
La auténtica misión del arte es la subversión.
Jean Dubuffet
Os debo la verdad en pintura y os la diré
Paul Cézanne
La intervención en el espacio público, por parte de un performer, enuncia el primer comentario sobre el papel del artista en la esfera pública. Ante esta exigencia, sería oportuno definir las dos formas más frecuentes en que este espacio se resuelve en el contexto contemporáneo. La primera está relacionada con la noción de arquitectura, por ende en consonancia con el paisaje, ya sea urbano o arquitectónico. La segunda –que nos compete en el desarrollo de este texto- apunta a las “intervenciones” del espacio urbano, que enfatizan su carácter de enfrentamiento político, social, mediático e institucional.
Incidir en la esfera pública es un acto más afín al papel intelectual, es su capacidad de involucrarse para redefinir algunos aspectos de la conciencia colectiva. Sin embargo, cuando esa trasgresión está mucho más vinculada al “hecho artístico”, es decir cuando el actante es el artista plástico (al cual en contextos como el centroamericano aún se resisten en incluirlos dentro de la intelectualidad) incidir significa generar espacios de subversión, capaces de crear cuestionamientos más allá del arte.
Así un sábado movido, en el contexto de una curaduría y de un festival callejero1., aparece el lavacar, figura casi legendaria de la dinámica citadina. Esta vez el trueque no está mediado por dinero, la negociación parte de una lavada ecológica de carro gratis a cambio de una prueba de emisión de gases. Bueno, está bien se llamó la acción del artista Errol Barrantes. El título parte de una frase hecha que genera, bajo cierto cinismo, la asimilación de que todo está bien, como regularmente permite deducirse de la conducta del costarricense.
Costa Rica es un país que ha fijado el proceso de su construcción simbólica fuera de la ciudad. La misma sólo aparece en postales turísticas aisladas, que no reflejan la contaminación, el abandono y la des-estructuración urbanística que sufre. Por otra parte el imaginario costarricense continúa situado en las alegorías a su belleza natural, la protección ecológica, la conciencia civil y la desmilitarización, esta última como estereotipo de la paz.
El carro fue así la elección objetual sobre la cual se centraron el transcurso de las reflexiones: la contaminación ambiental, el consumo, la imprudencia, el fetichismo, la validación del estatus económico en oposición a la supuesta cultura ecológica y el ideal de respeto a los derechos civiles y de todo este efecto en la ciudad. El uso de un formulario –donde el chofer anota los datos de su carro (marca, año, color, etc.)- anuló un tanto la función del sujeto en el contexto citadino, remplazándolo por las características de lo que les pertenece.
Esta propuesta que reviste cierto corte –podría llamarse- antropológico o de inserción sociocultural, es un reconstituyente de la esfera pública. El espacio público no es preexistente, sino que es un lugar de redefinición y reelaboración constante. Cada intervención en él, más allá de la (no) reacción del espectador y su involucramiento, abre una fisura crítica y sugiere nuevas coordenadas de movilidad y desplazamiento en el contexto urbano.
Bueno, está bien pretende coquetear con esa idea, utópica y moderna, de la ciudad como espacio de centralización, a la vez que establece una relectura de la misma y del espacio urbano como parte de una disidencia de tipo lúdico.
Timar o estafar –de forma simbólica- a las personas que deciden incorporarse a la dinámica de la acción, reviste cierta perversión. Se alude a una retórica del engaño: someter al conductor (y su carro) a una mínima moral, a una toma de conciencia cívica y a un ejercicio de militancia urbana. Desestabilizando los patrones de “lo ético” a través de la desinformación y el uso de personas con el fin de desvirtuar la verdad en función de la experiencia estética; todo es así regresado en una exhibición de pintura donde la documentación es presentada como resultado pictórico.
Un análisis de Peter Bürger sobre Un aguafuerte de Tàpies2. nos dio algunas coordenadas para entender la propuesta pictórica de Bueno, está bien. Barrantes parte de que la experiencia no es nada objetivo, luego de terminar su proceso, el artista sabe que no le pertenece más en tanto acción finita, sin embargo el uso de telas blancas (una para lavar el carro, otra para la emisión de gases) son el testimonio objetual que re-dinamiza la temporalidad de la acción misma. En esta medida emulando fuertes apegos al informalismo español o al arte povera, Barrantes nos sitúa en peligroso cuestionamiento a la representación, tanto en su carácter pictórico como en el político.
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