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por Jurgen Ureña

“La novela negra lleva muerta unos treinta años, lo que en definitiva no tiene importancia. La poesía murió hace siglos y siempre habrá poetas.” La frase del escritor Richard Stark, contundente y en alguna medida provocadora, describe a su vez el fenómeno de las múltiples revisiones que ha experimentado en los últimos años el llamado film noir o cine negro, surgido de la tradición hard-boiled de la literatura estadounidense, del desamparo y la corrupción en los bajos fondos urbanos, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, todo esto tampoco tendría mayor importancia a no ser por el reciente estreno de Una historia violenta, dirigida por el canadiense David Cronenberg, indudablemente uno de los film noir más importantes de las últimas décadas.

El héroe y la duda

El paisaje es rural y apacible. El pueblo se llama Millbrook -según puede leerse en un desvencijado letrero- y allí vive Tom Stall, tan feliz al lado de su esposa y sus dos hijos como cualquiera podría soñar. Un mal día, cuando está a punto de cerrar su pequeña cafetería de hamburguesas y malteadas, un par de delincuentes irrumpen con violencia y amenazan con cambiar hospitalidad por masacre. Lo que desconocen -en realidad todos lo ignoran, tanto pueblerinos como forasteros- es la capacidad de reacción del discreto propietario, quien esa noche se convertirá en héroe gracias a la acción de sus reflejos y de varios disparos acertados en el cuerpo de los agresores.

Pocos días después Tom verá inundada su cafetería de periodistas insistentes y lugareños agradecidos y recibirá la visita de un personaje de apariencia gangsteril que intenta cobrarle una deuda del pasado. ¿Lo confunde con otro o en realidad lo ha identificado? ¿Es nuestro protagonista el amigo, esposo y padre abnegado que todos creen conocer? A partir de este momento la duda flota en el ambiente idílico de Millbrook como un amargo presagio, como una tormenta que se desplaza decididamente sobre la armoniosa vida de la familia Stall.

Breve genealogía viral

Durante más de tres décadas David Cronenberg ha transitado los caminos del cine fantástico, ha ensanchado sus linderos y le ha conferido una considerable dimensión filosófica gracias a filmes como Videodrome (1982), La mosca (1986), El almuerzo desnudo (1991) y eXistenZ (1999). En ellos este aficionado confeso a la entomología –a semejanza de Buñuel- ha evidenciado su fascinación por los rasgos emocionales más oscuros y los procesos degenerativos de la carne. A esto habría que añadir la relación patológica entre el hombre y la máquina, la dualidad cuerpo-mente y las obsesiones sexuales, y obtendríamos un esbozo de su visceral filmografía.

En lo que respecta a Una historia violenta, algunos críticos y seguidores del cineasta han extrañado en el filme estas constantes estilísticas y han preferido considerarlo como un afortunado paréntesis en su desarrollo estético. Muy al margen de la importancia que puedan tener esta pretendida continuidad y el consecuente calificativo de “autor cinematográfico”, es posible hallar en Una historia violenta un sólido hilo argumental, una suerte de tesis recurrente, que se prolonga hasta los primeros filmes comerciales de Cronenberg.

En Vinieron de dentro de… (1975) un experimento científico fuera de control da como resultado un virus, combinación de afrodisíaco y enfermedad venérea, que transforma a cientos de jóvenes en mutantes. En su siguiente film, titulado Rabia (1977), Cronenberg se detiene en la figura de Rose, quien tras una cirugía plástica desarrolla un extraño apéndice bajo la axila destinado a extraer sangre y contagiar a sus víctimas. En ambos casos el terror provocado por los infectados genera una serie de asesinatos masivos y sistemáticos por parte de los agentes del orden: la mirada sobria y distanciada de Cronenberg revela en las entrañas sociales la propagación geométrica del terror.

En Una historia violenta el cultivo viral se desata en una cafetería pueblerina y el procedimiento analítico se repite: la violencia perturba y disecciona el espacio íntimo de Tom Stall -en su doble dimensión, sexual e identitaria- y se expande hacia su entorno inmediato. En el cine según Cronenberg el cuerpo social es un medio inestable, enfermo, sujeto a mutaciones y cuadros degenerativos. En su imaginario personal el sueño de la sociedad produce monstruos que dejan tras de sí una estela repulsiva de violencia, heridas y cicatrices.

Sombras en una pantalla

Una historia violenta es la adaptación cinematográfica de un comic, aunque a diferencia de la gran mayoría de filmes procedentes de textos gráficos no intenta reproducir la planificación viñeteada o los contrastes visuales extremos que les son propios. Lo que se respira en sus imágenes es en cambio una estética decididamente retro, un doble conjuro del pasado que conduce al protagonista hacia la vida que ha tratado de dejar atrás y al espectador hacia una historia sociológica del cine, lo que se deduce con facilidad del título original del filme, Una historia de violencia, y no de la traducción impuesta en nuestro país por los distribuidores.

En este ejercicio intertextual confluyen las películas de adolescentes de la década de los ochenta, el cine de gangsters de los orígenes, la perfecta familia estadounidense imaginada por Frank Capra y la violencia explícita y brutal de los mejores filmes de Sam Peckinpah; pero ante todo Una historia violenta bebe del film noir, de la búsqueda incierta y amarga de sus personajes, del siniestro mecanismo que los envuelve, lo que se comprueba durante un visionado que recuerda insistentemente a esa cumbre del cine de las sombras titulada Retorno al pasado (1947).

Tom Stall se ha exiliado en un territorio paradisíaco inmune al peso de sus actos, ese lugar que los griegos llamaban Oblivion y Cronenberg llama American dream. Si la época de madurez del cine negro descubre una realidad en crisis Una historia violenta plantea frontalmente la crisis del modelo soñado por la sociedad estadounidense. Si el film noir se define por su capacidad de evidenciar la podredumbre bajo el edificio elegante y no por sus gestos estilísticos; no por la presencia del claroscuro, la femme fatale o los argumentos sinuosos sino por el vínculo entre la propagación del crimen y la sociedad que se erige a partir de él, Una historia violenta es uno de los film noir más contundentes y reveladores que se han realizado en mucho tiempo.