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(Por @_pelucci) – Quizás con justicia, un pintor urbano de la selva, como el mismo Christian Bendayán se define, abrió el día de la inspiración del FID. Desde Iquitos, Perú, una isla urbana en medio de la amazonia peruana, Bendayán comenzó la ardua tarea de sacar a la luz el gusto por una estética que no gustaba, una estética de los márgenes de la legitimación cultural del Perú: “tuve que luchar contra los colores grises y los temas moderados”. Su proeza valió la pena y logró filtrar el tema de la selva en los salones de belleza de la alta sociedad.

Su sensibilidad muy pronto se traslada a su técnica, dejando atrás el óleo para permitirse el uso de los acrílicos sintéticos, que le dieron un giro más intenso y efectivo a su mirada de la Amazonia: “el mito de la Amazonía, donde todo es artificio y todo es falso, donde todo está fuera de tiempo”, explica Bendayán.

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La fosforescencia, el mensaje directo, obsceno y transgresor de la pintura callejera, la cumbia, el cuerpo, lo interestelar, lo astral, la psicodelia, los personajes atravesados por la naturaleza, son elementos claves del mensaje de sus pinturas.

Aprovechando los espacios que va conquistando comienza a contar la Amazonia y su gente, sus colores, su sensualidad, su sexualidad, la celebración, el goce, la miseria, la muerte. En esta búsqueda, se encuentra con en el arte popular y urbano de su ciudad, para devolverle una mirada más grande a los de pintores “salvajes de su pueblo”, y hacer trascender sus obras, donde todo es exuberancia y desborde.

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Finalmente vuelve al realismo del óleo, pero por un razón que trasciende la fronteras de lo estético “necesito pintar el drama de lo que nos está pasando, una sociedad que no vive en armonía con el hombre”.

Pero en ningún punto su obra se queda en lo testimonial, mucho menos costumbrista, siempre un poco atemporal, onírica, desanclada pretende enseñarle al mundo la armonía del hombre con la naturaleza, la certeza de saber que no existe una sola realidad.

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