
por
Jurgen Ureña
Cineasta Costarricense
La cinefilia, los libros de samuráis y la música rap se dan cita en El perro fantasma (1999), su filme posterior en torno a un asesino a sueldo que vive rodeado de palomas mensajeras. Nueva transgresión a las convenciones genéricas, entre el film noir, el western y el cine de artes marciales. Nueva lectura de los clásicos cinematográficos, entre Rashomon de Akira Kurosawa (1950) y El samurai de Jean- Pierre Melville (1967).
En el 2003 Jarmusch estrena Café y cigarrillos, confirmación definitiva de que el vagabundeo de ideas puede transformarse en celuloide. El motivo cinematográfico es excepcionalmente minimalista: solo un grupo de personajes que conversan en torno a una mesa. Los tópicos son de una diversidad agobiante: los polos de la cafeína, Abbott y Costello, las teorías conspiratorias, los inventos de Tesla, las peores bandas de rock de la historia, París en los años veinte, como simples muestras de un larguísimo etcétera.
En Flores rotas (2005) Don Johnston es un Don Juan de capa caída, un casanova que parece haber alquilado permanentemente el rostro impávido de Buster Keaton. Un día cualquiera una carta anónima le informa que tiene un hijo de diecinueve años, y ante la duda y el empeño de un vecino aficionado al detectivismo, viaja al encuentro de las mujeres de su pasado. Previsiblemente sus pasos lo llevarán a tropezar con su propia errancia, con la vida que se fuga, sin prisa y sin remedio, por el retrovisor.
Al final de este periplo queda la sensación salobre que comparten todos los finales ambiguos y un hombre delgado, de cabello blanco y rebelde, en el extremo de un cigarrillo. Se llama Jim Jarmusch y está considerado un emblema del cine indie, lo que generalmente no le hace muy feliz. En sus propias palabras, “el movimiento independiente estadounidense es más una categoría estratégica que estética, una etiqueta que se coloca a los productos para poder venderlos. Todo aquel que hace la película que quiere, un poco al margen del análisis de mercado, recibe la etiqueta de indie”.
¿Cómo referirse entonces a ese cine singular que filma Jim Jarmusch desde hace dos décadas? Habría que decir al menos que sus películas están forjadas a placer y a contracorriente, a golpe de largas tertulias, de poesía beat, de melomanía y cinefilia. Habría que asumir las paradojas y sugerir que Jarmusch es el último de una especie que aún no existe. El abanderado de un movimiento que ha roto las banderas antes del primer desfile. Un amigo de rituales ancestrales con el que siempre es posible divagar, escuchar música o disfrutar del paisaje.
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