
Con esta pregunta iniciaba un profesor una de mis primeras materias como estudiante universitario. Daba pie con esto a un coloquio que duraba casi todo el semestre; las respuestas iban desde las etimológicas hasta las elaboradas desde una atalaya infranqueable, donde lo que predominaba era la visión plástica: la mancha y el desnudo, el papel y la escultura.
Como consecuencia de esta interrogante, la visión que tenía del arte sufrió una transformación; ya no era pensar en el carboncillo o el pincel, en la pluma o la gubia: era hacerlo mucho más globalizado, más filosófico e incluso metafísico; inmerso en el quehacer diario del hombre, dentro de un contexto antropológico y espiritual.
Entonces planteo nuevamente la pregunta ¿qué es arte? y se escapa una risa un tanto burlona y con cierto aire de autoridad, por los años transcurridos desde aquella clase.
Es en este punto donde muy dentro del ser, las entrañas se revuelven de angustia, de estupor, de impotencia, de cólera, ante lo que oímos, vemos y palpamos diariamente en las galerías, en los graffiti, en la academia... Ya no es lo que entendemos por arte, sino más bien, lo que vemos y nos quieren hacer creer o hacer entender por arte.
Lo más grave, o lo que atenta contra la naturaleza humana, creada con la perfección absoluta del Maestro de los maestros y puesta en el mundo donde la belleza original es inexplicable ante la ciencia o la razón, es lo que algunos pretenden que les aceptemos como arte, donde inclusive el poder adquisitivo se vuelve en contra del mismo creador, dando pie a una imagen sin valor por su valor y sí cotizada por los que se dicen conocedores del arte, capaces de pagar caprichos por formas sin forma, colores sin color y diseño sin áurea.
Planteo otra interrogante desde esa perspectiva de madurez y percudida por el paso de los años ¿quiénes hacen arte? Y la respuesta viene estereotipada desde una óptica meramente plástica: Los que estudian artes plásticas; los que estudiaron artes plásticas; los que nacen con habilidades que los califican como artistas; los que dibujan o copian y son los raros en escuelas y colegios; los que pudieron pagar academias o universidades que les sacaron desde no se sabe dónde las “habilidades” artísticas...
Ante este panorama, hecho mano del verdadero ARTE de lo cotidiano, de lo ordinario, de lo que se produce en las verdaderas conciencias capaces de hacer prosa heroica de los endecasílabos de cada día, de los que llevan en sus manos los verdaderos valores morales de que carece la sociedad actual, del arte de educar a los hijos, del arte de ser madres, del arte de enfrentar un mundo amoral formando hijos e hijas capaces de ser personas integras y con criterio...
Por consiguiente, veremos reflejado el ARTE en lienzos, en papeles, en espacios, en estructuras, en lo virtual..., reflejando una moralidad apegada en los valores inherentes a la persona con sus características naturales: inteligencia, voluntad, sentimiento, corporeidad y lo trascendente. Proyectaremos lo que en esencia posee el hombre como ser creado por Dios, la belleza de su alma, la sutileza de la naturaleza, lo majestuoso de sus sentidos.
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