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por Federico Rosso, periodista y escritor argentino, colaborador de ArtStudio Magazine

No es ninguna novedad decir que el fútbol es parte consustancial de la esencia del ser  sudamericano. Argentina, Brasil, Chile, Uruguay quizás sean los más definidos. Se respira más futbol que aire un domingo por la tarde en Montevideo, Buenos Aires o en cualquier ciudad de importancia, pero también en un pueblo anónimo y recóndito de la pampa. Y quizás siga siendo el potrero -ese descampado de grama añeja de los entornos rurales de los pueblos, donde ocasionalmente pasta algún animal- la cuna, el escenario donde nacen futuros millonarios e ídolos de las masas a nivel internacional.

El fútbol a sol y sombra (Eduardo Galeano) y El fútbol es sagrado (Roberto Fontanarrosa)

No hay escuelas exitosas de fútbol, como no las hay de escritores, un buen futbolista puede salir de cualquier lugar y de allí sus rasgos, más tosco, más gracioso, delicado, ingenioso, sacrificado; singular. Messi es singular, simpático, flexible e implacable. Maradona lo fue como ninguno hasta entonces y la lista no hace más que confirmar este notable rasgo de orígenes aleatorios. Los pequeños pueblos y los barrios pobres en las periferias de las grandes ciudades continúan siendo semillero de campeones y compiten con la exacerbada profesionalización de un deporte todavía sentido, artístico, natural.

En Argentina puede decirse que se vive -con idéntica intensidad- un fútbol hacia adentro y un fútbol hacia afuera: todos están en la cancha el día que hay que jugar. Entrenador, institución, fanáticos, simpatizantes, jugadores. Como en un rol asumido por mandato divino cientos de aficionados desfilan por las calles, a ver, a alentar a plantarse en la tribuna, en frente de los televisores o sumidos en los mágicos relatos radiofónicos. Incluso, muchos utilizan estos medios en simultaneidad, como la radio en la tribuna para acceder al seguimiento de los comentarios periodísticos. Además, es común, ante la dificultad de llegar a tiempo a casa, ver personas petrificadas en la calle, fuera de las grandes tiendas de artículos electrónicos, viendo las instancias que se hubieran perdido camino a sus hogares.

Cuando la fecha es crucial –no importan las proporciones, todo es relativo y cualquiera sea la escala se vive con emoción idéntica- una quietud alarmante impregna el ambiente y puede escucharse claramente el grito espasmódico de gol, irrumpiendo el máximo sosiego que pueda experimentar una ciudad; un domingo de clásico futbolero.

Existen, por otra parte, una amplia fauna de simpatizantes, conocedores, especialistas, charlatanes y habladores de fútbol. Graves y académicos, controversiales, memoriosos y detallistas hasta lo enciclopédico, que compendian datos de las publicaciones especializadas, y todos juntos en una mesa pueden llevar el tema a niveles de especificidad inusitados. Discusiones deportivas, técnicas, políticas, institucionales y hasta los temas más mundanos o privados de la vida íntima componen una dilatada extensión discursiva por donde gira esta pelota de tópicos. Abordados más desde lo visceral y entrañable que del sistemático fracaso de la pretendida objetividad periodística, que aquí mejor que en ningún otro caso se confunde con las conversaciones de café más casuales.

La ficción del deporte

El fútbol es un tema autosuficiente que puede llenar de punta a punta, no sólo las conversaciones, sino las vidas de tantos hombres y mujeres que habiten Sudamérica. Como reza en la campaña publicitaria de un medio de comunicación especializado en deportes, referida a las vísperas del mundial: “es cultural”.

En materia de literatura existen dos autores de base para iniciarse. El uruguayo Eduardo Galeano, quien sondea al futbol en su contenido más profundo de lo político, social y cultural y el rosarino Roberto Fontanarrosa, quien entra de lleno a ese inexplicable, oscuro y hondo vacío que se alivia con el irracional ejercicio de las pasiones. No importa porqué, no importa cuando, no importa donde, lo importante es que es fútbol.

La recientemente ganadora de un Oscar por mejor película extranjera, “El secreto de sus ojos” tiene una escena que cristaliza la emoción, el conocimiento y el grado de complicidad que el sudamericano medio sostiene con este deporte. Uno de los protagonistas se pregunta qué es lo que nadie puede cambiar, intentando descubrir la pista para encontrar a un prófugo de la justicia a partir de su correspondencia, donde -a partir de una lectura conocedora y atenta de los códigos- se descifran las marcas de su fanatismo por un equipo. De ese modo, se enumera una lista de todo aquello que alguien pueda cambiar en esta vida. Gustos, objetos, hasta algunos afectos, menos, claro está, el del equipo preferido. Y es en la platea de un estadio de fútbol,  junto a otros cientos de miles, dónde al final lo encuentran.