
Cuando
el calor del verano se está extinguiendo y
el frío implacable del invierno todavía
no se asoma a la tierra del sol naciente, la naturaleza
le regala un espectáculo a los Japoneses. Tímidamente
comienzan a aparecer trazos de color en las ramas
de los árboles y lo que una vez fue verde,
se transforma en una gama de amarillos, dorados y
rojos que desafían la imaginación: el Kouyou ha llegado.
El Kouyou, o el cambio de colores en las hojas de los árboles durante el otoño, llega a marcar el fin del verano en un frente que recorre al país de norte a sur y comparte muchas similitudes con el Hanami de la primavera. Ambos eventos son motivo de reflexión y de celebraciones, pero entre sus difrencias quizá la más importante es que, contrario al Hanami, el cual invoca sentimientos de esperanza, el Kouyou inspira melancolía y nostalgia.
En
el transcurso de una semana las ramas de los árboles
prenden fuego con tonalidades brillantes y las alamedas
que una vez no tenían mayor atractivo, de pronto
son un sitio de paseo para miles de personas que llegan
a presenciar el fenómeno que muchos no pueden
explicar. Pero los templos, más que cualquier
otro sitio, son el epicentro de reunión para
apreciar este fenómeno.
En Kyoto, la antigua capital del Imperio Japonés, los templos de toda la ciudad sabiamente fueron rodeados de estos árboles combinando el diseño del hombre con la belleza de la naturaleza. Entre estos, los templos de Tofukuji, Nanzenji y Eikandou, tres de las joyas más hermosas de la corona de Japón, se abarrotan de turistas provenientes de todo el mundo, preparados con una infinidad de cámaras y grabadoras listos para capturar la efímera belleza.
Es
fácil imaginar que, en sus intentos por prolongar
el tiempo para poder apreciar el Kouyou,
fue que el pueblo japonés descubrió
que de noche, con iluminación adecuada, los
árboles tomaban un carácter completamente
distinto, y aunque sea dificil de creer, aun más
hermoso.
Si bien sus comienzos datan del séptimo
siglo como actividad de la aristocracia y la realeza,
la tradición de reunirse a ver el Kouyou,
o momiji-gari, se popularizó entre
la población durante la era Edo y
desde entonces pasó a ser parte de la cultura
del país. Los patrones de las hojas, los colores
y el sentimiento de toda la estación hallaron
su lugar en las expresiones artísticas, pudiendo
verse su influencia en un sin fin de haikus,
poemas típicos de Japón, y en los famosos
estilos de teatro, el Noh y el Kabuki.
También los kimonos, las prendas típicas
del país, pueden encontrarse luciendo sus hermosos
motivos.
La
expresión momiji-gari se puede traducir
literalmente como “la caza del momiji”.
El Momiji, el maple nipón, es el árbol
responsable de la tonalidad roja que abunda sobre
todos los otros colores. Momiji de hecho
es un sinónimo de Kouyou, y en realidad
no es el nombre del árbol. Originalmente llamado Kaede, es tan común en las arboledas
de todo el país, que los japoneses dejaron
de hacer la distinción entre ambos términos.
Las hojas de estos árboles se han convertido
en símbolos del Kouyou y su forma
peculiar de siete puntas serradas se utiliza como
molde para confites y pasteles. La intensidad de su
color es tan espectacular, que es codiciado como árbol
decorativo en parques alrededor del mundo.
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