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por Manuel Zeledón

En uno de los períodos más místicos y fascinantes del Japón, contemporáneos del samurai y del ninja, aparecieron los imponentes castillos del Japón.

A inicios del segundo milenio, el gobierno central que había regido a Japón durante la era de Heian (794-1185) venía en decadencia ya hacía varios siglos. El poder de las familias en las regiones rurales había venido creciendo entre la corrupción y la falta de liderazgo de los emperadores. El orden fue perdiendo terreno frente al feudalismo y fue así como Japón se vio inmerso en una época de batallas incesantes que agobiaron a todo el país por varios siglos.


Frente al constante acecho de los feudos contiguos y la tarea de mantener el poder en su propia tierra, los señores feudales no tuvieron otra opción más que la de recurrir al uso de las armas. Pero en un país que había recibido tanta influencia de la China, las palabras de Sun Tzu, resonaban claramente: “Toda guerra se basa en el engaño”.

Bajo esta filosofía, los feudos utilizaban todo a su disposición, desde la fama de generaciones anteriores y las crestas familiares, hasta los mitos y las apariencias, con tal de intimidar a sus enemigos y así ganar sin necesidad de un enfrentamiento. Los símbolos de superioridad y riqueza se convirtieron en armas más poderosas que cualquier ejército, y entre los símbolos capaces de inspirar más respeto, se encontraban los castillos.

Estas edificaciones no solo demostraban un poder bélico que se escondía en sus entrañas, sino que, por la inversión que representaban, eran señal de riqueza. Con sus muros y sus torretas imponentes, producían en todos los que las miraban, muchas sensaciones, entre las cuales pocas veces se encontraban los deseos de atacar. Y por más increíble que parezca, esta era la intención única de sus autores. La situación más desafortunada a la cual podía llegar un castillo era verse obligado a defenderse de un ataque.

Inicialmente construidos en los topes de montañas para así poder ser vistos a distancia y apaciguar incluso los ánimos más revoltosos sin mucho esfuerzo, los castillos eventualmente fueron encontrando su lugar en el centro de las ciudades: entre la vida política y económica de la sociedad. Desde esta posición, mantenían su intimidante majestuosidad, no solo ante los enemigos del feudo, sino que recordaban a los propios habitantes del poder que en ellos “aparentemente” yacía.

Con la apariencia como principal guía arquitectónica, la premisa al construir un castillo era acomodar el perímetro, las torretas, el edificio central y las entradas de tal forma que parecieran lo más formidable posible a un eventual atacante.

El perímetro, basado en largas murallas de piedra lisa que servían de base a paredes altas con un foso enfrente, tenía a intervalos múltiples torretas desde las cuales los arqueros fácilmente defendían contra cualquier enemigo.s

Las entradas consistían en dos puertas. La primera, no era más que una apertura en el perímetro, cubierta con un techo de teja. Esta daba paso a un patio pequeño siempre rodeado de paredes y colocado en un ángulo de 90 grados, para así detener al enemigo aunque fuera por unos segundos; al final del patio se encontraba la segunda puerta. Más imponente que su precursora, con una torreta encima y con puertas más fuertes, la segunda puerta representaba la trampa en que caería cualquiera que osara utilizar una de las entradas como ruta de acceso para su ataque.

Si algún ejército lograba penetrar el perímetro, se encontraría en uno de los muchos patios. Ahí no solo se enfrentaban con la guarnición que adentro esperaba, sino que las torretas, tan terribles por fuera, fácilmente podían continuar su ataque y bajo mejores condiciones. Y como si este hecho no fuera suficiente para hacer titubear a cualquiera, se agregaba el que para llegar al edificio principal desde el perímetro, el camino estaba acomodado como un laberinto. Las posibilidades de eventualmente llegar a verse cara a cara con el enemigo se hacían más pequeñas con cada paso.

En el centro de todo el complejo, se encontraba el edificio principal del castillo. Adornado con estatuas de Shachihoko, el equivalente de las gárgolas de la arquitectura gótica, este mítico pez-delfín era el guardián del castillo y lo protegía del fuego. Con sus techos de teja como señal de riqueza, paredes de yeso para protección y a veces llegando a ser de seis pisos de altura, eran la parte más vistosa del castillo. Desde aquí el jefe feudal podía dirigir la defensa de su castillo y en el caso de que la derrota fuese inminente, cometer seppuku o suicidio, antes de caer en las manos de su enemigo.

Pero a pesar de todos estos atributos, los castillos del Japón fueron escenario de un sinfín de batallas. Y lejos de ser tan invencibles como aparentaban, muchos fueron arrasados. Sumado a este defecto en su estrategia de apariencias, el hecho de que ante la derrota el jefe feudal no solo cometía seppuku sino que también prendía fuego al castillo como muestra de derrota, resultó en que la supervivencia de muchos castillos hasta el día de hoy, se viese limitada.

Hoy quedan menos de 50 castillos en todo el país, pocos en comparación con los que alguna vez hubo, y los que quedan tienden a mostrar las huellas de los incendios que una vez los diezmaron. En medio del crecimiento de la población y la ausencia de espacio, los castillos se han visto asfixiados por las ciudades que antes cuidaban.

Al igual que muchos de los legados del Japón, los castillos han sufrido por el pasar del tiempo. Los japoneses, instintivamente orgullosos de su pasado, con algunas excepciones, han dedicado muchos recursos a preservar y reconstruir estos tesoros nacionales.

A pesar de que no sean tan altos como los edificios modernos o tan exquisitos en belleza como los palacios antiguos, los castillos mantienen el interés de las nuevas generaciones por haber sido testigos silenciosos de uno de los períodos más fascinantes en la historia de la humanidad.