
En uno de los períodos más místicos y fascinantes del Japón, contemporáneos del samurai y del ninja, aparecieron los imponentes castillos del Japón.
A inicios del segundo milenio, el gobierno central que había regido a Japón durante la era de Heian (794-1185) venía en decadencia ya hacía varios siglos. El poder de las familias en las regiones rurales había venido creciendo entre la corrupción y la falta de liderazgo de los emperadores. El orden fue perdiendo terreno frente al feudalismo y fue así como Japón se vio inmerso en una época de batallas incesantes que agobiaron a todo el país por varios siglos.
Frente al constante acecho de los feudos contiguos y la tarea de mantener el poder en su propia tierra, los señores feudales no tuvieron otra opción más que la de recurrir al uso de las armas. Pero en un país que había recibido tanta influencia de la China, las palabras de Sun Tzu, resonaban claramente: “Toda guerra se basa en el engaño”.
Bajo esta filosofía, los feudos utilizaban todo a su disposición, desde la fama de generaciones anteriores y las crestas familiares, hasta los mitos y las apariencias, con tal de intimidar a sus enemigos y así ganar sin necesidad de un enfrentamiento. Los símbolos de superioridad y riqueza se convirtieron en armas más poderosas que cualquier ejército, y entre los símbolos capaces de inspirar más respeto, se encontraban los castillos.
Estas edificaciones no solo demostraban un poder bélico que se escondía en sus entrañas, sino que, por la inversión que representaban, eran señal de riqueza. Con sus muros y sus torretas imponentes, producían en todos los que las miraban, muchas sensaciones, entre las cuales pocas veces se encontraban los deseos de atacar. Y por más increíble que parezca, esta era la intención única de sus autores. La situación más desafortunada a la cual podía llegar un castillo era verse obligado a defenderse de un ataque.
Inicialmente construidos en los topes de montañas para así poder ser vistos a distancia y apaciguar incluso los ánimos más revoltosos sin mucho esfuerzo, los castillos eventualmente fueron encontrando su lugar en el centro de las ciudades: entre la vida política y económica de la sociedad. Desde esta posición, mantenían su intimidante majestuosidad, no solo ante los enemigos del feudo, sino que recordaban a los propios habitantes del poder que en ellos “aparentemente” yacía.
Con la apariencia como principal guía arquitectónica, la premisa al construir un castillo era acomodar el perímetro, las torretas, el edificio central y las entradas de tal forma que parecieran lo más formidable posible a un eventual atacante.
El perímetro, basado en largas murallas de piedra lisa que servían de base a paredes altas con un foso enfrente, tenía a intervalos múltiples torretas desde las cuales los arqueros fácilmente defendían contra cualquier enemigo.s
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