus difrencias quizá la más importante es que, contrario al Hanami, el cual invoca sentimientos de esperanza, el Kouyou inspira melancolía y nostalgia.


En el transcurso de una semana las ramas de los árboles prenden fuego con tonalidades brillantes y las alamedas que una vez no tenían mayor atractivo, de pronto son un sitio de paseo para miles de personas que llegan a presenciar el fenómeno que muchos no pueden explicar. Pero los templos, más que cualquier otro sitio, son el epicentro de reunión para apreciar este fenómeno.

En Kyoto, la antigua capital del Imperio Japonés, los templos de toda la ciudad sabiamente fueron rodeados de estos árboles combinando el diseño del hombre con la belleza de la naturaleza. Entre estos, los templos de Tofukuji, Nanzenji y Eikandou, tres de las joyas más hermosas de la corona de Japón, se abarrotan de turistas provenientes de todo el mundo, preparados con una infinidad de cámaras y grabadoras listos para capturar la efímera belleza.

Es fácil imaginar que, en sus intentos por prolongar el tiempo para poder apreciar el Kouyou, fue que el pueblo japonés descubrió que de noche, con iluminación adecuada, los árboles tomaban un carácter completamente distinto, y aunque sea dificil de creer, aun más hermoso.

Si bien sus comienzos datan del séptimo siglo como actividad de la aristocracia y la realeza, la tradición de reunirse a ver el Kouyou, o momiji-gari, se popularizó entre la población durante la era Edo y desde entonces pasó a ser parte de la cultura del país. Los patrones de las hojas, los colores y el sentimiento de toda la estación hallaron su lugar en las expresiones artísticas, pudiendo verse su influencia en un sin fin de haikus, poemas típicos de Japón, y en los famosos estilos de teatro, el Noh y el Kabuki. También los kimonos, las prendas típicas del país, pueden encontrarse luciendo sus hermosos motivos.

La expresión momiji-gari se puede traducir literalmente como “la caza del momiji”. El Momiji, el maple nipón, es el árbol responsable de la tonalidad roja que abunda sobre todos los otros colores. Momiji de hecho es un sinónimo de Kouyou, y en realidad no es el nombre del árbol. Originalmente llamado Kaede, es tan común en las arboledas de todo el país, que los japoneses dejaron de hacer la distinción entre ambos términos. Las hojas de estos árboles se han convertido en símbolos del Kouyou y su forma peculiar de siete puntas serradas se utiliza como molde para confites y pasteles. La intensidad de su color es tan espectacular, que es codiciado como árbol decorativo en parques alrededor del mundo.

El Ginko, o Ichou en japonés, es el árbol que brinda la mayoría de los tonos amarillos durante el Kouyou. Proveniente de China, el Ginko es reconocido como uno de los árboles más antiguos del planeta y se sabe que estaba presente durante la época de los dinosaurios. El Ginko también es parte intrínseca de la cultura nipona, y se puede encontrar sembrado por todo el país, inclusive es considerado “el árbol de Tokyo”. Su fruta, de olor muy característico, no ha encontrado mucho uso a diferencia de su nuez, la cual se utiliza en un plato típico llamado “chawan-mushi”.

Pero a pesar de que estos dos árboles son los más universales, existen más de doscientas variedades de árboles que participan, cada uno aportando pequeñas variaciones de forma, y color, y que se unen para formar el magnífico espectáculo.

¿Por qué es que en Japón se pueden ver espectáculos como el Kouyou y el Hanami? ¿Acaso será porque su naturaleza es bendecida? ¿Será porque en una serie de coincidencias, todas las plantas hermosas del planeta migraron a esta tierra? No, evidentemente esa no es la respuesta. Hoy, los japoneses pueden disfrutar de estos regalos de la naturaleza, por una simple razón: hace muchos años aprendieron a valorar la naturaleza y encontraron que con un poco de ayuda, esta les podía devolver mucho más de lo que se podían imaginar.