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El año 2003 fue el año de Brasil en cuanto a producción cinematográfica.

Un evento, Ciudad de Dios, un producto audiovisual que tuvo resonancia no solo en nuestra América, si no a nivel mundial.

Hace ya varios meses de su exhibición en salas, sin embargo, quizás precisamente por esto, es necesario retomar la reflexión sobre un documento como Ciudad de Dios, para conjurar el olvido, practica harto común de nuestras latitudes.


Lo que se queda al margen

Dirigida por Fernando Meirelles y Kátia Lund, Ciudad de Dios toca un tema que raya en el cliché de lo que para muchos debe ser la narrativa latinoamericana, su merito es la innovación con que lo cuenta.

Somos una sociedad que vive cada vez con mayor cotidianidad la pesadilla de la violencia, hasta el punto que obviamos el factor humano detrás de la crónica roja de los diarios. Cada vez nos sorprende menos la violencia, cada vez nos preguntamos menos por los mecanismos que la desencadenan, y aceptamos vivir con miedo a los otros, justificar el ciclo de la agresión y la venganza ya no es necesario, lo hemos asumido como natural, casi idiosincrático.

Fernando Meirelles y Kátia Lund nos hacen devolvernos sobre lo que se nos queda al margen. Ciudad de Dios es un documento sobre una realidad que precisamente por cercana hemos hecho a un lado, y la vemos lejana a través de las vitrinas de los noticieros que solo nos regalan datos, mas no comunican.

El logro de traer a nuestra mente aquello que preferiríamos negar

Creo que el efecto de Ciudad de Dios en la mayoría de los espectadores, es el efecto del reconocimiento. De repente dejamos de ver una proyección en la pantalla y descubrimos los niños que actualmente recorren las ciudades, y de los cuales nos cuidamos de no encontrarnos mientras veníamos al cine, porque: “Ahora la calle esta muy fea”.

No nos engañemos, los modelos de desarrollo de la economía global traen consigo el germen de la favela.

Detrás de donde hoy se construye un nuevo Mall, desde ayer existía un caserío de latas.

La estética

Digo que el merito de Fernando Meirelles y Kátia Lund es como cuentan su historia. Lo digo porque el cine latinoamericano esta lleno de historias sobre la violencia y la pobreza en estas tierras, y sin embargo la mayor parte de esta producción coincide más con el imaginario que nuestros vecinos copropietarios del planeta tienen sobre latinoamericana, que con un esfuerzo real de auto representación.

Ciudad de Dios es una película técnicamente impecable, que muestra una solidez de lenguaje envidiable.

Valga mencionar el recurso con el que la película da inicio, un cuchillo que es afilado, un pollo que se escapa, un encuentro de rivales por un efecto del azar, nuestro protagonista, Buscapé y el pollo prófugo a mitad de la calle donde se va a dar el choque de las bandas. Entonces, retrospectiva, nos enteramos de los hechos que han conformado esta Ciudad de Dios. Para cuando la película vuelve al minuto inicial, ya nos ha quedado claro que Buscapé es ese pollo prófugo de los cuchillos que se afilan, de la violencia de la favela.

Una ciudad de niños

Finalmente, la favela que da nombre a la película, se nos presenta más bien como una Ciudad de Niños, una ciudad donde los adultos rectores son figuras ausentes casi desde el principio.

Es una ciudad tomada por niños, una especie de Señor de las Moscas urbano. Un territorio liberado para los juegos de los niños, juegos cuyas implicaciones trascienden sus protagonistas.

Trailer