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Texto: Amaya Izquierdo.  Fotografía: JotaPe.

Supe de El Regreso, de Hernán Jiménez, en mi vida anterior. Sí, mi vida anterior, hace cinco semanas que vivo en San José: vine de Madrid a Costa Rica, periodista irremediable, cineasta sin remedio, con sangre de causas perdidas por ambos oficios. Uno resucita en una versión de uno mismo cuando cambia el suelo que pisa por el de otra patria. En Madrid, y a través del Kickcstarter’s blog, seguí todo el proceso de financiación del filme, que ya me parecía interesante. Y, ya vista, es muy emocionante la extensa lista de co-productores asociados, de personas sencillas que creyeron en la película, que se muestra en los créditos finales.

Ayer, agarré cuaderno y boli y pillé dos autobuses para llegar a un mall que está cerca de casa, pero al que no se puede ingresar directamente si no es en coche carro. Los no motorizados debemos de ser invisibles. El Regreso habla de esa invisibilidad, pero a través de la ceguera. De una cierta naturaleza del tico, tan contrario al conflicto que acaba dando por bueno lo que le echen, aunque abusen de él, sin querer verlo, sin mirarlo demasiado. Hernán Jiménez nos confronta con ella en una película honesta, algo naive, algo tímida a veces, pero, ante todo, honesta.

Para mí, que no soy tica, la película habla de un joven con una serie de conflictos no resueltos que necesita una dosis de madurez para dejar de vivir sin mirar hacia atrás. Sigue siendo una película de paso a la edad adulta, tema clásico entre clásicos, como El Graduado. Sí, retrata un hastío por San José y por cierto carácter tico, pero no sólo eso.

Una vez leí que sin pasado no hay culpa y que sin futuro no hay miedo. En este caso el protagonista, Antonio (Hernán Jiménez), decidió borrar su pasado de su vida cuando huyó hacia delante marchándose del país. Cortó todo contacto con su pasado y, así, enterró su culpa por el abandono. Resucitó en su propio cuerpo en Nueva York, para crearse una vida nueva.

Pero la culpa vuelve a él con su regreso al país, con la forma de conflictos no resueltos que caminan entre la adolescencia y la edad adulta: la competitividad macho-alfa con su padre, los enamoramientos repentinos con sombras de la infancia, la sutil línea entre ser hijo y pasar a ser padre, la necesidad de asumir, en general, responsabilidades respecto a la gente a la que uno ama. De mirar el futuro de esa gente (del padre, de la hermana, del sobrino, de la amiga) y hacerlo propio, aunque asuste. El Regreso es la confrontación con la culpa y el miedo -el pasado y el futuro- por parte de un chaval que había dedicado los últimos ocho años de su vida a no mirar siquiera hacia atrás o hacia delante. A avanzar, sí, prosperar, pero a ojos cerrados.

La película es sus secundarios. Más allá de la ternura del trabajo con Andre Boxwill, está la frescura que aporta Montserrat Montero para hacer creíble un papel tan alocado e incoherente como el de Sofía, que de otra forma resultaría difícilmente verosímil.

Cada vez que el imponente Luis Fernándo Gómez aparece en pantalla se come a quienes les rodeen, y Daniel Ross clava un papel excéntrico y delicioso que, además, permite la catarsis del espectador cuando va a empezar el desenlace del filme.

El Regreso cuenta esa hermosa historia con el trasfondo de una ciudad que se muestra podrida a ojos del foráneo, porque Antonio se ha esforzado en convertirse en un extraño en su tierra. Pero retrata a los costarricenses como seres que no son capaces de ver una realidad resquebrajada, insisto, ciegos.

Hernán Jiménez, como autor, cuenta con todos mis respetos por haber conseguido contar su historia, que, insisto, narra de forma correcta, técnicamente suficiente (admirable con los medios que tenía) y lo más importante, consiguiendo emocionar al espectador en varias escenas. Pero, a mis ojos, se queda en la superficie. Llevo un mes en esta ciudad y aún me asombran los semáforos que parecen hacer canopy entre postes en la carretera, las marañas de cables, los huecos eternos, los tejados metálicos. Pero creo que un autor de cine tiene mucho más de lo que asombrarse.

Hernán Jiménez ve las rejas que rodean las casas, pero aún no quiere mirar –o no quiere mostrar- por qué están allí esas rejas. Ahí es donde su película se me hace tímida. Crea una visión descriptiva, pero no analítica, de los problemas de un país tan amado como odiado. Sigue siendo una realidad muy mediana, muy circunscrita al interior de la casa, muy pequeña, en definitiva. No corre el riesgo de mirar afuera, donde hay una fortísima estratificación social, gente con mucho, gente con muy poco… y sí, también el amplio abanico de clase media (baja o alta) que él retrata. Ojalá en su próximo trabajo trate de explicarnos de dónde viene esa realidad resquebrajada y ciega que tanto le preocupa en su trayectoria fílmica, aunque sea a través de unos pocos planos-metáfora o de un par de secuencias. Ojalá mire aún un poco más lejos y con más intensidad hacia las raíces de los problemas de su patria, y no sólo hacia los problemas en sí. Ojalá llegue a confrontar sus propias cegueras en un trabajo de autor, más maduro, e igual de honesto. Entonces sí que la universalidad de sus temas haría que fuese inevitable hablar en todo el mundo del cine tico con letras mayúsculas.

El Regreso ya ha cosechado el Premio a Mejor Película en el Festival de Cine Latino de Nueva York, donde Hernán Jiménez fue nominado a mejor director. La película se estrena en cines en Costa Rica el próximo 2 de septiembre, espero que llenéis las salas.